Ante todas las tribulaciones de la vida, el mostrar una actitud serena, e incluso mantener el sentido del humor, es algo humano, es más, resulta loable y deseable, gracias a eso estamos vivos. Eso es una cosa. Mantener la calma y hasta el humor, en el ámbito privado, por negras que sean las circunstancias.
Pero muy distinto es… la sumisión, el servilismo, la aceptación complaciente y pública de la esclavitud que nos quieren imponer.
¡Qué terribles recuerdos, hoy, de lo peor de la pandemia! Sí, lo peor. Esa alegría, esa complacencia, esos miles de mensajes en redes sociales de “qué bien, qué a gusto estoy en mi casa, con lo responsable que soy, y he descubierto el placer de la lectura y de estar con mis hijos, y de salir al balcón a cantar, ¡ole! qué bien me lo estoy pasando”. Ese presumir y alardear de “estar estupendamente, estupendamente”, esos aplausos de felicidad… eso es muy distinto al llevar las tribulaciones con entereza.
Ayer millones de personas hubieran podido, acaso han podido aprender algunas lecciones. Es de temer que enseguida las olviden. ¿Cuál es el mayor peligro? La anecdotita.
Ya las televisiones nos muestran la simpática anecdotita. La gente en los parques (“han aprovechado para ir al parque, y charlar unos con otros, sin el móvil”, ¡ay qué alegría! Ahora tenemos que dar las gracias), en las terrazas los que llevaban unos euros en el bolsillo. Una vez pasado el hecho, pues es fácil recordar con complacencia la anécdota pintoresca (¡cenamos a la luz de las velas! ¡Oh, qué bonito!); en lo privado, bien está. La reacción ciudadana, ¿va a ser así? ¿Tan contentitos siempre con lo que nos echen? ¿Jamás vamos a pensar que hay que cambiar algo?
Infinidad de cosas del mundo contemporáneo no están en nuestras manos. Pero otras sí. Cualquier ciudadano puede llevar dinero en el bolsillo, puede tener un reloj, puede tener un plano de la ciudad, puede llevar un bolígrafo, puede llevar su billete de tren de papel. La realidad es que los que hacemos eso somos objeto de hilaridad y de miradas de censura. ¿Por qué?
¿Por qué voluntariamente con cada decisión diaria nos volvemos más y más esclavos? Puertas de la calle de las viviendas: existe un sistema antiquísimo, el de las habitaciones de hoteles de todo el mundo en el siglo XX, el XX, mediante el cual desde dentro se puede abrir la puerta, pero desde fuera no. Ya está inventado – lleva como un siglo inventado. ¿Por qué, en vez de seguir con ese sistema eficacísimo y simple, ahora nos empeñamos en que la puerta se tenga que abrir mediante electricidad?
Un gimnasio era uno de los pocos lugares adonde, si se hallaba cerca de casa, se podía acudir sin el teléfono móvil. Si se trata de nadar veinte minutos, ¿para qué lo queremos? Ah, pero miren: ahora el gimnasio decide que hay que entrar enseñando un QR en el móvil. ¿Por qué?
El hospital Infanta Luisa (y seguramente muchos otros) hace unos meses tomó una decisión drástica: eliminó las impresoras de las consultas. Así de sopetón. “Le he recetado unas medicinas. Para saber cuáles, tiene que abrir una aplicación en su móvil. No, no le puedo dar nada en papel”.
Y los QR en los museos y hasta en los altares de las iglesias… No, nada de letreritos para leer: si quiere saber qué es esto, saque el móvil.
No podemos controlar millones de cosas del mundo, pero las de nuestro ámbito privado sí. ¿Por qué nos auto esclavizamos?
Podíamos haber aprendido algo. Podíamos ser más firmes en que se nos respetaran parcelas de libertad (libertad para pagar en efectivo en todas partes; poder exigir que nos den la receta en un papel, ¡qué menos!; poder in en un tren donde se puedan abrir las ventanas para que entre algo de aire).
Es de temer que la anecdotita impida todo eso. Ahora se recordará como simpática aventura lo de ayer (que en lo privado bien está), ahora se hablará de qué bien el día en el parque, jí jí jí, ja ja ja, y qué bien la luz de las velas, y qué ejemplo de ciudadanía, y en el tren atrapado diez horas hicimos amistades muy bonitas, y ole ole la policía, huy huy somos más fuertes.
No nos agrada transmitir mensajes negativos. Pero es un hecho indiscutible que el amor a la libertad… pues ese amor apenas si se percibe.
Eso es acaso el quid de la cuestión. No ya el no tener libertad, sino el ni desearla siquiera.





