En un suspiro. Así se acercan y así se van los días cuando comienza a despertar cada primavera. Días en los que cada cual nos reencontramos con nuestros anhelos y con nuestros recuerdos.
Hoy mismo me encontré con mi amigo Ildefonso, entre la Puerta Carmona y La Alfalfa, caminando bajo la fina y persistente lluvia de este final de invierno. Iba yo ensimismado en mis pensamientos y no reparé en que seguía sus pasos, como si yo fuere su propia sombra. En la estrechez de la acera, tapados por los respectivos paraguas, esquivando las salpicaduras de los automóviles que nos adelantaban, recorrimos un buen trecho en fila sin reconocernos.
Ildefonso es hombre reflexivo, mira de frente, gusta de escuchar más que de hablar. Habría pasado una hora desde el Ángelus cuando el azar quiso cruzar nuestros pasos por lo que tras saludarnos hicimos parada en el primer tabernáculo con el que tropezamos, con el doble propósito de dejar de hidratarnos por fuera y de mojar convenientemente nuestro casual encuentro. Mostrador de madera y cuenta de tiza, camarero malaje y cerveza fría; aceitunas verdes y ensaladilla. Llena otra ronda, él me convida; lleno yo ahora otra seguida.
Conozco a Ildefonso desde hace bastante tiempo y le encontré un tanto meditabundo; recibió hace unos días noticias de su vecino Esteban, quien se halla en tierras lejanas por los confines del continente africano. Me habló Ildefonso de la melancolía del sevillano en la distancia, me habló también de Esteban a quien no conozco personalmente, me dijo que es muy de verdad.
Si la infancia es la patria del hombre, el lugar donde vivimos la primera juventud es el amor eterno al que no hay manera de olvidar ni distancia que te pueda alejar. Y en eso Sevilla también tiene un color especial, es un amor que te deja anclado a unos tiempos más que al espacio que físicamente ocupa. Y estemos donde quiera Dios que estemos, cada cual tenemos nostalgia de lo efímero. Son los momentos vividos en la soledad buscada o en la grata compañía de los seres queridos, los recuerdos que nos atrapan y que llenan el vaso de nuestra melancolía.
Ildefonso cree que el sevillano está tan acostumbrado a la inherente belleza de la tierra que pisa y de los muros que lo albergan; está tan hecho a su trascendente monumentalidad que buscará siempre la belleza de lo efímero para mejor disfrutar del cortejo a su amada Ciudad. Recuerda el tacto de la mano de su madre por la calle Francos camino de una tienda; rememora un beso robado en algún portal de la calle Adriano. Piensa en la sonrisa de un niño en El Parque y en el abrazo del amigo en cualquier lugar. Busca la imagen de La Giralda reflejada en un charco, el primer azahar del naranjo que anuncia la primavera, el aroma a incienso, el albero mojado. Y el sevillano se encuentra siempre en el frío glacial en su garganta del primer trago de la primera caña de cualquier mediodía. Ahí es donde bien se halla. El sevillano busca lo efímero para eternizarlo en su corazón.





