Con verdadera consternación contemplamos cómo se avanza en la campaña de exterminio de… de todo cuanto es humano, íntimo, entrañable. La “religión” medioambiental jamás critica los macroeventos, los miles de toneladas de plástico que costean los ayuntamientos del planeta todo para fabricar adornos inútiles, paneles chillones, los millones de dispositivos que nos obligan a desechar a cada minuto; no, lo que suprimen es lo familiar, lo humilde y entrañable, el papelito de envolver un regalo, la servilleta para llevarse a los labios, la pastillita de jabón que daban en los hoteles y que servía como ingenuo regalito para los niños.
Y ahora, el incidente del atrio de la iglesia de San Antonio Abad (difundido con todo el sensacionalismo posible, ¡da tanto juego, impresionan tanto unas llamas, grabadas muy de cerca!), un fuego inmediatamente sofocado y que no produjo el menor daño personal, y levísimo material, pues ahora es la excusa perfecta para unos titulares cuya falsedad es palmaria, pero… ¡pero pueden colar! (tan fuerte es el poder del topicazo, de la frase hecha).
“Incendio por el exceso de velas en las iglesias”, rezan algunos titulares de prensa, con grandes caracteres, que parecen ellos mismos arder.
¡El exceso de velas! ¿Pero de qué hablan? ¿Qué exceso? ¿Qué dicen? No hablan de exceso en ese uno o dos metros cuadrados, sino “en las iglesias”. ¿Cuáles?
¿En qué iglesias de Sevilla quedan velas, velas de cera? Sí, podrá quedar alguna, absoluta y totalmente residual. Ese elemento tan característico del culto católico ya sufrió su propia campaña denigratoria ya mucho tiempo ha (“Ser cristiano no es encender una velita” “Hay gente que enciende velitas por superstición” “No se trata de encender muchas velitas” eran mantras frecuentes en las catequesis de los años ochenta. Y eficacísimos que resultaron). En muchas iglesias aparecieron las velitas eléctricas; pero el verdadero enemigo de las velas tradicionales no fueron tanto esos chismes, sino la estigmatización del hecho mismo de “poner velas”.
Como impulso arcano, inefable, de un modo u otro ciertas costumbres, por más que aplastadas, estigmatizadas, aparentemente barridas… pues se las arreglan para subsistir en algún sitio. Ahí quedaba, por ejemplo (que hay muy pocos ejemplos) el rinconcito de las velas para San Judas Tadeo.
¡Un fuego, un fuego! ¡Oh qué peligro! Es la ocasión que tantos esperaban para decidir que “hay que prohibirlo”.
Una espera que por una vez, las hermandades correspondientes se resistan algo a las consignas de los tiempos; que reafirmen su identidad, que se defiendan. Que no basen su identidad en ser más modernos, más higiénico-sanitarios, más ambientalistas y protectores de datos que nadie; que recuerden otras raíces, lo que realmente los distingue y les da sentido.
Apenas se habla en los medios de los terribles, extraños incendios que ocurren en los coches eléctricos; de los patinetes eléctricos que también pueden salir ardiendo a capricho; no digamos de los miles o millones de accidentes ocasionados por los teléfonos móviles cuando se están cargando. Estos hechos se comentan por lo bajo y como cosa inevitable; nadie piensa en prohibir nada. ¿Por qué? Porque pertenecen a la misma especie que los macro eventos y los paneles de plástico duro de los Ayuntamientos.
Sólo se prohíbe lo íntimo, lo personal, lo hermoso, humano e inefable. Así, en los campamentos de verano de jóvenes se prohíbe “el fuego de campamento”: las hermosas veladas alrededor del fuego, que se daban sobre todo en campamentos religiosos (no es casualidad), llenos de voluntarios, con la actitud más civilizada posible. Mientras los pirómanos campan a sus anchas, pues, ¡oh casualidad!, se prohíbe lo único que jamás había causado incidente alguno. ¿Por qué? Porque ahí mirando al fuego, comulgando con los milenios, sintiéndose más humanos que nunca, ahí se produce algo que se quiere exterminar. Lo humano, lo hermoso, lo vivo.
Si hubiera preocupación por los incendios, se prohibirían las rejas que nos mantienen prisioneros en nuestras casas; y la policía sería la encargada de que no nos asaltaran ladrones o asesinos. Sabemos que en caso de incendio, pereceremos; pero siempre confiamos en que al fin y al cabo, un incendio es mala suerte (se espera no tenerla), mientras que con un balcón sin rejas, el asalto del maleante es seguro. Curiosa la sociedad que hemos creado. El peligro de incendio no preocupa.
Lo que ahora se pretenderá con la excusa de las velas (después de un incidente que apenas si ha ocasionado daños) no tiene nada que ver con “la seguridad”. Tiene que ver con la destrucción de lo humano.
Ojalá no prevalezca, en el mundo cofrade, el elemento más sabihondo y ansioso de ir a la vanguardia de “lo moderno”, aunque sea para autodestruirse.





