Hay noticias que uno se resiste a escribir. Hay ausencias que no encuentran acomodo en las palabras. La marcha a “un jardín de nubes blancas / con nubes de terciopelo” (Lis de la Pica dixit) de Miguel Salado, tocaor jerezano de alma grande y corazón humilde, pertenece a esa dolorosa categoría de heridas que tardarán mucho en cerrarse. Y quizá por eso me niego a hablar de él en pasado. Porque Miguel no es un recuerdo. Miguel es una presencia.
La muerte, canalla y “desatenta”, ha querido irrumpir demasiado pronto allí donde aún quedan tantos caminos por recorrer, tantos escenarios que conquistar, tantas cuerdas por hacer vibrar. Cuesta aceptar que alguien tan joven, con tanto talento y tanto arte por ofrecer, haya sido llamado al silencio. Pero el flamenco sabe algo que la muerte ignora: quien deja verdad en cada compás nunca desaparece del todo.
Miguel Salado representa la mejor escuela de Jerez. En sus manos habita —repito: me niego en hablar en pasado— el eco de generaciones enteras, la sabiduría heredada de una tierra donde el compás se aprende casi antes que las palabras. Su toque, elegante y profundo, acompaña sin imponerse, sostiene sin reclamar protagonismo y emociona desde la sinceridad. Es músico de calidad, pero sobre todo es buena gente. Humilde, cercano, generoso y respetado por quienes tuvieron la fortuna de compartir con él escenario, ensayo o conversación.
Por eso resulta imposible asumir esta pérdida desde la fría lógica de una despedida. Miguel sigue vivo en cada falseta que deja sembrada en la memoria de los aficionados. Sigue vivo en su casa, entre los suyos, en los rincones donde aún resuenan su risa y su bondad. Sigue vivo en los escenarios que seguirá pisando —sí seguirá porque aún está con nosotros— con dignidad y arte. Sigue vivo en Jerez, porque Jerez también suena a él.
No, Miguel Salado no pertenece al pasado. Pertenece al presente de quienes lo queremos, al compás eterno de su tierra y a la memoria agradecida del flamenco. Aquí sigue, para siempre, tocando. Siempre en presente.





