Medio mundo está esperando a que cambie el otro medio cuando se acabe esto a lo que llamamos “esto”. Pero conozco a los suficientes idiotas y malas personas para saber que eso es imposible. Los tontos y los hijos de puta no tienen nunca remedio. Pueden ser derribados de su caballo, pero se levantan sin la capacidad de San Pablo para darse cuenta de la luz de Dios.
Me dicen algunos que el lado positivo de la pandemia es que nos ha dado un parón, un parón que necesitábamos en este planeta, un parón que nos hará pensar en que tal como habíamos llegado a vivir, no se podía seguir. Un momento, un momento: no me metan en el saco de un mundo de ciegos, que siempre supe lo que valía un solo segundo de la existencia. A mí no me ha hecho falta una pandemia para valorar desde ahora cuánto significan miles de cosas maravillosas. Muchas veces fui para los demás un bicho raro por la pasión que pongo en todo, mientras me miraban y enjuiciaban desde su tranquilismo. ¡Anda ya, voy a necesitar yo un parón! Sé pensar y sentir mientras me muevo y mientras ando. Esa lección es la de otros, no la mía. Tampoco es la lección de quienes me la enseñaron con su ejemplo. ¿Ahora quieren los tontos de su nuevo descubrimiento que todos seamos tontos? Ni hablar.
Recomiendo menos optimismo en el ser humano, porque pensar, lo que se dice pensar, lo harán los que pensaron siempre. Los demás serán como los que tienen un amago de infarto. Están muertos de miedo, tienen un primer aviso, la espada de Damocles encima y, más que la mosca, el virus detrás de la oreja. Ahora no se echarán sal en las comidas y dejarán de fumar. Pero en cuanto esto pase, volverán a ser irremediables: otra vez puñados de sal en sus platos y sacarán cigarrillos a escondidas por los cuartos de baño.
Mi mujer tiene la idea (porque mi mujer tiene ideas propias sin necesidad de la dictadura feminista, esa que proclama que le aprieta el chocho la talla 38), tiene la idea mi mujer de que muchos no aprenderán ni con las dificultades y el sufrimiento de estos días, porque son como los corredores que se hacen kilómetros y kilómetros sobre la cinta de un gimnasio, pero siempre están en el mismo sitio. Tengo a puñados nombres propios y con apellidos. Los dejo para otro día.





