No, este año no es Navidad. Por mucho que celebremos el nacimiento del Niño Dios, por mucho que cantemos villancicos, por mucho que nos consolemos con seis personas en una mesa que en mi casa supone estar vacía.
Panderetas y guitarras intentarán causar lindos estragos en nuestro ánimo. El marisco llenará nuestra tripa sabedora de un ansía que apacigua paladares amargos. El vino regará las penas y el champán le añadirá a su solera ese punto burlesco sin maridaje posible.
Pero no es Navidad. Las filas ante un test que no llega a tiempo para abrazar a tu madre, camioneros atrapados en la frontera de la ineptitud política, abuelos llenos de miedo tras una puerta cerrada, nietos entre una espada y una pared que no comprenden, la vacuna entre mercaderes sin que nadie entre a dar latigazos…
No es Navidad, y no porque se ahogue el Gobierno al nombrar la palabra como si tuviera el maldito virus con una carga difícil de superar. Ni tampoco porque la llamen del afecto, del solsticio o al final consigan que la llamemos “Nueva Navidad”.
Pocos podrán sentir lo del turrón que vuelve en Nochebuena o cantar aquello de “Ven a mi casa… tú que estás solo”. No habrá aguinaldos con cuatrocientas sillas, menuda multa, y el tamborilero no nos puede llevar ni a la esquina, imagínense a Belén por caminos que cruzando municipios.
Hagan lo que puedan, celebren lo que deseen, busquen en lo más profundo el más mínimo resquicio de sosiego, brinden por Jesús recién nacido y recen, recen mucho, para la próxima Navidad. «Si Dios quiere, que querrá».





