La distribución de la riqueza en el mundo es un tema de conversación recurrente en personas con ciertas inquietudes sociales, y por supuesto una cuestión tratada en todos los manuales básicos de Economía. Aún recuerdo las explicaciones del añorado profesor Don Antonio Rallo en Estructura Económica, cuando nos ilustraba acerca de la curva de Lorenz, esa representación cartesiana que refleja cómo queda plasmada la desigualdad en la distribución de la riqueza mediante dos sencillas líneas: una recta que forma un ángulo de cuarenta y cinco grados y refleja una distribución igualitaria, y otra en forma de curva, que recoge el porcentaje de riqueza por cada porcentaje de población en un momento dado. Mientras más se aleja la curva de la línea recta, hay mayor desigualdad.
A estas alturas del siglo XXI, debido a la aparición de macrofortunas, hemos llegado al punto en que un 0,01 % de la población del planeta, acapara más del diez por ciento de la riqueza mundial. A lo largo de lo que va de siglo, las fortunas acumuladas por las élites globales han crecido de forma exponencial. Los 2.668 multimillonarios que había censados en el mundo a finales de 2021, poseen más de doce billones de dólares; si sumamos todos los millonarios, la cifra alcanza los 165 billones. Casi 150 veces el PIB de España. Sólo durante la pandemia, la revista Forbes contabilizó 573 nuevos milmillonarios en el mundo.
Consecuencia de ello son la extrema desigualdad de algunas zonas del planeta (es curioso como el tamaño de la clase media va disminuyendo en muchos países), los extremismos salariales (la diferencia en la nómina entre el personal administrativo y un ejecutivo se ha disparado desde la década de los años ochenta) y un poder poco controlable, hasta el punto de que la facturación de cualquiera de los cuatro grandes (Google, Apple, Facebook y Amazon) supera el PIB de muchos países.
Pero no es sólo que este pequeño grupo acapare cada vez más riqueza, es que, además, tributa poco en relación con sus ingresos. Gracias al periodismo de investigación, conocemos los datos fiscales de un buen número de superricos. Esta filtración ha podido reconstruir las cantidades reales que pagan al Fisco tras beneficiarse de todos los recursos a su alcance (desgravaciones, deducciones, domiciliación de cuentas en paraísos fiscales, etc.): prácticamente nada. Elon Musk pagó entre 2014 y 2018 sólo un 3,30 % de su base imponible. Jeff Bezos, incluso menos, un ridículo 0,90 %.
Esta situación se ve acompañada de signos externos que escandalizan a cualquiera con una mínima sensibilidad social: de Mónaco a Cannes, los puertos deportivos están a reventar, a pesar de sus sucesivas ampliaciones, y el número de lujosos megayates se ha duplicado en la última década. En Hollywood Hills, Kylie Jenner (con 25 años, modelo y empresaria estadounidense) se compra varias casas de golpe, incluida una mansión de 40 millones de dólares, alguna con catorce cuartos de baño.
Desigualdad y extremismos van de la mano. Economistas y políticos hablan de “neofeudalización”, porque están viendo como caminamos hacia una sociedad estamental de naturaleza cuasi medieval: en la cúspide el grupo de milmillonarios (señor feudal), y en la base la gran masa de personas con ingresos estancados, cada vez más gravados por impuestos, y atónitos ante la progresiva pérdida de poder adquisitivo provocada por la inflación (siervos de la gleba).
Presionado por sus electores (Biden en EE.UU.), o movido por conseguir una mejor imagen en cuanto a distribución de la riqueza (Xi Jinping en China), los líderes mundiales están intentando limitar la concentración de riqueza sin estrangular la Economía con tipos impositivos especiales u otras medidas, pero a nadie se le escapa la dificultad de lograrlo, pues los múltiples mercados financieros y las incontables posibilidades de inversión que ofrece la Economía global lo hacen casi imposible.
Por poner sólo dos ejemplos, Peter Thief, fundador de Pay Pal, intentó crear una isla – estado propia en el Océano Pacífico para escapar a la, según él, excesiva y limitadora regulación estadounidense, y Sean Parker, fundador de Napster, montó su boda en un entrono natural protegido, con castillos en ruinas, recreando “El señor de los anillos”, con un coste de 3,4 millones de dólares, incluida la multa por daños al entorno.
El dumping fiscal (práctica de competencia desleal entre países mediante la cual un territorio ofrece beneficios fiscales mediante deducciones de impuestos o bonificaciones a personas y empresas) ha privado a los gobiernos de los medios necesarios para compensar a los perdedores de la globalización; hasta en China, donde hace veinte años no había ningún superrico y hoy son 1.133.
¿Gravar más a los ricos? ¿Redistribuir la riqueza? Este tipo de discusiones, cada vez más habituales en Occidente, a los megarricos árabes sólo les produce una sonrisa cansada. El problema es que la desigualdad genera tensiones que en algún momento acaban por liberarse.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





