Corría el año 1964 cuando una joven italiana nacida en Verona con sólo 16 años ganaba el prestigioso festival de San Remo con la canción “No tengo edad” (Non ho l’età). Gigliola Cinquetti, que así se llama esta cantante, consiguió el más difícil todavía cuando dos años más tarde, con la misma balada, ganó el festival de Eurovisión sin haber cumplido aún los 20 años de edad.
Es fácil imaginarse como se repetía un mes tras otro esa pegadiza melodía que muchos recordamos en las ondas radiofónicas. Tiempos de dedicatorias en todas las emisoras, donde triunfaban las canciones italianas y en menor medida las francesas, que habían venido a reemplazar a las tradicionales coplas españolas, cuando aún no había aterrizado el rock en España.
Me viene a la mente esta canción cuando observo cómo los niños de hoy abandonan esa etapa irrepetible que es la niñez para adentrarse cada vez más pronto en la pubertad; cómo la adolescencia se prolonga hasta entrados los veinte años (siempre se venía considerando una etapa de tránsito entre los trece y los dieciocho años); cómo en fin, la edad de contraer matrimonio se retrasa hasta entrados los treinta y el primer hijo, si llega, lo hace mediada la treintena y, también, los óbitos, que se vienen produciendo, cada vez en mayor número, después de los noventa años.
En España, me decía un amigo, es normal escuchar en un informativo “… un joven de treinta años…” mientras que en EE.UU. lo habitual es que comenten “…un hombre de veinte años…”, haciéndome ver que no en todas las latitudes se tiene la misma percepción de la edad. A los que tenemos hijos nos produce vértigo contemplar la aceleración con que nuestros vástagos van mudando de talla, intentamos aplicar empatía pensando en nuestros problemas y criterios con la misma edad que ellos tienen ahora, pero nos equivocamos: es como si se hubiera producido un cambio de era en casi todos los órdenes.
Les invito a hacer un ejercicio visual: contemplen la orla universitaria de una promoción de los años setenta, ese cuadro lleno de rostros de jóvenes universitarios egresados, casi todos con expresión pensativa en torno a los veintitrés años en la mayoría de los casos, y ahora fíjense en una orla reciente. Cierto es que el blanco y negro confiere unos matices que no tiene el color, pero las facciones, las miradas y por supuesto los peinados, no son los mismos aún teniendo la misma edad. Quizás se trate de una apreciación subjetiva, pero observo notables diferencias.
Lo cierto es que, en el caso de los adolescentes, los datos que manejan los pediatras y los endocrinólogos apuntan a un fenómeno creciente: el adelanto cada vez más temprano de la entrada en la pubertad de niños y niñas. Las mujeres que estén leyendo estas líneas pueden hacer memoria de cuándo fue su primera menstruación, y sabrán que el momento ha ido disminuyendo al ritmo de tres meses por década por término medio hasta el punto de que muchas niñas hacen ahora la primera comunión con diez años tras su primera regla.
¿Exceso de ansiedad provocado por el medio ambiente: sobrecarga de tareas, dependencia de las redes, …? ¿Acusado sobrepeso? ¿Ingesta de compuestos químicos desconocidos en la dieta habitual? ¿Excesiva exposición a la luz azul procedente de los móviles y las tabletas? Éstas y otras posibles causas fueron presentadas en la reciente LXI reunión anual de la Sociedad Europea de Endocrinología de La Haya.
Los cambios fisiológicos vienen acompañados de otros de índole psicológica como la baja autoestima, introspección, dificultad en las relaciones interpersonales, excesiva sexualización (el acceso a la pornografía en menores está ocasionando un daño terrible en algunos de ellos), y qué decir del rechazo al beso paterno o materno, en un entorno donde se acorta la distancia entre el juego y el cortejo, y donde se ve normal exhibirse en Tik Tok con fotos sensuales o vídeos practicando el twerking.
Mención aparte merece la demora en alcanzar la primera maternidad. No se me escapan las dificultades económicas (carencia de un trabajo estable que favorezca la conciliación de la vida familiar, de una vivienda digna, etc) que convierten el ser padres en una heroicidad a los ojos de la mayoría, pero estarán de acuerdo en que, biológicamente hablando, no es lo mismo ser madre con veinticuatro que con treinta y cuatro años, ni las fuerzas para bregar con un hijo adolescente son las mismas con cuarenta que con cincuenta años.
Finalmente, los setenta de ahora parecen ser los sesenta de antes, y así sucesivamente. Tiren de memoria para recordar cómo estaban sus padres o, más aún, sus abuelos con esa edad, si la alcanzaron, y contemplen a los que tienen esos años hoy día: calidad de vida, trabajos menos duros, sanidad universal, …
A la vista de este panorama, creo que lo mejor será liberarnos de aquellos corsés que nos marcaba la edad oficial y lo que se esperaba de nosotros cada año, y vivir sabiendo que hay un tiempo apropiado para todas las experiencias de la vida.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






3 Comments
Tú lo has dicho, Alberto «hay un tiempo apropiado para todas las experiencias de la vida»
Por eso, lo más sencillo es vivir en armonía con la edad que tenemos.
Muy bueno este artículo. Enhorabuena.
Un artículo muy interesante.
Enhorabuena!!!
muy interesante, como todos