Parecía que se estaba apagando la abrumadora ola mundial de comentaristas sobre la elección del nuevo Papa; una ola que ha dejado descolocados a los que de manera genuina se hubieran interesado por estas cosas, pero que se ven aplastados por la sobrecarga… ¿informativa? ¿Hay que llamarla informativa? El desenfrenado exceso de cámaras y de micrófonos hace que las realidades no es ya que se transmitan, es que se diseccionan. La disección es para los muertos (y sólo para algunos de ellos, los que por circunstancias requieren autopsia). No es para los vivos. Las cosas de vivos no se pueden grabar y comentar tanto y tanto y tan de cerca sin que pierdan justo eso, el hálito vital.
Se da el caso curioso de que los que más se hubieran interesado por estas cosas son los que más han huido, los días pasados, de los comentarios, redes sociales, mensajerías… En 2025 podemos contar –cosa que por desgracia no existía en 2005- con canales que retransmiten el sonido en directo, sin comentaristas: facilitan el percibir los hechos con menos intermediarios. Tampoco es una percepción auténtica, pues incluso la simple retransmisión está enormemente mediatizada: se hace de modo espectacular, con infinitas tomas aéreas, de manera cinematográfica más que de mera retransmisión, con acercamientos físicos hasta de mal gusto. Las realidades en vivo no se perciben así; pero esto sería otro tema.
A lo que íbamos: parece que amaina la vorágine “informativa”, pero continúa. Es más: ciertos medios más abiertamente católicos y “serios” que habían permanecido prudentemente callados ante la furia mediática, pues publican ahora sus reflexiones. Y el asombro es gigantesco cuando incluso ahí se habla, con toda naturalidad, como el que no quiere la cosa, de lo que creíamos asunto de mal gusto y reservado al chismorreo mundano amarillista. Es decir: de cómo fueron las votaciones del Cónclave, que pasó en la primera, qué en la segunda…
Pero, ¿a algún creyente le debe interesar eso? Y si es así, si una malsana curiosidad le puede, ¿no le inquieta el hecho de que, si algo trasciende, eso implica un perjurio gravísimo?
La Capilla Sixtina estuvo durante siglos rodeada de un aura de misterio – aunque se pudiera visitar, aunque viéramos infinidad de fotografías. En los últimos Cónclaves, algo comenzó a cambiar (no opinaremos sobre si esto era necesario o conveniente). Se mantendría el secreto del Cónclave, faltaría más, pero las cámaras grabarían hasta el último segundo de la entrada de los cardenales en el recinto; y, tras ser elegido el nuevo Papa, se retransmitiría también la primera misa en la Capilla Sixtina ante el Colegio Cardenalicio.
Y en el último Cónclave, se dio un paso más: no sólo se grabó la entrada de los cardenales en la capilla, ese anunciadísimo día 7 de mayo, sino que se retransmitió en directo el solemne juramento de secreto de los ciento y pico de cardenales, uno por uno. Con el excesivo y hasta chismoso detalle de las retransmisiones contemporáneas, que se fijan en cada poro de la piel… pues uno por uno fueron jurando, uno por uno con su mano derecha en los Evangelios.
“…spondeo, vobeo ac iuro. Sic me Deus adiuvet et haec Sancta Dei Evangelia, quae manu mea tango”. Así lentamente, uno tras otro, y otro, y otro, la cámara recreándose en los rasgos faciales y en los nudillos y hasta en las uñas de cada uno (el exceso de detalle, ¿no parece robar algo?), juraron con esa solemnidad el mantener el secreto de las votaciones,
Y ahora incluso desde las instancias más “serias”, más católicas y tradicionales, continuamente se leen “análisis” hablando de que “en la segunda votación, éste y aquél perdieron oportunidades”, así, con ese lenguaje de elecciones presidenciales. Pero, ¿cómo lo saben? Sólo se lo puede haber dicho alguien que estaba dentro, alguien que formuló ese solemne juramento de secreto e inmediatamente lo infringió. ¿A nadie le produce tristeza el quebrantamiento de un juramento semejante? Diríase que quien le tiene amor y respeto a estas cosas, puestos a enterarse de revelaciones de un perjuro, por puro buen gusto, ya que no algo más hondo, las debía dar por no oídas. El Papa es el Papa; ¿a quién le aprovechan los chismorreos absurdos, obtenidos gracias al perjurio?
Ciertamente todos los días se quebrantan juramentos, así como todos los días acaecen homicidios (delitos que durante siglos y milenios estuvieron en pie de igualdad en cuanto a gravedad máxima. El sentido del honor de la palabra dada era parte de la dignidad de una persona). No por eso dejan de ser hechos terribles.
Las noticias papales, mediante ese mecanismo de malas traducciones y de poca atención a las palabras, han causado también estragos en la lengua. Ahora leemos continuamente “el papa”, así con minúscula, como jamás se ha escrito en español. ¿El motivo? Que se imita del inglés, e incluso excediéndose. En inglés “the pope” se escribe con minúscula en sentido genérico (“People waited for the pope”), pero en mayúsculas cuando precede al nombre propio (“People waited for Pope Leo”). Y en español, que es lo único que nos concierne si escribimos en español, “el Papa” se pone siempre con mayúsculas, con o sin nombre propio detrás. Pero ahora, puestos a malcopiar, mientras más “intelectual” es un sitio web – o sea, más familiarizado con el inglés- más probable es que lo reduzcan a la minúscula incluso en todos los casos. ¡Viva la intelectualidad!
Ahora proliferan también las fotografías y mensajes con “el Papa León XIV visitando este y tal convento, de Madrid, de Sevilla”, “aquí se ve a León XIV hablando con la superiora”… Pues no, no se ve eso. Que en un país donde nacimos y crecimos oyendo la continua perífrasis “el entonces Príncipe”, “la entonces Princesa”, es decir, estamos habituados, ¿tan difícil es poner “el ahora Papa visitó esto y lo otro”, o “el entonces prior…”? Mientras más se “informa” de un hecho, más confusión crean. Es que lo que se produce hoy día, en lo pontifical como en otros temas, no es tanto información sino disección.
Y de lo esencial rara vez se habla.





