Una sociedad no está más viva cuando se olvida de la muerte, sino al contrario. En una sociedad donde ni siquiera se puede decir que las personas fallezcan, sino que “se van”, así de puntillas para no ser vueltas a mencionar; donde el sofisticado tejido, hijo de milenios de civilización, que engarzaba a unos con otros (los funerales, los lutos, las tumbas) ha casi desaparecido –aunque acaso hay indicios de recuperación, ¡ojalá sean ciertos!-, pues… no por eso se da un incremento de la vitalidad y alegría, sino al contrario. Se crea una sociedad mortecina, con baja natalidad, con una obsesión enfermiza por la salud y la seguridad, apenas disimulada por el afán de un continuo entretenimiento trivial que no lleva a ninguna parte.
“Que no lleva a ninguna parte”. Es una simple frase hecha, pero resulta que tiene validez literal. Sin la perspectiva de una vida al otro lado… ¿adónde vamos? La pérdida de curiosidad sobre el más allá ejerce una influencia palpable sobre el modo de vivir aquí y ahora. Un ejemplo doloroso y tremendo es la visita a una UVI, a la sala donde están los más enfermos de los enfermos, los yacentes rodeados de máquinas y tubos. En su mayoría, son ancianos (¿o también aquí hay que decir “son mayores”?), y quien tenga alguna sensibilidad sufrirá de ver, por muy bien “cuidados” que estén con los sofisticados aparatos, cómo se les trata, cómo se les mira, si es que se los mira…
Si en esos espacios entrara un creyente con verdadera fe en la otra vida, su actitud tendría que ser distinta. Se le notaría en la misma cara. En vez de la cara de circunstancias de quien se ve obligado a atravesar esa sala como el que tiene que atravesar un vertedero, pues tendría una expresión de reverencial asombro… Pues al fin y al cabo, estaría mirando a personas a las que les queda muy poco para experimentar el más allá. Tendría curiosidad, expectación. No tendría más remedio que contemplarlos con respeto.
Que ese es por cierto el verdadero respeto que tradicionalmente ha rodeado a la ancianidad. No se trata, como a veces se quiere defender, de que “lo hayan dado todo por nosotros” (los habrá generosos y los habrá que hayan sido egoístas), o de que “su experiencia es valiosísima” (han podido perder memoria o facultades)… esas son frases bienintencionadas pero vacuas. En el Occidente cristiano, y esto se refleja en miles de testimonios, incluidos los de ficción, que reflejan las costumbres… pues la razón última de respetar a un anciano es que se le sabía en primera fila para comparecer ante el juicio de Dios. Si había sido criminal, o enemigo, la extrema ancianidad era un argumento para no tomar medidas contra él; no porque los delitos no tengan importancia, sino porque total ya tiene cerca el juicio definitivo.
Es conmovedor comprobar esta idea de fondo, como cosa obvia, en multitud de obras sin pretensión moral alguna, hasta en “simples” novelas de acción, incluso policíacas. Por mencionar una cualquiera: Sherlock Holmes, en la corta aventura de “El misterio de Boscombe Valley”, tras escuchar la confesión del homicida, enfermo terminal y con grandes atenuantes a su crimen, le dice muy serio que no lo denunciará, pero que: “Es usted consciente de que pronto comparecerá ante un tribunal más alto que las Assizes” (aquellos severos juzgados ingleses).
Y si en vez de “malos”, se trataba de ancianos enfermos “muy buenos”, el respeto, la emoción y hasta el estremecimiento de algo grandioso, eso rebosaba al contemplarlos, ya estuvieran llagados y dolidos en su lecho final. De manera que esta uno contemplando a alguien que, esperamos, dentro de poquísimo, estará mirando la visión beatífica…
Todo esto se ha desvanecido en nuestra sociedad, y a la muerte se la ignora, y hasta en los funerales se ha generalizado el comentar justo las anécdotas más banales y hasta chistosas del difunto en cuestión – justo lo que menos importa en ese momento.
Pero a lo que vamos… De manera que vivimos de espaldas a la muerte, y ahora, ¿pero qué dicen? ¿de qué hablan? De puro absurdo, no queríamos creerlo, pero parece que va en serio: que desde las altas esferas quieren que “celebremos” (da reparo escribirlo) que “celebremos” el aniversario del fallecimiento de un personaje que las altas esferas consideran non grato.
No hay palabras para expresar la zafiedad, la indignidad de esta idea… Pero algo hay que decir.
Incluso en nuestra sociedad actual, alejada de códigos de honor y de ideales de respeto, donde multitud de palabras que hablaban de virtud, etc, han quedado obsoletas (sólo sobrevive la vaga cosa de “los valores”), pues incluso aquí y en nuestros días, aunque no se mencione con palabras, la inmensa mayoría de las personas conservan, aun inconscientemente, un sentido del buen gusto, en el tema de recordar sólo a los fallecidos a los que se ha amado o admirado. Esto se hace tanto de manera colectiva como individual.
Que cada uno piense en su propia vida, en sus amigos y “enemigos”. Se conmemora el fallecimiento de personas queridas o admiradas. Pero si uno tiene “enemigos”… ¿conocen a alguien que diga: “Venid, que hoy celebro el décimo aniversario de la muerte de aquel enemigo tan odiado por mí”? En el peor de los casos, si alguien experimenta tan mezquino sentimiento, no lo dice. Lo humano, en el caso de tener que mencionar a un enemigo difunto, es decir como Jorge Manrique: “Non cumple que de él se hable”.
En las memorias de Julián Marías, cargadas de optimismo y generosidad, menciona por su nombre y apellidos a cientos de personas, todas las que va recordando que le fueron afectas o amables; es raro que hable de “enemigos”, pero al tener que referirse a uno – por necesidad del relato-, pues dice “… de cuyo nombre me acuerdo muy bien, pero no hace al caso”… Como buen español y diría que como cualquier ser humano mínimamente digno, pues sigue la estela de Jorge Manrique: al ruin, ni lo menciono, “non cumple que dél se hable”. Es lo lógico.
Es más: al margen ya de la moral y de los “valores”, lo de apartar instintivamente de la memoria a las personas non gratas es algo tan humano, tan básico, que mueve a pensar:
¿Y si ellos mismos no se creen que fuera tan “enemigo” el hombre cuyo fallecimiento en la cama quieren “celebrar”?
Tanto individual como colectivamente, se conmemora lo grandioso, lo valioso, lo notable. Lo feo y mezquino se olvida, se aparta sin más.
A cualquier persona de a pie le resulta molestísimo que un impertinente le pregunte por un antiguo “ex” u otra persona igualmente desagradable y carente de interés (como decía el narrador de Marcel Proust describiendo su forzada conversación con su ex: “Al hablar con ella, tenía la desagradable sensación de hablar con una muerta”). Son temas que se apartan, “non cumple que dél se hable”. ¿Se imaginan que a un ciudadano de a pie le obligaran a “celebrar el sexto aniversario de cuando a su ex le dio una pulmonía y se murió, ole qué alegría”…? Ni siquiera en este mundo tan zafio concebimos esas cosas.
Ellos mismos, los de arriba, están proclamando quién es el grandioso y quién el enfermizamente mezquino.






1 Comment
En el mundo de los vivos, «los vivillos» politiqueros» siempre abundan. En el mundo de los muertos siempre es posible evocar «la eternidad»; si Dios los deja ingresar.
Los jerarcas políticos siempre quieren valorizar sus preferencias: El generalísimo Francisco Franco supo cumplir con sus obligaciones y deberes en su tiempo. ¡Para cualquier sensato español esto debería ser suficiente!.