Vivimos estos días el final del curso académico: nervios por los exámenes finales en los alumnos, preparativos de las fiestas de despedida en los colegios, y en el ámbito universitario entrega y defensa de los Trabajos de Fin de Grado (TFG), que en otro tiempo eran tesinas o Trabajos de Fin de Proyecto, o también los TFM (Trabajos de Fin de Máster).
Me tocó vivir durante varios años la experiencia de formar parte de un Tribunal, y cómo no, la de dirigir o tutelar a bastantes alumnos, en la elaboración de su Trabajo. Uno de los aspectos que más se evalúa es el manejo de una cuidada bibliografía, es decir, las fuentes de las que ha bebido el ponente para poder realizar su tarea: manuales, artículos de revistas, ponencias, páginas web… que refleja la diversidad de canales utilizados y que internet ha facilitado bastante.
Debo confesarles que no ha sido hasta este año cuando, leyendo a los autores literarios del Siglo de Oro en sus distintas facetas (poesía, prosa, teatro…), he descubierto la figura de Nicolás Antonio, ilustre sevillano de aquella época que tiene dedicada una pequeña calle en Sevilla (la que va de la plaza de Santa Cruz a la avenida Menéndez Pelayo) y no salgo de mi asombro ante la ignorancia de muchos paisanos, entre los cuales me incluyo, sobre el papel que ha jugado en la literatura científica.
Nuestro personaje (Sevilla, 1617 – Madrid, 1684) nació en el seno de una familia de ascendencia flamenca, estudió Letras en el Colegio Santo Tomás de Sevilla, y posteriormente se trasladó a la Universidad de Salamanca, donde cursó Derecho Canónico, graduándose alrededor de 1639. Desde joven, desarrolló una intensa pasión por los libros, los textos históricos y la preservación sistemática del conocimiento. Tras regresar a Sevilla, dedicó años a catalogar vastas bibliotecas, entre ellas la del monasterio de San Benito. Su prestigio académico creció, llegando a llamar la atención del rey Felipe IV, quien lo nombró agente general en Roma, donde vivió y trabajó durante casi dos décadas.
En un siglo XVII dominado por el Barroco, la acumulación de saberes y la necesidad de separar el mito de la realidad histórica, Nicolás Antonio aplicó un rigor científico a la catalogación de la producción literaria de España. Durante el Siglo de Oro, la imprenta había multiplicado la producción de libros a una velocidad sin precedentes. Sin embargo, no existía un registro unificado, crítico y sistemático de lo que se publicaba. Los investigadores e intelectuales de la época trabajaban a ciegas, perdiendo textos fundamentales o propagando errores sobre la autoría de las obras.
Cuando pensamos en los cimientos del orden erudito, la catalogación y la preservación del conocimiento, su nombre emerge como una figura monumental. Este intelectual sevillano no solo aclaró el caos impreso y manuscrito de su tiempo, sino que sentó las bases metodológicas de lo que hoy conocemos como bibliografía moderna, por eso se le considera el padre de dicha rama. Dedicó gran parte de su vida a recopilar, clasificar y analizar de manera crítica toda la producción literaria y científica de España desde la época romana hasta su propio tiempo.
Imbuido del espíritu del Humanismo tardío y apoyado por su posición como canónigo, agente real en Roma y poseedor de una de las bibliotecas privadas más grandes de su tiempo (con más de 30.000 volúmenes), decidió abordar este problema. Su objetivo fue ambicioso: registrar a todos los escritores que hubieran nacido en España (o en sus dominios) desde la época de Augusto hasta sus propios días.
El resultado de décadas de trabajo se materializó en su obra magna, dividida en dos grandes bloques cronológicos:
- Bibliotheca Hispana Nova (1672). A pesar de su nombre, se publicó primero. Recoge a los autores españoles que florecieron desde el año 1500 hasta 1672. Es un catálogo vivo de la explosión literaria y científica del Renacimiento y el Barroco español.
- Bibliotheca Hispana Vetus (publicada póstumamente en 1696). Abarca la producción escrita desde el Imperio Romano (la Hispania antigua) hasta el año 1500. Fue editada y completada tras su muerte por el erudito Manuel Martí y el cardenal Sáenz de Aguirre.
La Bibliotheca Hispana se convirtió en el modelo a seguir para las bibliografías nacionales de toda Europa durante los siglos XVIII y XIX. Autores posteriores, tanto españoles como extranjeros, reconocieron que Nicolás Antonio había salvado del olvido miles de obras que, de otro modo, se habrían perdido tras la decadencia del Imperio español y la dispersión de sus bibliotecas.
No fue el primer recopilador de libros de la historia, pero sí el primero en aplicar criterios que hoy se consideran estándares internacionales en las ciencias de la información: Rigor Crítico y Escepticismo, Organización Sistemática, Universalidad Temática e Información Bio-bibliográfica.
Hoy en día, la Biblioteca Digital Hispánica y los grandes catálogos automatizados del mundo (como el de la Biblioteca Nacional de España) son herederos directos de la obsesión de este sevillano por el orden, la verdad y el acceso al conocimiento: catalogar el pasado no es un mero ejercicio de archivo, sino la única forma de garantizar el futuro de la cultura.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





