Menganito es el que más sabe de todo lo habido y por haber porque es capillita de toda la vida, que ahora es lo mismo que decir que es capillita desde hace dos ratos, de antes de ayer. Tampoco lo es de toda la vida porque en su carrera capillesca ha tenido sus más y sus menos, sus entradas y sus salidas, sus ingresos y sus migraciones. Menganito es un capillita con pasajes guadianescos.
Siempre va muy serio porque es de una hermandad seria, aunque esa hermandad haya sido siempre alegre —y lo que es mejor, feliz—. Pero a él y a sus cuatro o cinco adláteres —no son más, pero se han metido como cuña en madera y de ir tan apretados parecen que son más— les ha dado también por la gravedad en los gestos seriedad. Pero no una seriedad de “palabra de Dios”, “la paz esté con ustedes”, caridad y latines. Sino una seriedad de semblante, de morro o de cara dura. Y es que Menganito y los suyos parece que siempre van haciendo estación penitencia, de lo ordenados que se mueven, uno tras otro, por las naves de la iglesia o por las calles. Pero es mentira. Ojana. De penitencias, nada. De apariencias, que, aunque la palabra se parezca, no tiene nada que ver una con la otra. Que de apariencia a penitencia van, por lo menos, cuatro o cinco tramos de nazarenos.
En la función principal de la hermandad son los primeros que llegan a la iglesia para ir viendo, desde la primera fila de bancas —máximo segunda—, quién va llegando y quién no. Quién llega antes y quién llega con el tiempo justo. Luego, en la barra del bar, entre olor a lagrimitas de pollo fritas y a cerveza derramada en el mostrador de cinc, será una de las primeras conversaciones del orden del día, que terminará de madrugada. Porque estas reuniones del “comité de expertos”, como aquellos del Covid, son largas y tortuosas, como la chicotá de un pasocristo que va dando leña de la gorda.
Menganito y los suyos van siempre muy serios y con la corbata de nudo gordo muy ajustada, mientras miran a todos lados sin ver un carajo. Lo del traje es ya otra cosa, porque se nota que lo usan poco y, además, no tienen percha para lucirlo, que el mucho darle al pico, charla que te charla, y sesiones interminables de gimnasio para salir de costaleros como Dios manda, se les ha desvencijado el aparato locomotor, vulgo esqueleto (y en sevillano rancio, la Canina). Y es que les sienta el terno como a un Cristo dos pistolas, vaya.
Menganito es capillita de toda la vida porque él se lo cree y lo va diciendo por todos los rincones. Y suele ser corto de vista pues no ve más allá de su afilada nariz de celoso y envidioso. Una perla, vaya. Una gloria bendita.





