Han pasado los años y, cerca de llegar al medio siglo, me he dado cuenta, de sopetón, que no se una papa frita de nada, que no entiendo de nada, que la realidad es ficción y viceversa —como aquel grupo con el que cantaba Sabina—. Cada vez lo tengo más claro. Más años cumplo, menos sé. Más viejo me hago, menos entiendo. Así de claro y de sencillo. O como dejó escrito Leopoldo María Panero: “Primero se vive. Después, se sobrevive”. Y ahí sigo, sobreviviendo.
¿De cofradías? No entiendo una pavía frita del Rinconcillo —o de Pepito Ortiz, que en mi pueblo también se sabía freír ese pescado cofrade y semanasantero—, y eso que disfruté del pasopalio de la Amargura subiendo la Cuesta del Bacalao mientras el maestro Ollero le decía su gente: «Mocosos, ¿no podéis con ella? ¿No os da vergüenza?». Y el palio que es Partenón en San Juan de la Palma, andando como no se puede andar mejor. Y eso que viví —y vivo— el amor y el descubrir la vida en las calles de la ciudad en primavera, buscando sus misterios y sus cosas. Pero ya se sabe: “»Ni fías, ni porfías, ni entres en cofradía».
¿De literatura? Frito, como los calentitos que freía Juana en el Arco del Postigo, al lado de la calle Aduana, donde el Pali se empernacaba a su silla de enea para ver pasar la vida y la muerte del Cristo de la Buena Muerte. Frito como los que fríe Clari en mi pueblo. Me gusta mucho leer, cierto. O mejor, no es que me guste, es que lo necesito. Sin leer, el día no es día. No hay vida sin un libro sobre la mesa, en el regazo, entre las manos.
No entiendo de flamenco nada. He disfrutado, eso sí. Mucho. Con la verdad de José Menese, con los soníos negros de Agujetas, con la rotundidad de Miguel Vargas, con la difícil sencillez de Manolo Sanlúcar, con las cosas eternas de Lebrijano, con la esencia de Chano, con Fernanda, con Tomás de Perrate, con la genialidad de Paco el de la Lucía, con el compás del Turronero, con la solmenidad de Terremoto, con El Capullo… con El Torta. ¿Pero saber? Ni pío. Nada de nada.
¿Y de toros? Menos. Decía El Divino Calvo —don Rafael Gómez Ortega— que “de toros solo entendían las vacas, y no todas”. Pues imagínense yo. Nastideplasti.
Con las amistades, me ha pasado lo mismo: que como nunca he sido amigo por serlo y para conseguir esto o aquello, pues tampoco entiendo, que las amistades interesadas están de moda en esta vida que se vive a medio gas. Muchas amistades me han fallado o yo me he creído que me han fallado. O quizás, les haya fallado yo. Y es que no se le puede pedir a nadie nada. Por mucho que des, no hay que pedir nada a cambio. Esto sí lo tengo claro. Pero… uno se espera algo. Y no hay que esperar nada.
¿De rock? Zero, que dicen ahora. Me gusta Silvio, Rafael Amador y artistas de ese estilo. Siempre criticados, siempre cuestionados. Siempre entre los signos de interrogación. ¿Qué le hago?
Y llegados a este momento, en el que todo el mundo sabe de todo, quiero seguir sin saber nada. Y no me importa. Que prefiero el disfrutar al saber. Y eso es lo que hay. El que quiera bien. ¿Y el que no?
—El que no, también.
Que me apunto al pensamiento de Fiódor Dostoievski: “Soy un soñador, y tan poco apto para la vida real, que necesito volver a vivir en mis sueños momentos fan felices como este”.
Porque uno ya no está para saber tanto ni para entender de nada que no sea el día a día y seguir en la pelea. Está uno para desaprender o desensaber, desenaprender… que “sólo sé que no se nada”, que sentenció Sócrates.
Pst: Ah, y que disfruten ustedes de un plácido verano.





