¿Se han parado alguna vez a pensar en algún momento la cantidad de cosas que guardamos en casa y que no nos sirven ya, o de las que ni siquiera recordamos su existencia? Acumulamos libros que no leeremos, ropa que sólo nos pondremos en contadas ocasiones, si es que llegan, zapatos que duermen en sus cajas el sueño de los justos, y no hablemos de vídeos de los que no contamos ya con reproductor o DVDs de colecciones que no veremos.
Recientemente le oí decir a una joven a su madre: “Mamá, por Dios, no nos vayas a dejar a nosotros la herencia que te ha dejado a ti la abuela de vaciar sus casa de chismes y recuerdos. Tíralos tú antes o regálalos, pero mis hermanos y yo no estamos dispuestos a emplear el tiempo que tú le has dedicado a deshacerte de todo lo que haya en tu casa.”
En estas consideraciones me encontraba cuando leí hace poco cómo los móviles, los cargadores y otras reliquias inservibles podían ser claves para la transición energética, pues en los cajones de muchas casas se encuentra un tesoro mineral cuyo reciclado puede ser el futuro.
En efecto, una tonelada de smartphones contiene 235 gramos de oro y un kilo de plata, muchísimo más de lo que hay en cualquier yacimiento, donde por cada tonelada de mineral apenas se extraen dos gramos de oro y cien de plata, y eso sin contar con las baterías, de las que se pueden reaprovechar 240 kilos de cobalto, 70 kilos de cobre y 15 de litio.
Seguro que muchos de ustedes tienen guardados viejos teléfonos móviles, desde Nokia a Blackberry, sin contar consolas, cargadores, cables, tabletas, reproductores de música, ordenadores antiguos e impresoras inoperantes. Pues bien, si tenemos en cuenta que este material inservible se halla por todo el planeta, entenderemos el por qué de la expresión minería urbana, que consiste en extraer metales y minerales del vertedero y no de la naturaleza. Cuando los recursos naturales se agotan y las inquietudes medioambientales crecen, el reciclaje de residuos electrónicos gana relevancia. Convertirlos en materias primas fomenta la economía circular y apoya la sostenibilidad. Pues bien, la minería urbana necesita 17 veces menos energía para recuperar estos metales que si hay que arrancarlos del subsuelo.
La idea, concebida por un japonés llamado Hideo Nanjyo en los ochenta, traspasó fronteras en los Juegos Olímpicos de Tokio (2021), cuando el mundo supo que las cinco mil medallas que se repartieron estaban hechas con 32 kilos de oro, 3.500 de plata y 2.200 de bronce recuperados de seis millones de móviles y 79.000 toneladas de dispositivos electrónicos donados. El mundo descarta cincuenta millones de toneladas de desechos electrónicos cada año, que contienen (al peso) metal suficiente para la construcción de 6.000 torres Eiffel.
Otro dato esclarecedor: sólo el cobalto que contienen los teléfonos móviles que han desechado los ciudadanos de la Unión Europea en los últimos veinte años, serviría para fabricar las baterías de diez millones de vehículos eléctricos.
Al fondo, lo que subyace a esta filosofía del aprovechamiento es una idea de supervivencia de nuestro modo de vida para frenar el expolio de la Tierra. En efecto, si todo el mundo consumiera al ritmo de Europa, harían falta los minerales de tres planetas como el nuestro para atender esa demanda. El ritmo es tan desenfrenado en la actualidad, que de los 118 elementos de la tabla periódica, se considera que nueve están en riesgo de extinción en este siglo, entre ellos el zinc, el arsénico y la plata.
Otro factor que apoya el auge de esta corriente de aprovechamiento, tiene carácter geopolítico: muchos de estos minerales estratégicos los controla China. En el caso de las tierras raras, Europa cuenta con 76 depósitos naturales, pero no explota ninguno, pues harían falta al menos diez años para formar a los trabajadores, desarrollar aplicaciones y extraer el mineral.
Estamos, qué duda cabe, ante un cambio de paradigma. Como bien señalan los responsables de la Federación Española de la Recuperación y el Reciclaje (FER), la minería urbana es un concepto que describe muy gráficamente ese proceso de recuperación, y nos lleva a mutar la concepción de que un basurero es un lugar donde va a parar lo que ya no sirve, a ser un lugar concebido como una mina llena de posibilidades. Ya no son residuos, sino materias primas secundarias.
Desde 2014, el reciclaje ha crecido, pero la generación total de desechos electrónicos ha aumentados. La conclusión es obvia: la capacidad recicladora no ha podido mantenerle el pulso al aluvión de desechos. Seamos, pues, conscientes si es que aún no lo somos, de que la forma en la que producimos, consumimos y desechamos es insostenible, pero podemos aliviar la situación aprovechando lo que desechamos hace tiempo.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






1 Comment
Genial, Alberto. El despertar de nuestras conciencias recicladoras y ecológicas es imprescindible para sostener nuestra forma de vida y la del planeta.
Muchas gracias por este artículo. Y enhorabuena por tu planteamiento..