Se cumplen 29 años del punto de inflexión de la barbarie sufrida en España a lo largo de más de 50 años. No, no les hablo del sempiterno comodín de Franco, ese que todos conocen, ese que la izquierda se ha encargado de grabar a fuego en la memoria de aquellos que ni tan siquiera recibieron el perfume del ocaso del dictador.
Les hablo del terror sembrado por la banda terrorista ETA (Euskadi Ta Askatasuna, es decir, Euskadi y Libertad), no, no es ironía; ETA, esa que inició la sangría con el joven guardia civil gallego José Pardines en el año 1968; esa que llevó a cabo 3500 atentados; esa que asesinó a 853 personas, entre ellas a 22 niños; esa que dejó 2632 heridos y más de 7000 víctimas; esa que secuestró a 86 personas, amenazó y extorsionó a no se sabe cuántos; esa cuyo último atentado en el año 2009 asesinó con una bomba lapa a los guardias civiles Carlos Sáenz de Tejada y Diego Salva; esa que un 10 de julio de hace 29 años puso en jaque y de rodillas a todo un país; esa que cumplió lo prometido, una vez más, y asesinó al joven concejal del PP Miguel Ángel Blanco.
Durante 48 horas se vivió en directo la agonía de la espera de una ejecución anunciada, la impotencia de la incertidumbre, la angustia de la certidumbre que palpitaba en nuestras cabezas aseverando que aquel joven estaba sentenciado a muerte. ETA lo había dicho, suficiente para saber que lo cumpliría. Aun así, el pueblo se aferró a la esperanza hasta que una imagen reprodujo el eco de los dos disparos que segaron la vida de una persona cuyo único delito era no ser como ellos.
Aquellas 48 horas, España se echó a la calle pidiendo el fin de la banda armada y la liberación de Miguel Ángel, en una movilización sin precedentes que dio lugar a lo que se conoce como “espíritu de Ermua».
Después de aquello, dicen, fue el fin de ETA e incluso afirman que España y la democracia ganaron. Que su muerte sirvió para algo. Mentira. El gobierno negoció con ellos, mercadeó con la memoria de las víctimas (muchas de ellas compañeros de partido), blanqueó a los asesinos llamándoles hombres de paz, cambiándoles el poder de las armas por el poder de las instituciones. Lo hizo el PSOE con el presidente que es la joya de la corona (a buen entendedor pocas palabras bastan) y lo hizo también el PP, cuya mayoría absoluta se resume en un bolso en un escaño. Que no venga ninguno ahora a rasgarse las vestiduras, los dos grandes partidos han olvidado a las víctimas y han permitido que se pisotee su memoria.
Miren, seis de cada diez jóvenes españoles no saben quién fue Miguel Ángel Blanco, no saben que sus mejillas estaban quemadas de llorar, no saben que un primer disparó lo hizo caer de rodillas y un segundo disparo lo mató, no saben que su familia tuvo que trasladar sus restos del cementerio de Ermua porque profanaban su tumba continuamente.
Una parte muy importante los jóvenes no tienen ni puñetera idea de qué era ETA o lo que hizo, pero sí conocen muy bien lo sucedido en la guerra civil (de una parte, claro) y hasta la marca de ropa interior del dictador.
Es lo que tiene la memoria democrática, una memoria que determina que debes olvidar lo que ocurrió hace veintinueve años pero no lo que ocurrió hace noventa; una memoria selectiva que instruye a los jóvenes para que tengan grabado a fuego que los malos sólo fueron unos(aquellos que pertenecían al bando republicano, que eran demócratas, no como los que han quedado marcados de por vida por las garras de la banda terrorista, que son todos fascistas); una memoria focalizada en eliminar todo lo que pueda hacer que los jóvenes tengan libertad de pensamiento y no acepten que los dirijan aquellos que tienen sus manos manchadas de sangre, como cómplices, por permitir que quienes asesinaban, extorsionaban o secuestraban estén en las instituciones con derecho a voz y a voto, ese que ya no tienen las víctimas, para asegurarse gobernar.
El espíritu de Ermua se diluye en el tiempo mientras el brazo político de los herederos de los asesinos no sólo ocupa las instituciones, sino que vuelven a arrodillar y a doblegar el brazo, día tras día, de todo un país.
No permitamos que borren de nuestra memoria lo que hará que recordemos y sepamos quien es quien en toda esta historia. Luchemos porque nuestros jóvenes la conozcan, evitando el sesgo, la manipulación y la interpretación partidista e interesada de la misma. Hagamos que entiendan que en la partida de la democracia no puede haber jugadores que no cumplan las reglas. Ilustremos de manera meridiana, explicando, no sólo los hechos, sino el contexto, la trama, las relaciones y las consecuencias de las acciones perpetradas por la banda terrorista.
Porque es evidente que ETA sigue viva disfrazada de demócrata, blanqueada por personas cuya catadura moral es inexistente, que está dentro de las instituciones gracias a políticos miserables y que con sus votos disparan arrodillando nuestro sistema día tras día, puesto que gobiernan, aunque sea en la sombra, esperando el momento de dar el tiro de gracia.
Malditos todos y cada uno de los asesinos, malditos todos y cada uno de aquellos que los defienden y malditos todos y cada uno de los políticos que, con su blanqueo, su nivel democrático, su capacidad para el diálogo y su hedionda integridad, honestidad y honradez, han pisoteado los muertos, los heridos y las familias de todas y cada una de las víctimas.
No permitamos que el olvido borre la realidad de la historia, porque es nuestro deber mantener esa realidad viva, porque el que nada recuerda nada es.
Memoria, dignidad, justicia, honor y gloria para Miguel Ángel y para todas y cada una de las víctimas de los asesinos, sus herederos y sus cómplices.
Fin de una era. Fin de un país.
…¿Ven?, siempre hay algo que decir.





