
UNICEF/UN0302727/Panday
Las ocupaciones cotidianas y el bombardeo de noticias sobre los asuntos de actualidad, nos hacen perder de vista realidades que nos abruman y que entendemos muy alejadas de nosotros, tanto en el plano geográfico como en el cultural.
Recientemente pude contemplar en un reportaje fotográfico de la francesa Oriane Zerah, residente en Afganistán, los rostros de niñas vendidas como esposas o que los padres tienen previsto vender, y como padre que soy de tres hijas y abuelo de dos nietas, no pude menos que sentir un escalofrío al ver esas caras de chiquillas y cómo se les iba a robar la infancia, si no la habían perdido ya.
Una de ellas, con siete hermanos, tres de ellos con discapacidad y una madre viuda sin recursos para alimentar a su prole ni siquiera con pan seco y té. Otra, vendida por 2.800 dólares con sólo nueve años, por una familia en la más absoluta pobreza (no tenían ni para un colchón) cuya madre le ruega al comprador que retrase la “transacción” hasta que la chica desarrolle. Una tercera que tenía sólo dos meses cuando su padre la vendió para pagar una segunda esposa, y que tras la fuga de éste a Irán, su madre ha interpuesto una demanda contra la familia compradora. Finalmente, una niña de tres años comprometida en un trato de 4.000 dólares a cambio de ser entregada en matrimonio al hijo del prestamista cuando cumpla los diez.
En la Montaña de Guerrero, una región al sur de México, pueblos indígenas realizan esta práctica desde hace muchísimos años con base en sus usos y costumbres. La Montaña sobrevive como puede a una extrema pobreza y a la falta de oportunidades. Allí las ventas para el matrimonio afectan principalmente a adolescentes, pero se han registrado incluso casos de niñas de 9 y 10 años. Cuanto más joven es la criatura, mayor suele ser el pago. Al ser vendidas, generalmente ingresan en un hogar donde no tendrán ninguna independencia económica al no poder estudiar ni trabajar. Siempre ocurre esto en zonas de máxima pobreza: cada venta es vista como un salvavidas económico para muchas familias que viven sumidas en la indigencia y subsisten con el cultivo para autoconsumo de maíz, frijol o plátano.
Nos podría parecer que son casos aislados en lejanos países, pero no: en febrero de 2024, la Guardia Civil detuvo en Malagón (Ciudad Real) a la madre y al padrastro de una menor de 12 años a la que iban a obligar a contraer matrimonio a cambio de 3.000 euros en Baza (Granada). En la nota de prensa que se difundió en los medios, no se decía nada de la nacionalidad de estos padres ni de su etnia.
El pasado mes de diciembre, una menor de 17 años, de nacionalidad rumana pero nacida en Sevilla, acudió a las dependencias policiales de Cádiz acompañada por personas adultas que le ofrecieron cobijo en los últimos días. La joven denunció haber sido vendida a un hombre por sus padres en octubre de 2021, cuando tenía tan solo 14 años.
¿Qué hacer ante estos casos de tráfico de seres humanos? Unos dirán que poco se puede hacer por tratarse de “hechos culturales” arraigados desde hace siglos. Otros que lo importante es que no sucedan en nuestro entorno, que ya bastante tenemos con nuestro día a día. Quizás sería interesante saber que hay personas que dedican tiempo y dinero a luchar contra esta vergüenza.
En 2016, UNICEF, junto con el UNFPA (Fondo de Población de las Naciones Unidas), puso en marcha el Programa Mundial para Acelerar las Medidas Encaminadas a Poner Fin al Matrimonio Infantil, cuyo objetivo es dotar de recursos a las jóvenes en situación de riesgo de contraer matrimonio o ya casadas. Desde 2016 ha llegado a más de 21 millones de adolescentes, a las que ha proporcionado formación en materia de competencias para la vida, educación sexual integral y apoyo a la asistencia escolar. Más de 353 millones de personas, entre las que se incluyen personalidades de gran influencia en las comunidades, han participado en campañas de diálogo y comunicación para apoyar a las adolescentes, o en otras iniciativas para acabar con el matrimonio infantil.
La organización Too Young to Wed (Demasiado joven para casarse) fundada por la fotoperiodista Stephanie Sinclair (¡no se pierdan sus fotos en internet!), ganadora del Premio Pulitzer, tiene como propósito que las niñas crezcan en un entorno seguro y enriquecedor, y su objetivo es garantizar que todas sus actividades den prioridad al bienestar y los derechos de las que atienden.
Las raíces de esta práctica varían en función del país y la cultura, la pobreza, la falta de oportunidades educativas y el acceso limitado a la asistencia sanitaria, todos ellos factores que la perpetúan, pero no estaría de más que todos dedicásemos un poco de nuestro tiempo a concienciar a quienes nos rodean y un poco de nuestro dinero, a apoyar a aquellos que se han propuesto como objetivo a acabar con esta lacra. Queda mucho por hacer.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com




