Mataron a hombres y a mujeres. Mataron a ancianos, a jóvenes, a niños y a bebés. Mataron a militares, desde soldados hasta generales; a guardias y a policías, a políticos y no políticos, a empresarios y a obreros, a jueces y a fiscales, a abogados y a procuradores, a arquitectos, a ingenieros, a trabajadores manuales y a artesanos, a carteros, a taxistas, a periodistas, a médicos, a farmacéuticos, a funcionarios, a catedráticos, a estudiantes y a parados, y a… Mataron a gente del pueblo, de las ciudades y de las capitales. Mataron a creyentes, a agnósticos y a ateos. Y puestos a matar, errada y excepcionalmente también mataron a algún cercano nacionalista vasco, provocando lamentos de sus colegas que se quejaban porque habían matado «a uno de los nuestros».
Mataron a españoles de todas las regiones. Mataron fuera de su tierra y en su tierra, porque también mataron a muchos vascos. Y si a otros vascos no pudieron matarlos, fue porque ya no estaban allí y habían tenido que marcharse a otros lugares de España: exiliados en su propia patria, mientras sus vecinos miraban hacia otro lado… y adquirían a buen precio los inmuebles que, forzadamente, se vieron obligados a dejar atrás los «exiliados». Mataron directamente con el cobarde tiro en la nuca, o a través de bombas colocadas en todos los lugares imaginables que pudieran cumplir su objetivo de matar, de amputar, de destrozar vidas humanas. Mataron con la bomba lapa debajo de los coches y con el coche bomba, o con la bomba situada estratégicamente en una plaza o en una calle o en un garaje, o en un paquete destinado a una concreta víctima, pero que podía convertir en víctima a cualquiera que se cruzase en el fatídico envío.
Mataron a quienes salían de su casa o iban hacia ella, y a quienes salían o iban a su trabajo, o a realizar la compra o a llevar a sus hijos al colegio, o al recogerlos, o cuando volvían de cenar o cuando estaban en su lugar de trabajo, o cuando… Cualquier tiempo y lugar fue idóneo para matarles. Y mataron no sólo a los que dejaron muertos, sino también a muchos que quedaron aparentemente vivos, mutilados de cuerpo y alma. Porque también mataron a los cónyuges de los muertos, y a sus hijos y a sus padres, y a sus hermanos y a sus abuelos, y a sus nietos y a sus tíos y a sus sobrinos, y a sus amigos… Mataron esperanzas y proyectos, sueños e ilusiones, presentes y futuros, ingenuidades e inocencias, corazones y recuerdos… Mataron hasta rebozarse el alma en muerte y envilecernos a todos, que deseábamos que se hiciera justicia con sus muertes. Y por matar, hasta mataron la fe y la esperanza religiosa en muchos familiares y amigos de las víctimas, cuando comprobaban que los mismos clérigos que les negaban los funerales por los suyos, bendecían discretamente a los autores de los asesinatos.
En realidad mataron cuando pudieron; es decir, siempre que las acciones de sus programados asesinatos no implicasen demasiados riesgos para la integridad física de estos «valientes» asesinos. Sin embargo, tanto sus víctimas como los familiares y amigos de los muertos, tuvieron que comulgarse diariamente aquellas muertes como ruedas de molino y, salvo alguna contada excepción de autoría poco clara, nadie quiso vengarse ni actuar contra los asesinos. Y esta dolorosa actitud de maniatarse las manos, tragarse la rabia y la impotencia, venciendo la llamada ancestral de la justicia contra la sangre vertida, fue alabada mucho por los representantes del pomposamente titulado Estado de Derecho, así como por los que lanzaban rimbombantes consignas mediáticas que buscaban apaciguar al pueblo proclamando que, contra los asesinos, sólo cabía la aplicación de la ley… Porque nos repetían mucho que finalmente la ley caería implacablemente sobre aquellos, que además acabarían pudriéndose en las cárceles.
Pero no; de nuevo nos mintieron; y quienes siguen pudriéndose son las víctimas, las vivas y las muertas. Y mientras estas se tragan cada día como pueden la memoria, la dignidad y la justicia, los asesinos salen de las prisiones, son homenajeados en sus pueblos que gobiernan con votos de sangre e imparten lecciones desde aulas universitarias y escuelas, adoctrinando a jóvenes y niños con historietas de falsa memoria en las que blanquean sus conciencias presentándose como épicos héroes, quienes sólo han sido en la historia unos cobardes asesinos de mierda. Qué pena y qué asco.





