Entre todos los géneros literarios y cinematográficos, hay uno que siempre me ha llamado la atención, quizás porque era de los favoritos de mi padre, y ya saben, los gustos del progenitor inducen a seguir la misma senda casi de modo inconsciente. Se trata del género de terror, de ese que nos produce miedo, pero miedo de verdad, esa emoción fundamental que sentimos y que conlleva una perturbación angustiosa del ánimo, causada por un riesgo o daño real o imaginario, creando en nosotros una sensación de inquietud y malestar. Novelas como “Historias extraordinarias” de Edgard Allan Poe y “Drácula” de Bran Stoker, películas como “Psicosis”, “El resplandor” o “El exorcista”, series de Televisión como “Historias para no dormir” de nuestro añorado Narciso (Chicho) Ibáñez Serrador, nos transportan a muchos a momentos inolvidables en la literatura y en el cine.
Más adelante comencé a leer distopías, representaciones ficticias de una sociedad futura con tintes negativos: “1984”, de George Orwell, “Un mundo feliz” de Aldous Huxley o “Los juegos del hambre” de Suzanne Collins, sin embargo, con el paso de los años, he podido apreciar cómo la realidad supera en muchos casos la ficción y cómo el miedo es un negocio muy rentable, sobre todo para los gobernantes.
Si nos remontamos al siglo XVII, ya Thomas Hobbes nos enseñó que no hay mejor herramienta para hacerse obedecer que el miedo, de ahí que denominase al Estado con el nombre de ese monstruo bíblico, el Leviatán, que asustaba por igual a pillos y probos: basta con la sombra de la espada para que el pueblo marche en fila.
Nada pastorea mejor la recua como la medrosía, esa forma un poco mórbida de estar en el mundo, que no es sobresalto, sino alarma cronificada (mapas del tiempo pintados de rojo intenso en verano o trenes de borrasca en primavera, invitaciones a hacerse con un kit de supervivencia, encuestas a preocupadas amas de casa por las incesantes subidas de precios, …)
La misma Pedagogía reconoce la importancia del miedo como una emoción que puede afectar al aprendizaje y al desarrollo de los estudiantes (La letra con sangre entra), pero también como una herramienta que puede ser utilizada para fomentar la reflexión y el crecimiento personal. La iglesia católica durante siglos esculpía el juicio final en el frontispicio de las catedrales, y la mención del demonio y el infierno era un tema recurrente en la pintura, que además eran mencionados en muchas homilías.
La tragedia contemporánea exige banda sonora continua, y de un tiempo a esta parte, los noticiarios de cualquier cadena se han convertido en películas de desastres que nos encogen el corazón y hasta nos impiden comer con naturalidad: pandemias, guerras, sequías, danas, meteoritos, crash bursátil, pateras desembarcando en nuestras playas, narcolanchas que cruzan a toda velocidad por los puentes de Sevilla, violadores sueltos, mujeres asesinadas, tambores de guerra, apagones como no se recuerdan, y hasta cocodrilos en el Pisuerga.
Precisamente me encontraba con un matrimonio amigo de Valladolid enseñándoles las maravillas de la catedral de Sevilla el pasado lunes 28 de abril, día que pasará a la Historia como el del gran apagón y que todos recordaremos cuando nos pregunten dónde te cogió a ti a las 12h 30m, cuando pensamos que se trataba de algún corte de luz relacionado con las obras que allí se realizan, pero que nos indujo a pensar que nos encontrábamos ante un ciberataque cuando perdimos la conexión con internet y escuchamos que afectaba a toda España.
El miedo es un yugo que unce pero no une. El “cinturón de hierro” del terror, en expresión de Arendt, nos aprieta a unos contra otros hasta que la acción libre desaparece, y en un fortaleza sitiada -reza el dictum ignaciano- toda disidencia es traición. No se piensa con miedo, y los gobernantes lo saben.
Fue Ernst Jünger quien dijo que la salud está en quien ha vencido el miedo: el poder y la fortaleza se encuentran en aquellos que han superado sus temores y logran fortalecer la salud mental y física al permitir afrontar situaciones difíciles y reducir el estrés crónico, que puede debilitar el sistema inmunológico.
Por fortuna, en toda tragedia hay un hueco para el humor, y Sevilla es la ciudad de la guasa. ¡Qué obra de arte fue aquella portada de la revista La Codorniz en la que un político gritaba en un mitin “¿Qué queréis: el caos o nosotros?”, y el auditorio gritaba “El caos, el caos”. No dejemos que el miedo nos paralice. La frase “No tengáis miedo” es la más repetida por Jesús en los Evangelios, y como bien afirmó Franklin Delano Roosevelt en su toma de posesión como presidente de los Estados Unidos en 1933, y luego hizo suya nuestro presidente del gobierno Adolfo Suárez en las elecciones de 1977, sólo hay que tener miedo al miedo mismo.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






2 Comments
Muy cierta la opinión de Alberto Tobaja: «Hombre con miedo es medio hombre», lo que en «Política» fatalmente conduce al caos.
Un cordial saludo al autor.
Gracias amigo Alberto por dejarme entrar en ese pozo sin fondo de tu basta cultura.
Solo quiero decir que de pequeño tenía mucho miedo de morir en pecado. Eso no era bueno para un niño que vivió allá por los años sesenta. Ahora se que Dios solo nos juzgará por el amor que demos; porque gratis lo hemos recibido de Él.