Puede ser una casualidad, una “combinación de circunstancias que no se pueden prever ni evitar”. O no. Pero lo ocurrido la madrugada del 24 de diciembre en la paradeña parroquial de San Eutropio, puede ser el ejemplo de esta sociedad en la que malvivimos. Y es que unos cacos fueron a robar el cuadro de La Magdalena Penitente de Doménikos Theotokópoulos, El Greco, que se custodia en su museo parroquial, y, por fas o por nefas, se llevaron la copia que está expuesta al público desde hace unos años en la capilla del Sagrario. Es decir: ya que no pudieron mangar la pintura original, se tuvieron que conformar con la copia.
Según se ha podido saber, los ladrones accedieron al templo por la puerta del Secretariado para luego entrar forzando de mala manera el portón de recia madera, el de la perdida Plaza del Arenal. Una vez dentro del templo, trataron de abrir la puerta de acceso al museo parroquial. Tras forzar la cancela de mil maneras, desistieron y decidieron descolgar la copia y llevársela debajo del brazo. Imaginen la escena. De película de Berlanga, de Woody Allen: “ya que no nos llevamos el original, y como estamos en el lio, nos conformamos con la copia, que menos da una piedra”. Más o menos como el plagio, jamás denunciado, que el neoyorquino le cascó al valenciano con la famosa escena de Días de radio (Historias de la radio de Berlanga), cuando los randas van a trincar en un casa particular y reciben la llamada telefónica de un concurso radiofónico. Y se llevan el premio.
El susto ha sido mayúsculo en Paradas, que la iglesia de San Eutropio es orgullo de los paradeños, una forma de presumir de nuestras cosas pequeñas ante las grandezas de los demás. No hace mucho, servidor tuvo el honor acompañar, con las explicaciones magistrales de Álvaro Pastor, a Félix Machuca, Pepe Arenzana, Paco Robles y sus respectivas, amén de Pilar Fuertes, para mostrarles nuestra parroquia —tras disfrutar de la hospitalidad de María del Carmen Muñoz en su magnífico Carmen de los Arrayanes—. La guinda de la visita fue la pintura de La Magdalena Penitente, con su mirada acuosa, sus largos dedos entrelazados y sus encajes imposibles, obra datada entre los años 1580 y 1585.
Ya en el año 36, nada más comenzar la incivil guerra, la pintura sufrió unos daños tremendos, que le metieron cuatro puñalás traperas y canallas, acero templado de las navajas de Albacete, por ser signo religioso.
—Además de una obra de arte de primerísimo orden.
El cuadro se restauró a mediados de los años sesenta del siglo pasado por María Carmen Casas Ramos y hasta a la flamenca Bruselas, por la que lucharon a sangre y fuego los Tercios de Flandes, viajó para ser expuesta. En el año 2007 llegó hasta Atenas —cuna del tridente filosófico formado por Sócrates, Platón y Aristóteles— para ser expuesta en la muestra “El Greco y su taller”. Lo mismo que también se pudo disfrutar en Toledo —con su Alcázar, ya con novedades—, en el año 2014 en la exposición “El Greco: Arte y oficio”, cuando se celebró el IV centenario del fallecimiento de El Greco. Recientemente, en 2022, formó parte en la exhibición “El Greco. Los pasos de un genio”, celebrada en el zaragozano Museo Goya.
Y ahora, en fechas navideñas donde rebosamos bondad y caridad, unos rateros de tercera división han ido a tiro hecho a por ella, para robarla, para quitarnos un trozo grande la historia de Paradas. Y como la empresa se complicó, pues se llevaron la copia. Lo mismo que ocurre todos los días en esta España dividida, en la que cada vez van quedando menos autenticidades, menos originalidades, para conformaos, a las primeras de cambio, con las copias. Ay… La vida…





