
Duele. Y esto ya no es un aviso, sino… un abuso.
«Pero como tú…, ninguna», clamaba repetitivamente el poema incluido en el memorable pregón del poeta ursaonense Antonio Rodríguez Buzón en 1956. Casi no hay sevillano que 70 años después no sepa atribuir y poner en su contexto macareno ese verso, apuntillado en la memoria como el zanco de un paso a su estructura de madera.
Pero a la poesía, como a las flores delicadas (y a las obras magníficas) conviene tratarlas con una exquisita delicadeza si uno no quiere atravesarse de ignominia. O de infamia. O del dolor de los damnificados… O cubrirse de improperios y de la indignación que rebosaba hoy la puerta de la Basílica de la Macarena tras descubrir la afrenta emocional, devocional y patrimonial que parece haberse perpetrado con la restauración acometida en la imagen de la Esperanza.
Sevilla no admite excusas con materia tan sensible como la de hacer que claudique de su memoria devocional y admiracional unánime hacia la Esperanza Macarena, de modo que a los sevillanos le han tocado el trigémino de su apasionada devoción y admiración hacia el rostro más universal de la memoria. Sienten pena y dolor. Les confieso que yo también. Mucha pena.
Sumadas, son muchas las horas contemplando su rostro, presencialmente o en la distancia, dándole gracias o rogándole internamente desde la intimidad. Y su imagen acude siempre y con inmediatez a cualquiera que haya ensayado ese ejercicio, porque su imagen nos impregna a todo el que se ha detenido alguna vez a contemplarla.
Dícese que el encargo de restauración, como tantas otras veces en los últimos años, se hizo al taller, noblemente aquilatado en su prestigio, del que fue catedrático de Restauración de pintura y escultura de la Facultad de Bellas Artes durante muchos años, Francisco Arquillo Torres. A ese taller se deben los sucesivos retoques que se han realizado en las últimas décadas y, por tanto, la imagen memorizada por todos de la Esperanza le debe ser atribuida.
Parece imposible ponerle una sola pega al curriculum vitae del venerable profesor y restaurador, a cuya infinidad de capacitaciones y estudios nacionales e internacionales vale añadir que entre sus innumerables trabajos de restauración pictórica destacan los realizados en la Academia Española de Bellas Artes de Roma, el claustro mudéjar del Monasterio de La Rábida (Huelva), el Teatro Nacional de San José (Costa Rica) y la Basílica Inferior de Asis (Italia). Y en Sevilla dirige restauraciones como la del retablo mayor de la Catedral de Sevilla, la Esperanza Macarena, la Virgen de los Reyes y la Inmaculada de Martínez Montañés «La Cieguecita». También restaura la Virgen de Guadalupe de Cáceres, la Virgen de Regla de Chipiona y el Jesús Nazareno de Ayamonte. ¿Qué duda cabe alegar ante tamaña derrama de «savoir faire»?
Ocurre, sin embargo, que el susodicho catedrático se encamina ya hacia los 90 años y cabe imaginar que de su celebrado equipo de trabajo de los años precedentes no deben quedar ni las raspas, así que no parece demasiado arriesgado suponer que quien haya emprendido la tarea haya sido más bien su hijo, David Arquillo Avilés, profesor de la especialidad en la misma Facultad de Bellas Artes y con una cantidad de trabajos acumulados hasta la fecha que igualmente podrían marear a cualquiera, sin que ello signifique que la excelencia o el buen tino tenga que ser necesariamente los mismos que los de su progenitor.
Al respecto del desempeño de las sagas en los talleres de pintura, Sevilla sabe un rato largo y vale citar dos conocidos ejemplos como los de Lucás Valdés y su padre Valdés Leal o el de Pedro Roldán y su hija Luisa «La Roldana», aunque son muchos más.
Dicho todo esto en favor de mantener una pacífica opinión (y pacificadora), vale subrayar en contra que la imagen ha sufrido una transformación muy evidente en un trabajo que ha durado apenas cinco días. Comentan que se han utilizado tecnologías del máximo nivel, como las radiografías y el TAC, pero la Esperanza no ha salido de «su Casa» para ninguno de los trabajos, lo que a algunos hace dudar de la eficacia de la rapidez desplegada.
También es importante señalar que la imagen de la Macarena, aunque esto se ocultó y lo han negado durante demasiado tiempo, había sufrido daños más o menos superficiales hace unos meses a consecuencia de un aspersor contra incendios cuyo efecto se detectó demasiado tarde.
Todo eso está muy bien y sirve para aquilatar la prosa de lo sucedido, pero lo que no logra aminorar lo más mínimo es el daño infligido a la poesía de Rodríguez Buzón y a la memoria devocional del sevillano, porque su rostro no es el mismo, su mirada tampoco, las sombras que proyecta no se le parecen, ni las cejas, ni las pestañas (cuando corrí a verla esta mañana, la Basílica la habían cerrado y esta tarde se las habían cambiado), ni el ceño, ni el ‘cutis’ policromado de la madera, ni el óvalo delicadísimo de su rostro… He leído en alguna parte que para el menor de los Arquillo la policromía de restauración es algo así como una cirugía estética o un ‘lifting’ con ácido hialurónico o con botox. Y me parece un horror semejante comparación. Un atentado a la razón, aparte de una macarrada que me conduce a pensar que podrían haberle puesto uñas largas pintadas, una de cada color y con incrustaciones de corazoncitos, como las muchachas que salen a bailar el reggaetón con el ombligo al aire…
Vale, no exagero. Pero he visto hoy en la Basílica una imagen hermosísima, sin duda, pero no era Ella, sino una ‘hermana’ o una ‘prima’ que ha venido a visitar a la Macarena de mi corazón y de mi memoria. Lamento decir esto, porque me duele; porque siento pena, mucha pena… Pero es así. Su mirada, que no sé si la han retocado o la han limpiado, ya no mira al vacío atravesado de su dolor infinito, sino a algún lugar innominado que por ahora no quiero saber.
No hace falta que me crean, porque desde la distancia de Su Altar es guapa a rabiar, como siempre, como esas hermosas vírgenes de Gloria de muchos pueblos de Sevilla y de toda Andalucía; pero no es Ella, no es la que vive en la memoria inminente y que acude con inmediatez apenas cerrar los ojos para rogarle algo o agradecer su intercesión.
Dicen que tiene arreglo, que puede volverse atrás, como ya lo han intentado con las pestañas de mediocre salón de uñas que le habían colocado, pero siento miedo de la fragilidad de su rostro y de que hayan borrado (sin querer, sin culpa) esa imagen indescriptible que nos habita siempre.
Dimos por buena la osadía de un pintor local con un cartel de la Resurrección, más vinculado con la Pascua que con la Semana Santa, a propósito de lo cual algunos mintieron mucho y quisieron tratarnos de idiotas o de incultos. Algo parecido sucedió con un cartel reciente en el que se utilizó la paradoja del feísmo primitivo de una modernidad absurda para divulgar la inmaculada belleza atemporal de los siglos. Fue un aviso (tal vez), pero, al fin y al cabo, eran carteles, la recreación libre y personal de un milagro o de un prodigio inalcanzable. Lo grave de esto es que ahora no es una mera representación simbólica de la propia imagen de la Divinidad, sino la imagen misma de la Madre de Dios la que se ha tocado. Y eso ya no es un aviso, sino… un abuso.
He dicho.





