
El campo de la enseñanza, que tan fatalmente ha sido objeto de tantos experimentos, tantos cambios y reformas –en vez de respetar el axioma de empezar enseñando sólo aquellos conceptos de los que la Humanidad está más segura que conviene saber- pues a veces sorprende con su inmovilismo justo en las áreas menos oportunas.
Algunos recordamos con cierto estremecimiento algunas obras de literatura española que hubimos de leer durante el bachillerato. ¿Estremecimiento?, bueno con una sensación de tristeza, de aridez, de algo sórdido. “La Tía Tula” y “Abel Sánchez” de Unamuno, “El Árbol de la Ciencia” de Pío Baroja… Dejaban el ánimo encogido. Las dos primeras citadas: qué vidas tan lúgubres, qué horizonte tan estrecho. Y el segundo… Sordidez es el adjetivo que parece aunarlas a todas. Falta alegría, estímulo, sentido de la aventura.
No pretendo cuestionar la valía de la llamada Generación del 98; sólo aventuro que en edades adolescentes, semejantes lecturas no fueron sanas. Vinieron a crear la impresión de que para ser inteligente, para gustar de las letras, pues hay que tener una visión sombría del mundo, como si ambas cosas fueran sinónimas.
Y resulta que, pese a la enfermiza obsesión por el cambio, por la innovación, pese a las continuas reformas en los sistemas de enseñanza (No bien ha empezado una moda, una ideología, ya figura en los libros de texto como si fuera una verdad indiscutible. De repente, la panacea es atiborrar a los niños de pantallas, regalarles ordenadores gratis; poco después, el ideal es alejarlos de toda pantalla hasta los dieciséis años, ¡acabáramos!), pues pese a todo eso, ¡esas novelas se mantienen como lectura obligatoria!
Causa asombro semejante continuidad. Si habláramos del Quijote, bueno fuera. Pero entre la inmensa cantidad de novelas y ensayos escritos por españoles en el siglo XX, ¿cómo es posible que a las citadas obras tristonas se les ponga en ese puesto de honor?
¡Cuántas lecturas pueden enriquecer el horizonte de un adolescente y ayudarle a madurar, pero a través de infundirle alegría, estímulo, curiosidad – que no sordidez!
Podíamos hablar de Julio Verne, de Dickens. Pero si se trata de literatura española de los siglos XIX y XX, ¿cómo es que no se recomienda, como lectura de Secundaria o de Bachillerato, simplemente cualquiera de los Episodios Nacionales de Galdós?
Si se trata de dar al alumno una visión de la vida que no sea de color de rosa, en los Episodios encontramos todo el realismo y la dureza de la existencia, sí: hambre, privaciones, burlas, traiciones, necedad humana; pero enfrentado todo ello con buen ánimo, con alegría y humor… (¿No es esa la “resiliencia” de la que tanto hablan ahora?). No hay gota de autocompasión en el relato, lleno de acción, de diálogos espléndidos, de multitud de personajes secundarios que le dan calidez humana, que escribe el ficticio narrador, Gabriel de Araceli. Hay aceptación de la realidad, observación amable de los tipos humanos, ganas de luchar… y fina ironía y humor, humor a raudales.
Levanta cualquier ánimo la lectura de “Zaragoza”, no cabe describir mayores penalidades con más alegría (¿No hablamos hoy de “salud mental, salud mental”. Pues de eso rebosa esta novela vigorizante). Dormían los personajes al raso en el suelo y “como no teníamos que entretenernos en melindres de tocador, bien pronto estuvimos dispuestos”. ¡Qué bien, no necesitaban “melindres de tocador”! Describe a continuación la larga mañana dedicada al intento de conseguir de manera honrada un desayuno, la aparición, finalmente, de un benefactor, hombre “de tan brusca generosidad”, que del hambre pasaron al extremo contrario, al apuro de tener que ingerir muchísimo más de lo que podían… “Esto fue causa de que comiera y bebiera mucho más de lo que cabía en mi cuerpo; pero había necesidad de corresponder a la generosa franqueza de Montoria; y no era cosa de que por una indigestión más o menos se perdiera tan buena amistad”…
Todo es alegría, buen ánimo, enfrentarse con valor a la aventura de la vida. Y la multiplicidad de personajes y de situaciones es aleccionadora, curiosa, interesante: una negación de simplismos reduccionistas.
Compárese esto con la enfermiza claustrofobia de “La Tía Tula” o de “Abel Sánchez”, donde todo es un puro hurgar en sentimientos insanos –la envidia en un caso, la insana atracción cuñadil en el otro-, sin más personajes secundarios ni más acción, sino toda una vida, de la niñez a la tumba, obsesionada con lo mismo, sin un ápice de humor… Se describe una trayectoria vital paupérrima, limitada, encogida, resentida, cerrada en sí misma, sin curiosidad por el mundo exterior. Repetimos: no nos corresponde juzgar méritos literarios, pero sí podemos decir lo obvio y de sentido común, a saber, entre ambos tipos de lecturas, cuál es más sana y enriquecedora para un adolescente.
¿A qué se debe esta maniática preferencia por lo sórdido y claustrofóbico? No se sabe. Podemos aventurar una hipótesis; a lo mejor, los que elaboran los programas de enseñanza, no se han leído ni uno de los Episodios, pero les suena que en ellos hay patriotismo, que se aprende Historia de España…También que, aunque el narrador Gabriel no da sermones, se percibe su fundamental honradez, es uno que no roba, no miente, es leal… y esto por lo visto a los educadores del siglo XX y del XXI les suena automáticamente a ñoño (¡Ñoño! ¡Cómo se nota que no han leído ni un párrafo, los que así piensan!).
En fin; es una lástima que las lecturas oficiales sean tan empobrecedoras y hasta dañinas. Pero al menos, fuera de curriculum, animamos a leer las grandes novelas, las que enriquecen el alma y ensanchan el horizonte.
“No es cosa de que se pierda tan buena amistad”.





