En los últimos tiempos he discutido con algunos amigos acerca de la distinción que habría que hacer entre los conceptos de nacionalismo y de patriotismo. Según algunos de ellos, el patriotismo sería un sentimiento noble, de aprecio a la tierra de tus padres, que se reparte en círculos concéntricos que son perfectamente armoniosos. En nuestro caso sentimos afecto por Sevilla, también por Andalucía, por España, por Europa y, en última instancia, por la Humanidad, que es, en definitiva, nuestra verdadera patria. Existiría también un patriotismo un poco más localista, como el de aquellos que aman a su barrio, aunque este sea tan especial como es Triana. Y luego tenemos un patriotismo más o menos “de circunstancias”, que nos hace amar, por ejemplo, un paisaje concreto, o una ciudad en la que tuvimos alguna vivencia o el pueblo de tu consorte.
En cambio, todo nacionalismo sería malo, en la medida en que supone una exacerbación del patriotismo. El nacionalista sería un patriota cabreado, en pie de guerra contra “otras patrias” que, por razones reales o supuestas, son percibidas como un enemigo. El típico nacionalista francés sería aquel que mira con recelo el poderío de Alemania, temiendo que le vayan a volver a quitar Alsacia y Lorena; del mismo modo que un nacionalista alemán tiende, por naturaleza, a invadir Polonia. Porque el nacionalismo, según ciertas personas, tiene un notable componente de odio y enfrentamiento, y en sus manifestaciones extremas, de guerra. Y así, hay quien afirma que no debemos ser nacionalistas españoles, porque, para colmo, eso es un sentimiento franquista que lleva en sí el germen de la intolerancia.
Debo decir que esta distinción a mí no me convence demasiado. No entiendo porque hay que englobar todos los aspectos negativos en el concepto de “nacionalismo”, sin perjuicio de que reconozcamos que, efectivamente, a lo largo de la historia la idea ha causado muchos conflictos. Porque si lo pensamos en términos estrictos, la palabra “nacionalismo” deriva del término “nación”. El “nacionalista” recibe tal nombre porque considera que la “nación” es la sede de la soberanía y, por tanto, define de forma dogmática el sujeto político que tiene autoridad para determinarse. En este sentido, la Constitución Española actualmente vigente es “nacionalista”, al establecer en su artículo 2.2 que “la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”.
Y no es que la Constitución Española tenga resabios franquistas y por eso ha recaído en el “nacionalismo español”. Es que, en términos prácticos, todas las constituciones que hay y que ha habido en el mundo son nacionalistas, en la medida en que todas ellas tienden a definir claramente su ámbito de auto-organización, como mandan los cánones del Derecho Político. No existe, por tanto, una vía media entre los que se dicen “nacionalistas” vascos o catalanes, y los que nos consideramos “nacionalistas” españoles. Todos aquellos que le reconocen un supuesto derecho “democrático” a tal o cual territorio para hacer un referéndum, es un nacionalista de dicho territorio, por más que diga que no cree en los nacionalismos de ningún tipo, y por más que escude su propuesta bajo un democratismo exquisito.
Si alguien no percibe el riesgo real de balcanización que está padeciendo nuestra patria, España, es que padece una ceguera, voluntaria o involuntaria, notable. El golpe de estado en Cataluña ha sido frenado sólo por algunas contundentes pero precarias actuaciones judiciales, ante la pasividad y yo diría que la complicidad del Gobierno de la nación que se pretende liquidar. Y, lamentablemente, la opinión pública está más escandalizada por el currículum engordado artificialmente de algunos profesionales de la Política que por una secesión que sigue desbocada y que está enfrentando a la población civil de la región catalana.
Mientras todo ello ocurre, una fuerza política como Podemos, que oficialmente se define como no-nacionalista, está preocupada por una actividad aparentemente tan inocua como cambiar el nombre de las calles. ¿Quién puede preocuparse por ello? En Barcelona, le han cambiado la calle a un noble marino derrotado en una guerra quijotesca, el Almirante Cervera, para dársela a un cómico (que tenía la gracia donde las avispas) cuyo único mérito es haber insultado soez y públicamente a la patria española en la TV3. ¿Será todo casualidad?
Nacionalistas son todos los que toman partido en este conflicto abierto entre los que defienden la supervivencia de una nación milenaria y los que pretenden diseñar nuevos paisitos a su medida. Precisamente los que dicen que no son nacionalistas, son los más acérrimos, y habría que decir los más peligrosos, ya que van camuflados. Y ahora, consideren ustedes si la nación española tiene derecho o no a sentirse gravemente amenazada.





