Dos recientes noticias podrían plantearnos incómodas cuestiones que desvelarían algunas de nuestras incoherencias respecto al valor que le otorgamos a la vida de los seres humanos más vulnerables. La primera fue muy triste: la trágica desaparición y muerte del pequeño Gabriel Cruz y la inflación informativa que diariamente rodeó el criminal suceso. Pero la segunda fue festiva: la celebración el 21 de marzo del Día Mundial del Síndrome de Down.
Y es que, si la muerte del niño Gabriel llegó a conmovernos tanto a todos, en gran parte fue debido a que los medios de comunicación nos fueron transmitiendo al minuto todo lo que iba ocurriendo, por poca importancia que aparentemente tuviera. Y además, nos mostraban a sus padres casi siempre en primer plano, de modo que nos contagiaban fácilmente su angustia y su dolor, tocando directamente nuestros corazones. Un suceso muy seguido por todos los españoles y que nos dejó muy tocados por la proximidad de sentimientos con que lo llegamos a palpar. Un suceso que podríamos incluir como ejemplo del reverso doloroso del refrán «Ojos que no ven, corazón que no siente». Sin embargo, la indiferencia más absoluta nos invade ante la silenciada y consentida muerte en nuestra patria de cien mil seres humanos al año (¡300 cada día!), a los que no se les deja llegar a ser niños, y que no sólo no preocupa ya a casi nadie, sino que hasta nos las presentan como garantía del progresismo de una sociedad avanzada. Ojos que no ven…
Y algo no distinto nos sucede respecto a las personas con síndrome de Down… Pues a pesar de la atención y cariñosas menciones que les dedicaron muchos medios el pasado 21 de marzo (¡por lo menos un día al año!), ensalzando la sinceridad y autenticidad de estas personas, y reclamando para ellas un puesto digno en nuestra sociedad, todos callamos ante la fatal realidad de que sean abortados voluntariamente 9 de cada diez niños, a los que se les impide nacer cuando se les detecta una copia extra del cromosoma 21. Y es fama que en países como Islandia apenas nacen ya niños con síndrome de Down; obviamente, porque son abortados al identificar su singular trisomía.
Sí, ya sé que no es lo mismo y que nada es igual… Pero tampoco es que todo esto sea muy coherente ¿no?





