Hace poco leí que el actor Dick Van Dyke, aquel que protagonizó la película “Mary Poppins”, y que tenía su propio show en los albores de la televisión en blanco y negro, había alcanzado los cien años, y que según él, una de las cosas, entre otras, que recomendaba a todo el mundo era dedicarse a lo que uno ama a partir de cierta edad.
Doy fe de que entrados ya en el último tercio de la vida, es fundamental mantenerse activo y emplear el ocio en algo que nos satisfaga, en mi caso el estudio de la Literatura, que llegadas estas fechas se funde con el sabor de la Navidad.
La Literatura, en su esencia más pura, es el arte de capturar lo inefable, no es simplemente una crónica de sucesos, sino un lienzo donde el alma humana proyecta sus miedos, esperanzas y tradiciones. Entre todas las temáticas que han permeado las letras universales, la Navidad se erige como un motivo recurrente que trasciende lo meramente religioso para convertirse en un fenómeno cultural y emocional. A través de los siglos, podemos observar cómo la pluma de los grandes autores ha moldeado nuestra percepción de estas fechas, elevando la festividad a la categoría de obra de arte.
Si nos centramos en España, ya en el siglo XII nos encontramos con una de las joyas fundacionales del teatro español: el Auto de los Reyes Magos, pieza breve de autor anónimo y con un valor artístico incalculable, donde se dota de humanidad a Melchor, Gaspar y Baltasar, quienes no son solo figuras iconográficas, sino personajes que dudan, observan las estrellas con rigor científico y debaten sobre la naturaleza de lo divino. La literatura toma el mito y lo humaniza, permitiendo que el lector se reconozca en la búsqueda de la verdad.
Al llegar el Renacimiento, la sensibilidad cambia. El humanismo impregna la visión de lo sagrado, buscando una belleza más equilibrada y una conexión íntima con la divinidad. Un ejemplo excelso se halla en la obra de Fray Luis de León, específicamente en sus poesías o en tratados como De los nombres de Cristo. En el capítulo dedicado al nombre de «Pimpollo», la prosa de Fray Luis se convierte en música. La Navidad aquí no es solo un evento histórico, sino una renovación de la naturaleza y del espíritu, donde el nacimiento de Jesús simboliza la armonía recobrada en un mundo caótico.
El Barroco, con su gusto por el contraste y la ornamentación, llevó la temática navideña a las plazas y los corrales de comedias. Lope de Vega capturó la esencia popular y culta de la Navidad en sus Rimas Sacras y en obras como El pastor lobo y cabaña celestial. La literatura se vuelve sensorial, se huele el romero, se siente el frío de la noche de Belén y se escucha el eco de los villancicos. Dios que nace en la pobreza, convierte el pesebre en un escenario de alta carga dramática y estética.
Del siglo XVIII destacamos una obra de teatro: «El nacer de Nuestro Señor» (o simplemente El Nacimiento) de Ramón de la Cruz, donde se describe la Navidad a través de los sainetes y la música, cómo vivían estas fechas las clases populares y la nobleza, los mercados de la Plaza Mayor de Madrid, donde ya en esa época se vendían pavos, turrones, mazapanes y figuras para el belén, costumbre traída a España por Carlos III desde Nápoles.
Es en el siglo XIX cuando la Navidad adquiere la forma narrativa que hoy nos resulta más familiar. Con Pérez Galdós, en su novela Misericordia, el espíritu de la caridad cristiana y las duras condiciones de la Navidad madrileña cobran una vida vibrante. Don Benito utiliza el realismo para denunciar la hipocresía social que a menudo rodea estas fiestas, demostrando que la Literatura tiene el poder de ser el espejo de las sombras de la sociedad, invitando a una reflexión ética que va más allá del adorno navideño.
Ya en el siglo XX, la Navidad se tiñe de una pátina de nostalgia y existencialismo. Juan Ramón Jiménez, en su conocida obra Platero y yo, dedica capítulos inolvidables a estas fechas. La prosa poética del autor onubense eleva lo cotidiano a la categoría de sagrado. La alegría de los niños en el pueblo, el fuego en la chimenea y la mirada tierna hacia los animales se describen con una precisión lírica que convierte el instante en eternidad. La Navidad es una herramienta de «salvación» que permite rescatar la pureza de la infancia frente al avance del tiempo.
A lo largo de estos siglos, la Literatura ha demostrado que es mucho más que un registro de costumbres o un recurso lúdico. Es un arte que permite que la Navidad no sea solo un día en el calendario, sino un estado del alma. Desde los versos anónimos del Medievo hasta la prosa depurada contemporánea, los escritores han tejido una red de significados que nos permiten comprender mejor nuestra propia humanidad. La Literatura nos enseña que, ya sea a través de la fe, la crítica social o la nostalgia, la palabra es un vehículo capaz de preservar la luz de una vela encendida hace siglos para que nunca se apague. Feliz Navidad.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





