Hace muchos decenios que desapareció de la educación el moralismo severo y punitivo; tantos, que aun los no jóvenes no lo hemos conocido sino a través de la ridiculización y parodia del mismo, y si acaso, mediante películas o novelas antiguas. La era del “aprender divirtiéndose, con mucho diálogo”, etc, cumple ya una cantidad abrumadora de años. El viejo moralismo no lo hemos vivido pues en directo, pero nos llega en forma de parodia o de crítica (¡cuán fácil es criticar los errores de tiempos pretéritos!). Así, acaso hemos oído hablar, con sorna, de la vieja pedagogía según la cual si un niño se dejaba sin terminar el plato de lentejas, pues no sólo se quedaba sin postre, sino que le volvían a poner el mismo plato de las lentejas ya frías a la hora de la cena e incluso, si persistía en la rebelde inapetencia, de nuevo el mismo plato, ya gélido, en el desayuno del día siguiente…
Pues bien: ese moralismo punitivo que nunca hemos vivido (y que vaya usted a saber si realmente existió, tal como nos lo narran esos críticos fáciles con las espaldas tan cubiertas), pues diríase que reaparece ahora, no por cierto en el ámbito educativo, pero sí en muchísimos campos. Por ejemplo, en los semáforos de Sevilla.
Incluso en calles tranquilas, por las que durante muchos ratos no circula ni un vehículo, la tardanza de los semáforos de Sevilla es un fenómeno que no podemos calificar sino de abyecto. Por lo evitable, por lo absurdo, es todo un símbolo casi del sadismo en el poder. No cabe sino tomarlo (¿qué otro remedio queda?) como puro ejercicio de paciencia, y hasta de penitencia personal. Pero no es de recibo que un Ayuntamiento imponga esas penitencias a la fuerza.
Un ejemplo entre miles y miles es la Ronda de Triana, especialmente en su último tramo, pasado el cruce con la calle San Vicente de Paúl. En festivos, durante el verano, y en muchísimos ratos de los días laborables, no pasa ni un vehículo. No obstante, el peatón debe esperar una serie de interminables minutos, en verano a pleno sol, mirando la calzada vacía antes de cruzar. Aquí vemos la reaparición de ese sistema punitivo de didactismo trasnochado que creíamos de tiempos remotos. Se ve el fantasma de la posible multa o la amenaza de atropello pendiente sobre las cabezas (el miedo por el miedo, no hay otro motivo para esperar. Eso ya no es ni civismo, pues no se trata de cumplir normas que favorezcan la convivencia, sino cumplirlas porque hay que cumplirlas, porque te castigarán si no. Se perciben aquí ecos de la señorita Rottenmeier en el mejor de los casos, y en el peor, de la cínica crueldad de los campos de concentración).
Evidentemente hay abusos de poder mucho más crueles y más injustos. Pero este resulta especialmente repulsivo por lo que tiene de gratuito, de innecesario. Un funesto día, alguien decidió algo tan simple como triplicar el tiempo de espera de los semáforos (algo que, como suena inocuo, no conlleva elementos de polémica o de malversaciones, pues no despierta ni un comentario). Así por las buenas, sin comprobar si eso aumentaba la seguridad o era “sólo” robar tiempo de vida a los ciudadanos a los que ya se les esquilma en lo económico (y también en tiempo, energía y salud entregada a lo económico. Pero esto ya es robo directo de tiempo de vida sin más).
Aquí hablamos de un daño gigantesco a miles de personas, que se eliminaría en medio minuto y sin gasto alguno. Y ni se hace ni nadie lo pide. La descomunal desidia por un lado, y el terrible conformismo por el otro (es tremendo esto de ir comprobando, desde 2020 a pasos agigantados, cómo crece una especie de amor a la esclavitud) le confieren a este hecho- los semáforos tardando el triple o el cuádruple de lo necesario- un elemento repulsivo mucho más grave que el tiempo perdido en sí. Si ese mismo tiempo se va, digamos, en un atasco convencional, pues son gajes de la vida misma. No tiene por qué herir el alma.
En esta época de incesante movilidad, basta el desplazarse a cualquier gran capital europea para verificar el despropósito del semáforo sevillano. He aquí el corazón mismo de Varsovia, un cruce de incontables carriles, abarrotados de coches, autobuses, furgonetas, taxis, diferentes tranvías… con paso subterráneo para peatones, en medio de un tráfico incesante a todas horas… Pues bien: un turista que, cansado de pasajes subterráneos un día decide atravesarlo a pie de calle, dando por hecho que esperará interminables semáforos, se encuentra con que el tiempo de espera en ese macro cruce es menos de la mitad del habitual en cualquier desierta calle de barrio sevillano (vg, Ronda de Triana). Por intenso que sea el tráfico en un cruce, tampoco es prudente eternizar el tiempo de espera; se pierde agilidad, fluidez, puede ser hasta peligroso, el casi adormecimiento de los conductores una vez perdido el ritmo. Baja el sentido de alerta. (Y si ya hablamos de una callecita tranquila, esos semáforos sólo pueden explicarse por sadismo).
No es que sea necesario desplazarse tan lejos. En el mismo Madrid, al ver los abarrotados cruces de la Castellana con sus perpendiculares, esas calzadas con múltiples carriles, todos llenos, el sevillano se arma de paciencia para cruzar, y ¡no es necesaria! Es mucho más rápido, más ágil. Siempre hay que huir del paleto deslumbrarse ante cualquier otra urbe pensando que es “mejor” que la nuestra (tan paleto como el concepto opuesto, de “somos los mejor del mundo”). Pero esta es una pura comparación pragmática y necesaria: si en lugares de muchísimo mayor tráfico, los semáforos tardan mucho menos, evidentemente en Sevilla padecemos una patología – tanto más sangrante cuanto que es facilísima de corregir pero nadie lo intenta.
Pero volvamos al principio, cuando hablábamos de una especie de moralismo trasnochado. ¿Por qué triplicaron este tiempo de espera innecesaria? Cabe una hipótesis. En noticias antiguas, salta un atropello que tuvo lugar justo aquí (en el cruce de esta Ronda con la calle San Vicente de Paúl), tal vez debido a la imprudencia de un peatón, que lo pagó bien caro. Cabe imaginar una reacción de “las Autoridades” en la línea de aquella pedagogía punitiva de otrora: “¿Ah, sí? ¿Conque no se respetó el semáforo? Pues ahora vais a esperarlo el triple del tiempo. Para que aprendáis”.
Y así vivimos. El Ayuntamiento nos ha impuesto un castigo colectivo a perpetuidad, “para que nos enteremos”. Sin importarle la brutal pérdida de calidad de vida, la desaparición de un ritmo adecuado en la vida diaria, la ruptura de toda armonía, el desgaste mental, y por ende la peligrosidad que implica, al adormecer el sentido de alerta.
Moralismo trasnochado, semáforos de Sevilla.





