Una de las mayores preocupaciones de muchos economistas cuando se les pregunta por las perspectivas de futuro, es el de la crisis demográfica. Ver como desde hace años el número de fallecidos supera al de nacimientos, nos lleva a prever un porvenir donde el porcentaje de personas de la tercera edad (léase de sexagenarios en adelante) va a representar una mayor parte del total de la población, y rápidamente se nos viene a la mente el elevado montante de las pensiones y la baja productividad que acompaña a esta situación.
Si echamos la vista atrás, vemos como están llegando a la jubilación los llamados boomers (venidos al mundo en el período del baby boom español, entre 1948 y 1975), y en ese tiempo hay un año que destaca: 1964, cuando nacieron en España 697.697 criaturas, más bebés que nunca. Los que vinieron al mundo aquel año, y que ahora acaban de cumplir los 60, pueden decir sin temor a equivocarse que son la generación que mejor ha vivido en la Historia de España, y a ellos quiero dedicarles estas letras.
Educados por unos padres que habían sufrido el rigor de la posguerra civil y al abrigo de unos abuelos que les decían que vivían como reyes, crecieron en la calle, aunque también veían la tele (La casa del reloj, Un globo, dos globos, tres globos…), una tele con solo dos cadenas en blanco y negro hasta 1975, que colocaba dos rombos cuando el programa no era para menores, y que terminaba a las doce de la noche con un sacerdote que decía unas palabras (El alma se serena) y el himno de España. No faltaba con quien jugar en la plazoleta o en los grandes patios que se formaban entre los bloques, como en Pío XII, Las Candelarias, el Tardón… Sin necesidad de móviles, tu madre daba una voz que te llegaba directa o indirectamente, a tiempo para que llegaras a la mesa a comer con el plato aún caliente. La merienda era un paréntesis en los juegos o en medio de las tareas, pero nadie se la saltaba.
Comían “cochinadas”, como Tigretón, Bony, Pantera rosa, viajaban apretados en el coche de papá, sin cinturón de seguridad en los autobuses escolares, sin más GPS que un mapa de carreteras y la amabilidad de aquellos a quienes se les preguntaba para que les indicara cómo se llegaba al destino. Bee Gees, Abba, Boney M o las canciones de Camilo Sesto y más tarde Mecano, sonaban en los cassettes reversibles que amenizaban los kilómetros. Las vacaciones de verano solían durar más que ahora, sobre todo cuando se pasaba a vivir en casa de un familiar, y se convivía con personas a las que sólo se veía en temporada estival, un año tras otro, y en ocasiones el padre hacía de Rodríguez (sólo en casa de lunes a sábado, porque hasta entrados los ochenta, el domingo era el único día de descanso al completo en algunas empresas y hasta había bares que no cerraban en todo el año).
Vivieron la muerte de Franco con once años y no eran muy conscientes de lo que ocurría, pero sí recuerdan mejor el golpe de Tejero, que les cogió aún en el instituto o colegio. Mirados con los ojos de hoy, el despertar al amor se ve como algo inocente: palpitaciones, bailes lentos con la distancia de seguridad de los brazos de las chicas, vueltas de estómago antes de declararse, primer paseo cogidos de la mano, primer beso, lágrimas en la almohada ante una ruptura no deseada, todo un ritual vivido con una intensidad que ahora muchos que empiezan la casa por el tejado, hablan de sexo líquido y poliamor, no entenderían.
Su época universitaria, tras superar el filtro del BUP (sobre todo el segundo año, donde muchos se atascaban) y la selectividad (nada que ver con la EVAU de ahora) transcurrió normalmente entre 1981 y 1986, con la entrada en la OTAN, la llegada de Felipe González al gobierno, el ingreso de España en el Mercado Común, los nuevos vientos que soplaban desde Roma (Juan Pablo II) y los aires liberales impulsados por Reagan en EE.UU. Y Thatcher (Reino Unido) con la música de fondo de Alaska, Loquillo y Los Secretos.
La entrada al mundo laboral les permitió formar una familia en un hogar antes de cumplir los treinta años, y disfrutar de una estabilidad en el trabajo con convenios colectivos que les reconocían un serie de derechos impensables décadas atrás, con unas posibilidades de promoción que les permitían proyectarse hacia más altas responsabilidades si aportaban el esfuerzo necesario.
Esta generación entre ahora en los sesenta años de edad, un momento en que se empieza a tomar conciencia de que lo que queda es menos de lo vivido, pero que da la posibilidad de disfrutar más intensamente de todas las experiencias con la serenidad y la perspectiva que dan los años. ¡Feliz aniversario!
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






3 Comments
Como tú muy bien dices «la generación que ha vivido la Historia de España». Ojalá nuestros hijos pudieran vivirla igual.
Enhorabuena, Alberto
perdón «la mejor Historia de España»
La sociedad no la hacen los políticos ni los “influencers” ni élites secretas. La hacemos y deshacemos los ciudadanos de a pie. La que vivimos, con natural rebeldía, en nuestra juventud fue obra de nuestros sufridos padres y abuelos. La de ahora es la que hemos hecho los sesentones y dejamos a los jóvenes, quienes, sin duda, la transformarán. Por eso, cuando valoramos esta sociedad, no nos referimos a nada ajeno, sino que estamos juzgando nuestras propias vidas y la huella que dejamos en el mundo.