Entre todos los ricos eventos celebrados en Madrid durante el pasado mes de septiembre, destaco dos de ellos: la visita a la Galería de las Colecciones Reales, tras la catedral de la Almudena (no se la pierdan si tienen ocasión), y la I Jornada sobre Historia de los Hospitales de la Iglesia, titulada “La cultura al servicio de la caridad”, en la sede de la Hermandad del Refugio, en la Corredera Baja de San Pablo, 16. Esta última expone un recorrido histórico sobre el papel de la Iglesia en la atención y cuidado de los enfermos, comenzando por el primer hospital cristiano de Europa, fundado por el emperador Teodosio I, de origen hispano, el que adoptó la religión cristiana como credo oficial de Roma, y terminando en el siglo XX.
Durante la Edad Moderna y tras la caída del Imperio romano de Occidente (476 d.C.), la fundación de muchos hospitales se debió a la Iglesia, si bien en aquella época se conocían con el nombre de nosocomios, voz tomada del griego nosokomeîon (nósos, «enfermedad«, y komõ, «cuidar«), con la acepción de ‘establecimiento donde los enfermos reciben tratamiento médico‘. Las casas de Caridad y Hospicios para toda clase de pobres tienen también su origen en los primeros siglos de la Iglesia: los que estaban destinados para enfermos se llamaban nosocomios, como queda dicho, pero los de peregrinos xenodochîos, para ancianos gerontocomios, y para niños desamparados orphanotrofios, sin que faltase para viudas y doncellas, de modo que no había pobre de esfera alguna, que no tuviese su común hospicio y recogimiento.
El hospital de Mérida se fundó en el año 589 por el obispo Masona, y durante la Edad Media es destacable la labor de la Soberana Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta, nacida en las Cruzadas. En Sevilla contamos desde 1248 con el Hospital de San Lázaro, uno de los más antiguos de España, creado a raíz del sitio de la capital para los heridos de las tropas de Fernando III.
Ya en la Edad Moderna, citamos el hospital de San Cristóbal de La Laguna (Tenerife) en 1514, el Hospital de Laborantes de El Escorial (1563), “primera institución española para la asistencia de los trabajadores del monasterio”, el Hospital Tavera, de Toledo (1603) “para los tocados de diferentes enfermedades” y el Hospital San Antonio de los Alemanes (1604) de Madrid, durante el reinado de Felipe III.
Cómo no citar el Hospital de la Caridad de Sevilla (1670), institución benéfica impulsada por el venerable Miguel de Mañara, como también la Hermandad de la Santa Caridad, que aún hoy da cobijo a pobres y enfermos y que supone uno de los mejores conjuntos del barroco sevillano. Por cierto, una institución que sobrevive sin ayudas oficiales y donde colaboran desinteresadamente muchas personas con su tiempo y su dinero, en el mayor de los anonimatos.
Adentrándonos en el Barroco, aparece el Hospital de San Juan de Dios de Jaén, que gracias a donaciones y al patronazgo municipal, llegó a ser uno de los hospitales más longevos de España, y el de mayor solera de Jaén, además de convertirse en un modelo asistencial que se difundió por todo el país.
Ya en el siglo de las Luces tenemos el Hospital de Mujeres en Cádiz, el Hospital de la Caridad en Algeciras, donde las hermanas concepcionistas “cuidaban de los ciudadanos menos pudientes”, el Hospital de San José en San Fernando, y así hasta la llegada del siglo XX, cuando se crea la Casa de Salud de Santa Cristina de Madrid, fundada durante el reinado de Alfonso XIII y regida por las hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl.
Desde la lejanía de los citados años, me quedo con la gran labor humana de los cuidados de los más vulnerables, y con el hecho de que la obra de misericordia de visitar a los enfermos, que aún hoy recoge la Iglesia Católica en su catecismo (ver ítem 2447), primaba sobre otras consideraciones.
En el actual contexto sanitario, a veces despersonalizado, donde se mira más una placa o un TAC que al enfermo, donde se sustituye el vis a vis por una llamada telefónica, por supuesto con cita previa, resulta gratificante conocer como en unos períodos de la Historia donde no se hablaba todavía de cuidados paliativos, personas con vocación de servicio veían en los enfermos a Cristos agonizantes, y derramaban su amor sobre personas que valoraban esa compañía o esas palabras de consuelo, como la mejor medicina, si no de sus cuerpos, sí, al menos de sus almas.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





