… el tesoro de unas palabras bellas y eternas! Si alguno aún encuentra en casa de sus padres una Biblia de hace cuarenta o cincuenta años – preferiblemente la versión de Nácar y Colunga-…¡no la tire! Y no por cariño de bibliófilo, ni por razones sentimentales, no, sino por algo mucho más pragmático, útil y necesario.
Si la tira o desecha, verá que ha perdido para siempre un tesoro que generaciones anteriores a la nuestra, y algunos aún de pequeños, disfrutamos como de la cosa más obvia, y ahora han decidido eliminarlo –con las nuevas versiones oficiales de la Sagrada Escritura, de donde salen las lecturas de las misas. (Estas nuevas versiones no son de ayer, pero aún no hemos asimilado el destrozo…).
Hoy parece que la Biblia está más asequible que nunca; hasta al más tibiamente religioso es probable que le lleguen, por alguna red social, las “lecturas” del día. Eso parece, sí. Pero le llega la nueva versión. La que han querido hacer para que sea todavía más fácil y asequible y comprensible.
“El que tenga oídos para oír, que oiga”. Palabras dichas por Jesucristo, al término de unas sentencias algo severas (“los hay que se hicieron eunucos por el Reino de los Cielos”), y que estaban en el acervo popular, incluso en una sociedad descristianizada, pero pervivían… Pues ahora la nueva versión dice: “El que pueda entender, que entienda”.
También son conocidas las palabras de Jesús, cuando, caminando sobre las aguas, Pedro intentó imitarle pero acabó hundiéndose: “Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?”. La versión nueva dice “¡Qué poca fe!”. Elimina lo de “Hombre de.”. ¿Se “entiende mejor” así? ¿O sólo le quita expresividad y belleza?
“Triste está mi alma hasta la muerte” eran las palabras de Jesús en el Evangelio de San Mateo en el huerto de Getsemaní. Pero hoy día los fieles acuden a misa el Domingo de Ramos, oyen decir: “Me muero de tristeza”. ¡“Me muero de tristeza”! Los que conservamos alguna sensibilidad efectivamente nos morimos de tristeza al escuchar eso. ¿Hemos ganado algo con esta nueva versión “más adaptada, más asequible”?
San Marcos narrando el milagro del paralítico realizado tras romper el techo de una casa, empieza diciendo: “Vinieron trayéndole un paralítico, que llevaban entre cuatro”. Esa es la versión de Nácar Colunga y la de cualquier otro de toda la vida. ¿Hay algo que no se entienda? Pues la versión oficial, la que se lee ahora en las misas, dice: “Llegaron cuatro llevando un paralítico”. ¿Cuatro qué? Cuatro hombres, claro. Lo suponemos los que aún llevamos en la memoria la versión “buena”, pero para quien lo oiga de nuevas es hasta difícil de comprender.
Han decidido que la versión de toda la vida era “difícil, muy difícil”. Y a fuerza de querer hacer “fácil y actual” el texto, lo retuercen hasta llegar a frases que ni se entienden. ¿“Cuatro llevan un paralítico”? ¿No se entiende muchísimo mejor la versión anterior – además de ser más hermosa?
En la escena de Marta y María, tradicionalmente la concienzuda Marta, irritada con su “ociosa” hermana María, le rogaba a Jesús: “Dile que me ayude”. Pues resulta que algún experto decidió que eso había que reformarlo. La versión actual, la que se lee en las misas, es: “Dile que me eche una mano”. Curioso. ¿Hay necesidad de emplear una expresión tan informal para una escena tan eterna, no es mejor seguir con palabras que no pasen de moda a través de los siglos? Y además, la palabra “ayudar”, ¿no la empleamos mil veces al día, continuamente, con los niños, con los cónyuges, en las tiendas…, no es incluso mucho más utilizada que su equivalente informal “echar una mano”? ¿Alguien gana con la sustitución? Creo que todos pierden.
La “adaptación” (de cosas que ignorábamos había que adaptar) llega hasta en Antiguo Testamento, deformando hasta la belleza de los salmos que llevaban no siglos, sino milenios, alimentando los corazones. “Serás bienaventurado… Tu mujer como parra fecunda en el interior de tu casa”. Ese era el salmo 128. Pero ahora resulta que dice: “Te irá bien. Tu esposa será como una vid con muchas uvas”. ¡Te “irá bien”! ¡Te “irá bien”! ¿ganamos algo con ese informalismo forzado, que suena raro, osaría decir, incluso para oídos jóvenes que ignoraban la versión de toda la vida, pero que en semejante lugar esperaban algo de solemnidad, de palabras más contundentes…? Y si lo de “parra fecunda” molestaba por mil razones, tampoco se soluciona cambiándolo como “una vid con muchas uvas”.
Cuando el futuro rey David aparece, como pastorcito, ante los ojos de Samuel, la Biblia indica que este benjamín de Jesé “era rubio, de hermosos ojos y muy bella presencia”. No cabe una introducción más hermosa con menos palabras… Pues a alguien le ha molestado. En plena ceremonia litúrgica, he visto a algún sacerdote anciano, que se sabría el texto clásico de memoria, vacilar y con cara de asombro, ya subido en el ambón, leer, ¡qué remedio!, lo que el nuevo leccionario pone: “Era rubio y de buen tipo”. Lo de “hermosa presencia” por lo visto resultaba muy difícil de entender.
Podía seguir, por desgracia, indefinidamente… Una cosa es cierta: el Evangelio, las parábolas (que en algunos casos , por cierto, en vez de “parábolas” ahora el texto oficial dice “comparaciones”), los salmos… no se pueden expresar de manera más comprensible. Lo único que los “expertos” pueden hacer, al forzar nuevas versiones, es robarle impacto y hermosura. Los textos ahora van a a emocionar e inspirar menos; en absoluto se van a “entender mejor”.
Moraleja: los que alguna sensibilidad conserven para el patrimonio espiritual, no confíen en Internet. Si ven alguna Biblia antigua en alguna librería de viejo, o hasta en el más sucio de los mercadillos, no la dejen perecer.





