Los dólmenes de Antequera han entrado ya en el circuito turístico convencional (en fin, “¿qué no ha entrado ahí?” sería una pregunta más difícil).
Como en el caso de otros restos prehistóricos, ahora se organizan visitas muy especialmente durante los solsticios, y sobre todo en el solsticio de verano. Se admira la precisión del conocimiento de la astronomía de los pueblos primitivos. “¿Pero cómo podían saber tanto?”, suele oírse decir a tantas personas fascinadas y casi incrédulas.
En realidad no es tan sorprendente, aunque admirable y hermoso sí, el que durante tantos miles de años antes de nuestra era, el sol, la luna y las estrellas, y sobre todo las estrellas (“lumbres que enciende triste y tenebrosa/ a las exequias del difunto día/huérfana de su luz, la noche fría…” decía Quevedo), que la bóveda celeste fuera patrimonio de todos, que todos la conocieran perfectamente. No hacía falta un programa de enseñanza. El cielo estaba ahí, hasta sin intención de mirarlo saltaba a la vista. El más rudo de la tribu entendía más de estrellas que el más erudito de nuestros días; incluyendo al aficionado a la astronomía, incluyendo al astrónomo. Pues no es lo mismo la afición ni aun la profesión que la pura esencia de la vida. Ni es lo mismo observar a través de telescopios que mirar directamente al cielo, o aun sin mirar, sentirse contemplado por las estrellas.
¡Cuán grandioso era el horizonte mental de cualquier persona, literalmente de cualquiera! Aun antes del cristianismo, aun antes de las civilizaciones y de aparecer la palabra escrita. Ahí estaba el cielo, las constelaciones – tenían que sabérselas a la fuerza… Esas noches mirando al cielo llenarían de grandeza una vida rudimentaria y durísima.
Hoy a efectos prácticos se nos ha tapado la bóveda celeste.
Claro que en cambio tendríamos muchas cosas – todas las manifestaciones de la civilización que, derribadas las fronteras, se ofrecen ante nuestros ojos, pero, ¿las aprovechamos? Porque desde que no las vivimos sino para fotografiarlas, a poco que nos detengamos un momento y examinemos nuestras mentes, vemos que ahí se ha producido un achicamiento angustioso.
No nos extasiamos ante nada para hacernos partícipe, para dejarnos impregnar de belleza, o de solemnidad, o incluso, dado el caso, de devoción. No hacemos eso. Aunque ahora se ha popularizado la expresión referida a “pertenecer a algo más grande que uno mismo” (se ha popularizado como “frase bonita” justo cuando menos se lleva a la práctica), pues precisamente ahora, sí, es cuando menos se lleva a cabo ese proceso. No bien se nos presenta algo grande, hermoso, con significado, algo que requeriría contemplación, silencio, unos minutos cuanto menos de dejarse impregnar… pues justo entonces, sin vacilar un segundo, nos precipitamos a achicar lo grande, a reducirlo a un cuadrito diminuto, a una casilla de mini pantallita móvil.
“Encasillar” a una persona era sinónimo de insulto, de algo injusto y desagradable, de maltratar a alguien.
Ahora nuestra vida toda consiste en encasillar; todo cuanto se nos presenta a la vista de hermoso o de sublime, procedemos a achicarlo, disminuirlo, minimizarlo; con el disparo de la foto reducimos lo grande a lo ínfimo, lo convertimos en minúscula viñeta para entretener banalmente al prójimo durante una décima de segundo. Y no lo vivimos.
No diremos “nunca en la Historia se ha visto iniquidad mayor”. Pero sí, y eso con seguridad, que nunca se ha dado un mayor derroche y despilfarro. Tanta belleza, tanta grandeza, tantas fuentes de posible emoción, totalmente desperdiciadas y reducidas a una cuadrícula. De encasillar se trata.
En su barbarie, en su rudeza, en su analfabetismo, el hombre de los dólmenes era más elevado. Sabía mirar el cielo sin pretender achicarlo.
¿Hay que irse a la época de los dólmenes…? En realidad bastaría con retroceder cien años. Entonces una ceremonia era una ceremonia, una procesión era una procesión, un chaparrón idem de idem… la naturaleza, la civilización, todo se ofrecía ante los ojos y los corazones de personas que iban a captarlo y no a convertirlo en casilla de pantalla. Y a esa época, si se desea, es posible volver.





