Ingrata y llena de miseria humana (pero mejor así, más adecuado es, que rebosante de banalidad y de fotos-fotos), irrumpe la Cuaresma para recordarnos lo abyecto de la condición mortal, y hacernos cambiar de tema a los que hubiéramos querido hablar de asuntos más hermosos.
No es porque la Cuaresma no sea un tema hermoso. Pero no lo es la práctica de lo más prosaico de nuestra vida cotidiana, burocratizada por un lado y medicalizada por otro.
¡Médicos! ¿Cuántas veces no habremos oído comentar que “hasta el siglo XIX no empezaron los médicos a lavarse las manos antes de las operaciones, por eso el número de infecciones y de muertes puerperales era tan tremendo”, y eso dicho en tono de superioridad, presumiendo de nuestra contemporánea sabiduría, despreciando -¡cuán fácil es, a toro pasado!- a aquellos “bárbaros ignorantes de otros tiempos”?
¿Cuántas veces no habremos oído eso?
Pues moderemos nuestras críticas, porque un día llegará tal vez en que, con sobrada razón, dirán algo parecido de los médicos del siglo XXI, y esta vez con menos excusa, pues no podrán alegar ignorancia sobre el mundo de los microbios.
Los médicos –así como otros profesionales de otros gremios… pero vamos al más sangrante- se han habituado a trabajar con guantes de goma. Dentistas, podólogos, enfermeros atendiendo urgencias de pequeñas heridas… llevan siempre guantes de goma. Nos hemos acostumbrado tanto a considerar que eso es lo higiénico y necesario, que pocas personas caen en la cuenta de algo obvio y espeluznante. A saber: que eso los protegerá muy bien a ellos mismos (¡no vayan a contaminarse del vil paciente!), pero que sólo es higiénico si se cambian escrupulosamente de guantes entre un paciente y otro (e incluso entre distintas fases del mismo paciente).
La realidad es que muy a menudo, inmersos en su rutina, se les olvida cambiarse.
Obviamente, la pérdida de calidad en el trato al paciente es gigantesca (y esperemos que no catastrófica). Las manos tienen su sensibilidad. Lavándoselas continuamente, se examinan mejor unas encías, se palpa mejor una dureza de pies. A través del guante de goma se pierde muchísimo. Peso si encima el guante es el mismo que ha tocado al paciente anterior, y pomos de puerta, y hasta billetes… pues qué vamos a decir.
¡Cuán impenetrables son los designios del Altísimo!, ¡qué grotesco que la persona menos indicada –la que ni entiende ni quiere saber nada de Medicina, y le horrorizan las vísceras- acabe un día de Cuaresma dando instrucciones, en medio de este desierto de sentido común, sobre higiene y sanidad!
Pero lo que toca, hay que hacerlo, por extraño que suene.
Señores: ganaría muchísimo, muchísimo, la atención sanitaria en todas partes, al menos en las especialidades mencionadas, si se eliminaran los guantes y regresara el lavado frecuente de manos.
Psicológicamente, se puede “comprender” (dentro de la deshumanización y rutina que ha invadido la práctica médica y enfermeril) que el sanitario con sus manos bien protegidas, se olvide de proteger al paciente. Es más difícil que se le olvide, si el protocolo es no guantes sino lavado, el lavarse las manos entre uno y otro.
(En tan triste tema, en el que intervienen la desidia, la mecanización de todo, la insensibilidad hacia el sufrimiento humano… podríamos decir, si nos quedaran ganas de juegos de palabras: ¿el problema es que no se lavan las manos… o que “se lavan las manos”?)
Unas manos recién lavadas son más higiénicas que unos guantes incluso recién estrenados (sacados de su paquete de cien unidades made in China). No digamos ya que unos guantes usados. Esto vale también para cocineros, peluqueros…
En fin, no vamos a repetir por enésima vez “non curemos de saber/ lo de aquel tiempo pasado”. Pero burlémonos menos de los médicos antiguos, que, dentro de sus conocimientos, hacían lo que podían. Suena muy “tonto”, sí, que no hubieran inventado lo de lavarse las manos. Pero ahora que lo tenemos inventado, pues tampoco lo hacen. Es más cómodo cambiarse de guantes, o incluso seguir con los mismos.





