Que quien convoca y organiza unas elecciones mencione la posibilidad de un pucherazo, y no para negarla sino para atribuirle a la oposición las posibles protestas que se registrarían llegado el caso, es el colmo del sanchismo irredento, imbuido ya de una glorificación que ni le corresponde ni se creen en su mismo partido, salvo para aplaudir ocasionalmente al mamarracho que les tiene que renovar un lugar en las listas o se quedarán a la intemperie.
La aplaudidera como norcoreana que recibió el susodicho el otro día en una sala del Senado, lugar institucional impropio para un acto de campaña ni para un análisis partidario de lo sucedido, recordó demasiado a una reunión de la Komintern o del Partido Comunista Cubano, a una de cuyas reuniones asistí hace años y comprobé que tenían la decencia de celebrarla no en una sala del Capitolio, sino en el Palacio de Convenciones de La Habana, mismo lugar donde se reúnen los agentes turísticos y otro operadores profesionales.
A este PSOE, no sólo a Sánchez, se le confunden ya continuamente en la meninge el Falcon del Estado con el vehículo de Begoña para ir a comprar la fruta al Mercadona de Juan Roig, el presupuesto de Hacienda con las maletas de Delcy, la tesis doctoral plagiada con el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz, la eliminación de los delitos golpistas con sus fantasías, la rebaja en las penas de los suyos por malversación con el interés general, la excarcelación de violadores y terroristas con la Guerra Civil del 36… y, lo que es más grave, sus pactos con EH Bildu y ERC con la gobernabilidad de una España constitucional que en su artículo 2 proclama la indisoluble unidad de la Nación española.
Suponen algunos que en las tripas del partido algunos ‘barones’ habían empezado a movilizarse desde la misma noche del estrepitoso fracaso electoral para destituir y colocar en una pica la cabeza del líder que intentó perpetrar un pucherazo y que fue expulsado por ello de la secretaría general. Con semejantes antecedentes, no es ninguna broma que al subconsciente de «Mr. Pucherazo» le aflore la posibilidad de un fraude, como cuando el asesino siente la pulsión irresistible de regresar al lugar del crimen.
Su ridículo silogismo culpable empantana cualquier otra alternativa, porque viene a ser como si después de atracar un banco hubiese pronunciado: «Oiréis a mucha gente protestar por haber atracado un banco, pero los fachas ya protestaron cuando nos llevamos las reservas de oro del Banco de España y todos los depósitos de la Caja General de Reparaciones, además de los tesoros artísticos que afanamos en el yate Vita y los camiones cargados de joyas que nos llevamos al castillo de Figueras»… O sea, una confesión de parte en toda regla que nos tendría que alarmar a todos, pero también a las autoridades de la UE.
Las permanentes añagazas y modificaciones introducidas en la LOREG, sobre todo en cuanto al voto por correo (esto sí, con la anuencia de todos los grupos parlamentarios), constituyen un aviso por activa y por pasiva de lo que este caudillo de tres al cuarto está dispuesto a hacer apoyándose en el sectarismo guerracivilista de una parte del electorado español que atiende más a su previa autodefinición emocional de izquierdas o de derechas que a la razón pura.
Fue exactamente así, trufada de prejuicios jurásicos de buena parte de su ciudadanos y de un odio visceral y un ánimo de venganza irresistibles, disfrazados de «justicia social» y alentado por demagogos, como la II República se hundió en un fango de violencias verbales y físicas que arrastró a las izquierdas a presentarse en febrero de 1936 con la fórmula inconcebible y antidemocrática del «Frente Popular», donde, además, asestaron un pucherazo para hacerse con el poder antes de despeñarse en un carnaval de asesinatos y persecuciones que condujo a la debacle de todo el país. Y de todos modos, no se olvide, con una derrota electoral en unas municipales perfectamente asimilable a la obtenida el pasado 28 de mayo, las izquierdas lograron la farsa de proclamación de una república y la expulsión del Rey Alfonso XIII.
Están en ello, no me cabe duda, porque pueden, porque quieren y porque además lo necesitan, arrastrados por la contumaz indecencia de un tipo que ha asaltado todos los resquicios del Estado y ha condicionado la economía de los españoles para los próximos dos siglos sólo por haberse visto superado por los acontecimientos y, sobre todo, por mantenerse a flote él mismo.
No es resiliencia, sino un empecinamiento intolerable que nos hipoteca a todos y que es capaz de entregar el Código Penal en manos de terroristas, de malversadores, de criminales sexuales o de asaltantes ilegales a la vez que hace dejación y entrega de la soberanía al sátrapa de Marruecos, como si los legionarios romanos se repartieran la túnica de Cristo y sus haberes a los dados.
Mejor que pase a la Historia sólo como el gran despilfarrador y el nefasto demagogo que tiene acreditado ser a que acabe situado en un rincón con la etiqueta de quien quiso perpetuarse y alterar el curso de la democracia haciendo uso de todas las trampas propias de un enorme delincuente, sin importarle una mierda que los españoles acabemos divididos en un estado de crispación nauseabunda insoportable.
He dicho.





