Para quien carga con una sensibilidad humana, cada día amenaza con nuevos dardos, en los lugares y momentos más inesperados. A veces son detalles mínimos, pero que demuestran hasta qué punto las cosas han perdido sentido.
Lo que antes era trascendental y profundo (notoriamente, las celebraciones litúrgicas más solemnes) ahora nos lo sirven retransmitido en el teléfono móvil para que lo usemos de distracción por ejemplo durante los minutos que esperamos en la consulta del dentista, en sustitución de las revistas que antes destinaban a tal efecto y que ya han suprimido. O tumbados en el sofá o durante la comida – en cualquier momento. A nadie parece preocupar la tremenda banalización (“Hay que difundir” es la consigna, obedecida de manera automática, sin reflexionar), el despojo de toda reverencia. Ni hablemos ya de procesiones y demás: la continua retransmisión, la disponibilidad de todo en el bolsillo de cada uno, lo convierte en distracción hoy que no es posible ni aburrirse durante cinco segundos.
Estamos condenados a la superficialidad, parece ser la conclusión. Es mejor aceptarlo.
Vivimos en un mundo frívolo, en que todo es distracción y entretenimiento, ¿qué le vamos a hacer? Mejor aceptarlo, integrarse, no estar lamentándose, disfrutar un poco de lo que hay…
Y en ese sentido, al buscar distracción, al dar vueltas en un centro comercial para descansar de los entuertos, intentando pensar en algo inocentemente frívolo (¿por qué no sustituir un bolso viejo, o ver si todavía se fabrica algún jersey que no sea 100% poliéster?, esto es una minucia pero bueno ya que hay que entretenerse…), pues damos con otro entuerto.
El objeto existe, parece asequible. Pues muy bien. Pero, ¡oh!, antes de adquirirlo, antes de darse esa mínima mini-satisfacción (ya que se nos niega lo trascendente, tratemos de disfrutar de lo frívolo)… pues aparecen barreras, advertencias, discursos que nos remiten a un mundo burocrático, bancario y calculador. “Utilice esta tarjeta”, ah no, es que nos hablan de tú, “usa esta tarjeta, hazte socio, hazte fiel, y tendrás un 30% de descuento, y preferencia sobre esto y lo otro, y el mes que viene tendrás descuentos y…”. Al obviar estas cosas y querer comprarlo por las buenas, recibimos una reprimenda despectiva tachándonos de ignorantes y de necios y de no conocer ni nuestro interés.
Nadie parece disgustarse por estas cosas. Ni por el uso que hoy se le da, por cierto, a la palabra “fiel”.
Pero aquí se ventilan cosas muy ingratas. Si la “sociedad de consumo” tenía algo sano e inocente, eso es justo lo que ahora parece no existir.
Alguien que en un momento dado suelta una cantidad para comprarse algo atractivo y prescindible (lo que llaman cosas de “un lujo asequible”), pues en fin… experimenta la mini alegría de haberse dado un pequeño capricho, para sí mismo o para otros. Sobre todo si lo paga en efectivo, eso supone la liberación de, por un instante, haberse despegado de esta maquinaria controladora que nos invade en todo momento, de este bombardeo de “¿cuánto pagas por la luz”, y “cámbiate de seguro”, de esta cosa terrible e inhumana que es estar calculando y pensando en el dinero a todas horas, y vengan a bombardearnos… Olvidarse un momento de estas cosas, volver a lo más inocente, al puro placer de adquirir una cosa innecesaria “porque se me ha antojado” (ya que placeres más profundos se nos niegan), eso podía suponer la compra tradicional. Satisface la faceta más despreocupada, más ingenuamente frívola de una persona.
Las advertencias “si haces esto y lo otro y lo de más allá, si te registras y te fidelizas, ahorrarás”… destrozan esa satisfacción (y eso que era pequeña, la palabra satisfacción resulta excesiva). Retrotraen a la persona al árido y destemplado mundo calculador del que por un momento quería escapar.
Si se trata de ahorrar, pues se suprime la compra y ya está. De todos modos, era prescindible.
Lo peor no es que las estrategias comerciales sean engañosas (“Compra nueve productos y el décimo te sale gratis”, ¡pero si sólo queríamos UNO!, ¿cómo hay quien piensa que eso es “ahorrar”?). Lo peor es que destruyen hasta esa mínima frivolidad inocente que parecía ser uno de los pocos consuelos de una persona europea y sensible en el siglo XXI. En vez del estado de ánimo de quien, con alegría festiva, se da o le da a otros un pequeño capricho material, pues se nos obliga a retroceder al estado de ánimo de cuando se hace la declaración de la renta.
Revestidos con la piel de un contable mezquino, diríase que no nos es dado gozar ni de lo trascendente ni de lo frívolo.
Pero resistiremos.





