Perdonen, sí, la insistencia en el mismo tema, y no es por falta de otros, sino porque el insulto y el desprecio han llegado hasta el corazón mismo de donde realmente, ya sólo fuera por la cuenta que les trae a esos ocultos tiranos que nos mandan, pues justo allí no lo esperábamos.
En realidad, ese tuteo institucional no lo esperamos en ninguna parte, por mucho que el verbal y espontáneo sí. El lenguaje hablado es una cosa, y el escrito es otra. La espontaneidad de dos personas frente a frente admite un trato que en un letrero oficial dirigido al público resulta afrentoso. Lo que en un caso puede indicar cercanía y voluntad de cordialidad, en el otro indica sólo desprecio y casi insulto. Así, la misma persona que llanamente se dirige de tú al empleado del banco, o al de Hacienda, o al de la notaría, o al del Corte Inglés, pues esa misma persona se extraña un poco –aunque a veces ni registren el porqué de la extrañeza- al ver, en instituciones oficiales e impersonales, letreros tales como “Espera tu turno” o “Lávate las manos”. ¿Es adecuado eso en un aeropuerto, en un hospital, en una estación… semejante falta de seriedad?
Diríase que para vivir con cierta normalidad, a cambio del “lujo” de tomar un tren o de pedir un VTC o de acudir al médico, nos exigen pagar continuamente el tributo de la humillación, añadido, claro está, a los muchísimos demás tributos.
Pero, ¿a la hora de votar también? Con la “desafección electoral” que hay, y harto justificada, los que todavía acudimos, ya sin ilusión alguna, a las urnas (por un vestigio de sentido de responsabilidad, de que por nosotros no quede la remotísima posibilidad de que algo mejore… aunque por otro lado aletee, al ir a votar, la vaga sensación de estar haciéndole a un favor a personas que no lo merecen…en fin, los que aún acudimos), pues, ¿merecemos también en este caso, cuando, siguiendo la retórica de la “democracia”, estamos cumpliendo con nuestro deber… merecemos aquí también que otra vez, aquí a pie de urna, nos desprecien con tanta grosería?
Millones de personas se abstienen de ir a votar. De ellas, algunos miles (decenas… ¿cientos de miles quizá?) no lo hacen por desidia, sino que de manera expresa y militante alardean de su abstención. “Yo no voto”, rezan eslóganes en redes sociales y por todas partes, como estableciendo claramente la superioridad de su buen gusto, y, en algunos casos, como dando lecciones de moral. Es cierto que esos eslóganes son a menudo promovidos por ciertos partidos, con la abyecta estrategia de quitar votos al contrario, sin la menor intención de abstenerse sus promotores. Pero hay miles de personas que lo sienten con sinceridad, que motu proprio exponen su abstención como ideal ético.

Resulta un ideal curioso, pues unos puntos más o menos en el índice habitual de abstención electoral (ya de por sí increíblemente alto, pero aceptado como normal), no parece que mejore la vida de nadie, ni que perjudique, si esa era la intención, a los que el abstencionista deseaba castigar. En fin, viva la libertad, la poquísima que nos queda. En todo caso, la extraña sensación de complacencia en la propia virtud que parecen experimentar muchos abstencionistas militantes, esto sería otro tema, que involucraría principios y un análisis mucho más hondo.
Ahora sólo hemos mencionado a los que se abstienen –y a los que maquinan para que otros se abstengan- de pasada, para sugerir que El Sistema, este Sistema tan enormemente desprestigiado, tendría hasta que halagar a los que nos digamos ir a votar, al menos durante ese día. Debían respetar a los ciudadanos siempre, por supuesto, pero en este naufragio de dignidad humana en el que vivimos, ¿qué cabe esperar?
Pues al menos que ese día finjan un mínimo decoro, un tratar a los ciudadanos, cuyo voto piden, como personas adultas y racionales. Y llegamos y encontramos esos letreros, ¡aquí, aquí en el colegio electoral!, dignos de guardería. Letreros impresos, oficiales: “Mete la papeleta en el sobre” “Muestra tu DNI”…
Me pregunto si algún ciudadano todavía dudoso de si votar o no, llegado a la mesa de las papeletas, y viendo ese letrero (el insulto último, ya desvergonzado, riéndose, despreciándonos, escupiéndonos en la cara a cada uno personalmente, “Coge la papeleta”, “Métela en el sobre”), no habrá decidido entonces no coger papeleta alguna y marcharse. Sería el abstencionista con el que más simpatizara.
Han puesto difícil ir a votar.
Hemos nacido para ser humillados.





