Puede sonar trivial, en estos días terribles, hablar de lo molesto que resulta un anglicismo idiota, o una frase con mala sintaxis… Puede sonar trivial, sí, pero ¿lo es?
El lenguaje lo es todo. (Expresión que a su vez, ha perdido fuerza, ya que con excesiva frecuencia decimos: “la familia lo es todo”, “la amistad lo es todo”… Pero en este caso ES cierto). Somos humanos porque tenemos lenguaje. Sin él seríamos como animales salvajes. No tendríamos familia, ni amistad, ni alegría, ni nada.
Hellen Keller, la primera sordociega que aprendió a comunicarse, en el libro donde narra su vida, describe de manera impresionante sus primeros años, de los cuales, claro, sólo tiene recuerdos táctiles, describe “el milagro de Ana Sullivan” (la heroica institutriz que no cejó hasta enseñarle, con las manos, un atisbo de lo que es el lenguaje); y en un momento dado, dice que no empezó a querer a sus padres hasta después de ese momento en que aprendió a “hablar”. Impresiona leer esto; pero si se piensa, es comprensible. Si no tiene el concepto de amar, ni siquiera el de padre y madre, ¿qué puede sentir? Es horrible, pero esta mujer, que luego destacó por su inteligencia extraordinaria, los primeros años los vivió como una… lombriz.
Estamos encerrados, acaso enfermos, acaso ingresados y con dolores (bueno, dolores se tienen casi siempre, físicos o espirituales). ¿Qué nos consuela o nos sostiene? Desde una llamada a la lectura de un periódico, nada hay donde no intervenga el lenguaje.
Y hecha esta reflexión… pues hé aquí los lamentos, las Lamentaciones de Jeremías, las de quienes lloramos la extinción de la lengua castellana…
“Hombre muere al caer de una terraza” “Padre exige al colegio tal y cual” “Motorista atropella a peatón en calle X”… ¿Qué TRABAJO cuesta ponerle el artículo, nuestro artículo en español, un hombre, un peatón… en vez de aceptar como idiotas las traducciones automáticas del inglés que hacen las máquinas, y luego encima imitarlas? Cada idioma tiene su fruición, su estilo. Nos estamos quedando sin NADA del nuestro; las palabras a secas, pero perdiendo a chorros todo lo que es su gracia y su expresividad…
Que se deje de decir “evidencia” por “prueba” es ya una batalla perdida. En estos días de virus y análisis médicos, vengan “evidencias” por aquí y por allá. Aun sabiendo que el caso está perdido, algunos no cejaremos; seguiremos diciendo “no hay pruebas de que este medicamento sea eficaz”, y dejar lo de evidente para el uso castellano (“Es evidente que esto no puede seguir así”).
En español la literatura es la literatura. Y otra cosa es la bibliografía. ¿Recuerdan cuando hacíamos los trabajos de bachillerato o de carrera? La última página siempre rezaba “Bibliografía”- la lista de libros que habíamos empleado y donde se podía profundizar en el tema. En inglés o en alemán es distinto. En su índice, en vez de “Bibliografía” utilizaban la palabra “Literature” o “Literatur”. Qué simpático, qué curioso, cada idioma con su matiz. “Según la bibliografía médica” (ellos dirían “According to medical literatura”). Dejad que cada idioma florezca con su particular belleza. No seamos tan mentecatos de creer que nosotros lo estábamos diciendo mal. Se dice Bibliografía.
Y lo mismo con lo de “aplicar a una Universidad”. En español es “solicitar”, “Application Form” es “El impreso de SOLICITUD”.
Estos barbarismos son peores que ningún otro, porque es el barbarismo de los pedantes, de los que se las dan de cultos. Los que, presumiendo de “saber idiomas”, creen que imitando esos idiomas, corregimos, por lo visto, los errores del inferior nuestro.
¿Sufrimos algunos desproporcionadamente por estas cosas? Mucho sí, pero creo que proporcionadamente.
Enfermaremos, seremos más pobres, perderemos libertades, se disgregará España tal vez… Pero, ¡por favor!, si conservamos la belleza de la lengua española, nos quedará lo más importante, lo que nos hace ser quien somos, lo que nos permitirá resurgir de las cenizas.
Si perdemos el lenguaje, lo perderemos ya todo.





