Como el gorila del chiste…, que le pilló a traición, por la espalda, cuando se agachaba a recoger la brújula que se le cayó al suelo en mitad de la selva, y le dejó melancólico y anegado de nostalgia para los restos.
En dos años y medio de gobierno en la Junta de Andalucía, Pedro Sánchez no se ha dignado recibir al presidente de los andaluces. Lo expresaba bien esta semana el consejero de la Presidencia y portavoz, Elías Bendodo, quien resaltaba con toda la indulgencia de la que fue capaz que «Nos parece muy bien, fantástico, que el presidente del Gobierno reciba al presidente de la Generalitat, que acaba de asumir el cargo, pero los problemas de los andaluces son, al menos, tan importantes como los de los catalanes».
Más de dos años sin respuesta a las llamadas y a las cartas en las que se le solicita una reunión es tiempo más que suficiente para perder las formas y mandarlo a tomar por saco a título individual y colectivo por acreditar una deslealtad inaceptable. A este paso terminaremos por aprender que a un socialista se le adivina sencillamente con comprobar si responde a o no a los mensajes que de buena fe recibe, sean a título privado o institucional.
En democracias avanzadas como las de Canadá, Noruega o Dinamarca resulta inconcebible que la llamada telefónica de un ciudadano a su concejal, alcalde o diputado no sea atendida en cuestión de horas o de días por el interpelado. En España, en cambio, le das una gorra de plato o un cargo público a un quidam y olvídate de que responda a los legítimos requerimientos de sus administrados, porque además se sentirá investido y revestido de una túnica de infalibilidad otorgada por unos presuntos intereses superiores indesmayables que ningunean siempre los principios más elementales, no ya de la política, sino hasta de la concordia y la buena educación.
Sánchez, armado de hipocresía y de cinismo, llama a todo eso «co-gobernanza» y en el caso de Marruecos denomina «buenas relaciones» al continuo asalto de nuestras fronteras en Ceuta y en Melilla, aunque luego, cuando todo se sale de madre, se pretenda poner gallito. Como sabemos, el ejercicio perpetuo de la izquierda es el de retorcer el lenguaje para no llamar nunca a las cosas por su nombre. Como la realidad a veces es inamovible, los ministros creen que basta con mudar el nombre de las cosas para que se transformen.
Es de ese modo tan simplista como Otegui se convierte en «un hombre de paz» y los de Abascal, los del PP y hasta los de C’s, que han entrado en sesión permanente de suicidio colectivo, con Inés Arrimadas hecha un zombi de «Walking Dead», se transforman en fascistas. Idéntico modo al de convertir a Rociito en estandarte de ese feminismo radical que por boca de Clara Serra habla de «política anal» cuando se refiere a los colectivos homosexuales y que aspira a que en los colegios los niños aprendan a dejarse penetrar con un dedo o con el lápiz por «les derrières».
Los esguinces que provocan los silogismos de esta tropa son severos y de pronóstico reservado, de tal modo que un navajazo a plena luz (¡ay, la luz!) del día perpetrado en la factura de la electricidad se convierte, en la lesionada meninge constitucionalista de Carmen Calvo, en un dilema sobre quién se pone a planchar a las 3 de la madrugada, si los hombres o las mujeres, pero no aclara a qué hora enciende ella la secadora.
A Brahim Ghali, el terrorista polisario, lo hemos tenido de tapadillo en España para tratarlo de una supuesta infección por el bicho y es de suponer (aunque con González Laya mejor no suponer nada) que respondíamos así a una petición de Argelia, nuestro socio preferente en relación a las importaciones de gas, pero nos habría traído mucha más cuenta enviarle allí una UVI móvil con todos sus perejiles y personal adecuado que acogerlo de estrangis y con ocultación al socio marroquí, que no entiende las monsergas con el idioma ni tampoco cree en la superioridad de una Justicia occidental representada en el juez Pedraz, quien desecha retirarle el pasaporte porque no ve riesgo de fuga y dos horas más tarde el tipo está volando en un avión medicalizado de regreso a la Hamada.
El ‘gorila’ Sánchez no nos llama ni recibe al presidente de los andaluces, tratados a patadas en el reparto de los fondos «Next Generation» (el 50% de los mismos irán a Cataluña) ni en el de los fondos Covid. No es saudade ni melancolía lo que nos inunda, sino indignación de ver a Susana Díaz y a Juan Espadas peleándose por el botín particular de su propia plebe, porque nosotros les importamos lo mismo que al gorila.
He dicho.





