Hay algo que empieza a convertirse en costumbre en la política española y es que cada vez que la sociedad civil se moviliza contra Pedro Sánchez y contra la deriva institucional del Gobierno, el Partido Popular duda, se esconde o directamente hace el vacío. Ha vuelto a ocurrir. Y ya no sorprende a nadie.
Este fin de semana, miles de españoles volvieron a salir a las calles de Madrid en una protesta convocada por plataformas civiles contra el Gobierno de Pedro Sánchez. La concentración, celebrada en la Plaza de Colón y alentada por voces de la sociedad civil, empresarios y comunicadores críticos, reunió a decenas de miles de personas según los organizadores. Entre los asistentes estuvieron dirigentes de VOX y representantes de distintos colectivos ciudadanos, mientras que el Partido Popular volvió a mantener una posición ambigua y distante hasta última hora que ha concluido con el vacío de sus dirigentes.
Pero este comportamiento no es un hecho aislado. En los últimos años, España ha vivido algunas de las mayores movilizaciones políticas recientes contra un Gobierno nacional. El 24 de septiembre de 2023, Alberto Núñez Feijóo convocó en Madrid un gran acto contra la amnistía y los pactos de Sánchez con el independentismo. El 12 de noviembre de 2023, decenas de miles de ciudadanos volvieron a manifestarse en toda España contra la ley de amnistía impulsada por el PSOE. Entre noviembre de 2023 y enero de 2024, las protestas frente a la sede socialista de Ferraz se mantuvieron durante semanas consecutivas, convirtiéndose en símbolo del rechazo social a las cesiones del Gobierno. En Málaga, Sevilla, Valencia, Zaragoza o Barcelona se han repetido en estos meses concentraciones masivas impulsadas por asociaciones civiles y colectivos constitucionalistas. En ellas, tanto Feijóo como Juanma Moreno participaron activamente, utilizando las protestas como herramienta de oposición institucional.
Sin embargo, hay una diferencia fundamental entre las protestas organizadas directamente por el PP y aquellas nacidas desde la sociedad civil o desde entornos próximos a VOX. Es precisamente ahí donde aparecen las tensiones que el Partido Popular trata de ocultar.
En varias movilizaciones recientes —especialmente las organizadas por plataformas ciudadanas críticas con Sánchez— algunos organizadores han reprochado al PP una implicación tibia, tardía o puramente oportunista. El caso más evidente fue la denominada “Marcha por la Dignidad” celebrada este pasado 23 de mayo.
En esta convocatoria han participado los principales dirigentes de VOX, encabezados por Santiago Abascal, pero algunos promotores de la protesta denunciaron públicamente que los populares ignoraron durante meses la movilización y únicamente intentaron sumarse cuando comprobaron que iba a convertirse en un éxito de asistencia y repercusión mediática, no sin antes intentar boicotearla. Una jornada que, de manera notable, condenó la ausencia de los grandes líderes de Génova y puso de manifiesto que PP acompaña las protestas cuando detecta rédito electoral, pero evita una confrontación total y sostenida con Sánchez.
Mientras millones de españoles perciben que el país atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia reciente —con un Gobierno rodeado de corrupción, desde la familia, pasando por ministros, asesores y para broche el expresidente Zapatero, sostenido por independentistas, herederos políticos de ETA y socios que cuestionan permanentemente el marco constitucional— el principal partido de la oposición sigue negándose incluso a plantear una moción de censura bajo el argumento de que no existen apoyos suficientes.
En ese contexto, el papel de Juanma Moreno Bonilla simboliza perfectamente la estrategia actual del PP, manteniendo una línea mucho más institucional, moderada y menos confrontativa con el único objetivo político de seguir conservando el voto centrista y evitar cualquier identificación con movilizaciones que puedan percibirse como excesivamente vinculadas a VOX o demasiado incómodas para determinados sectores mediáticos. En su repetitiva intención de mantener la “estabilidad”, se ha dejado por el camino la defensa “real” de los intereses de los andaluces, alimentándose, una crítica cada vez más extendida entre votantes de la derecha, la sensación de que el PP ha terminado convirtiéndose en una oposición administrada, cómoda y previsible, que ha colgado hace mucho el cartel de “no molestar” y que muchos ciudadanos interpretan ya como una cobardía, un cálculo o simple miedo político.
Resulta difícil comprender cómo el PP puede acusar continuamente a VOX de dividir el voto o de “hacer la pinza” con el PSOE mientras, al mismo tiempo, evita liderar una oposición frontal y rehúye muchas de las movilizaciones que nacen espontáneamente desde la sociedad civil.
Por eso cada vez más españoles sienten que la verdadera oposición está fuera de Génova. Porque mientras algunos dirigentes populares desaparecen cuando toca dar la batalla en la calle, Santiago Abascal lleva meses recorriendo España, visitando municipios olvidados y acompañando protestas que el establishment político preferiría minimizar. Podrá gustar más o menos su estilo, pero existe una coherencia entre lo que denuncia y lo que hace.
El gran error estratégico del Partido Popular ocurre, como en cualquier democracia, cuando las élites políticas se desconectan de la indignación social real. Cuando una formación política abandona la calle, cuando teme las movilizaciones espontáneas o trata de controlarlas únicamente para obtener rédito electoral, deja un vacío que revela los intereses de poder. Y llegados a este punto cabe preguntarse ¿hasta cuándo seguirá el PP actuando como observador de una crisis nacional que exige algo más que prudencia parlamentaria y comunicados tibios?
Quizá ello explique, entre otras cosas, que en las elecciones del 17M de Andalucía se dibujara un nuevo mapa político donde el PP, pese a mantener liderazgo, perdía autosuficiencia frente al fortalecimiento político e institucional de VOX, con más capacidad de influencia que en 2022 y con una consolidación como pieza clave de la gobernabilidad en Andalucía.
España vive un momento excepcional. Y en momentos excepcionales no basta con esperar a que el adversario se desgaste solo. Hace falta liderazgo, valentía y convicción. Precisamente lo que muchos ciudadanos ya no encuentran en el Partido Popular.





