La reciente disposición de aumento de sueldo de los funcionarios parece un hito más en esta curiosa escalada de dividir a la población. Una escalada por fortuna inútil (ni las políticas más encaminadas a ello han conseguido producir un racismo; ni las políticas más encaminadas a ello han conseguido producir una aversión a “los gays”… La población española en muchos aspectos es más sana de lo que parece. Pero que se empeñan en hacerla enfermar parece ya indiscutible). Justo después de dos años de medidas “pandémicas”, que han llevado a la ruina y hasta al suicidio a pequeños empresarios y autónomos, esta medida para proteger a los únicos que han tenido su salario religiosamente asegurado aun en meses de inactividad absoluta (bueno- aparte de “los políticos”, claro) tiene el sello de la perversidad, hace pensar en el malvado que se frota las manos contemplando una pelea de gallos humanos…
Pero no les daremos ese gusto. La sociedad es un tejido cuya urdimbre incluye a todos; de ahí el absurdo, aparte de diabólico, intento de dividirla por hombres y mujeres, por inoculados y no inoculados, y ahora por funcionarios y autónomos. En todas las familias habrá de uno y de otro. E incluso para quien no tenga parientes o amigos funcionarios por los que alegrarse, siempre está bien que haya quien siga manteniendo el poder adquisitivo, que acuda a restaurantes, a tiendas, que consuma lo que otros venden. No nos dejemos dividir.
Y por ende… ¡qué de similitudes en todos los campos!
¿Qué tienen en común, por ejemplo, una profesora de latín y griego en un instituto público, y un pequeño empresario, digamos el dueño de un bar? Pues una enormidad- aunque una sea funcionaria y el otro autónomo. Una y otro ven cada vez más limitado el ejercicio de su actividad; cada vez cuenta menos el hecho de enseñarles el latín a unos alumnos, o el servir buenos desayunos. El tiempo, la energía, el alma, se ve forzada a dedicarse a otras cosas, ingratas, burocráticas, cada vez más absurdas, más alejadas de su ideal. La profesora debe acudir a reuniones, y más reuniones, y elaborar informes, y preocuparse de que no la acusen de discriminaciones ni favoritismos, y acatar la ideología imperante con enorme cuidado de no infringirla, y recibir inspecciones, y prepararse frente a posibles denuncias… todo es un puro guardarse las espaldas, pedir autorizaciones para excursiones, autorizaciones para todo… nadie se fía de nadie, todos somos potenciales criminales, un padre la puede denunciar, hay que andarse con pies de plomo, un suspenso provocará una inspección de la Delegación de Educación, cualquier descuido traerá consecuencias inimaginables (si un alumno se entera de su número de móvil, puede mandarle una foto con vistas a acusarla de pederastia…). Lo último, para lo que apenas queda tiempo ni energía, es lo único que le agrada y a lo que creyó dedicarse: transmitir el amor por las lenguas clásicas.
(La inmensa mayoría de profesores de Secundaria están descontentos; y no por el eterno mantra de que “están mal pagados” –los más honrados reconocen que el sueldo sí es satisfactorio, ¡ni que todo, todo, todo se arreglara con dinero!- sino porque se ven metidos en un engranaje de burocracia inútil y hasta peligrosa, y a lo que menos les dejan dedicarse es justamente a enseñar)
El dueño de un bar ya apenas puede dedicarse a la esencia de su negocio, decorar a su gusto el local, servir buenas tapas, dedicarse a los clientes. Está inmerso en un mar de burocracia, controles, inspecciones, normas laborales, debe hacer hasta de inspector de hacienda de sus empleados (retenerles el sueldo si éstos tienen una multa pendiente, y entregarlo directamente a Hacienda -¿quién le iba a decir que tendría que dedicarse a eso?), recibir inspecciones laborales, inspecciones fiscales, inspecciones de Sanidad, dedicar horas y horas, alma tiempo y vida a papeles, impuestos, normas, normas, normas y normas…(y obviemos las pandémicas- pensemos simplemente en las habituales). Todo está prohibido, todo es arriesgado, uno trabaja y recibe por defecto la consideración de criminal. La policía, tan notoriamente ausente de barrios conflictivos, está ojo avizor a la caza fácil, la que no puede oponerle resistencia alguna, sólo dejarse multar por cada mínima infracción, real o imaginaria, del aluvión de normas…
Y quien dice la profesora de latín o el tabernero de la esquina dice también el traductor, o el guía turístico, o el podólogo o el fontanero. El torero ya no teme tanto que lo coja el toro, sino que lo ataque Hacienda. Excepto los delincuentes “comunes” (sí, al que te asalta con un cuchillo se le da ese nombre inocente, casi cariñoso; y se le pone abogado gratis y cuenta con la simpatía general), excepto esos, todos somos potenciales delincuentes y se nos vigila como a tales, y no nos dejan trabajar en lo que nos gusta (o simplemente en lo que nos ha tocado, y procuramos que nos guste), porque continuamente hemos de estar a la defensiva, demostrando, frente al horrible aparato burocrático sancionador, nuestra inocencia.
No dejemos que nos dividan.
Todos somos víctimas de esta maquinaria ideológica burocrática recaudatoria que nos considera criminales (y prácticamente nos obliga a convertirnos un poco en tales- se promulgan normas imposibles) y atemorizados nos obliga a vivir.





