“…recuerda que es un grave pecado matar un ruiseñor. Porque los ruiseñores no hacen otra cosa que cantar para regalarnos el oído. No picotean los sembrados, no entran en los graneros a comerse el trigo, no hacen más que cantar con todas sus fuerzas para alegrarnos…”
Extracto de un diálogo, entre un padre y sus hijos, de la novela “Matar a un Ruiseñor” que fue llevada al cine con la magistral interpretación de Gregory Peck en el memorable papel protagonista de Atticus Finch.
Matar a un ruiseñor, ahogar a un pececito, segar la vida del niño Gabriel Cruz Ramírez con tan sólo ocho años de vida es un grave pecado y un delito execrable. Grave pecado según todas las religiones y creencias del mundo. Grave delito en todos los ordenamientos jurídicos, penado según todos los códigos penales actuales y pretéritos.
La madre del pequeño, doña Patricia Ramírez a las pocas horas de haber sido sacudida con el impacto del fatal desenlace, de la irreparable pérdida de su hijo, tuvo entereza para entrevistarse con el periodista Carlos Herrera en el capítulo radiofónico más conmovedor que quien les escribe ha escuchado. Y lanzó el siguiente mensaje: “Gabriel está ya en algún lugar con sus peces. La bruja mala ya no existe. Pido que no se extienda la rabia. Que no se hable de ésta mujer más y que queden las buenas personas”.
Quienes tuvimos ocasión de oír en directo este duro testimonio, recibimos una llamada a la paz y a la serenidad. La actitud de esta madre en tan doloroso momento fue ejemplo de bondad. Fue una voz que clama en el desierto para mantener la esperanza en el ser humano. Pocos fueron los medios de comunicación que hicieron caso a este llamamiento en la pugna que algunos mantienen por ganar audiencias. Aquellos detalles escabrosos de los crímenes que antaño quedaban reservados al diario “El Caso” son ahora expuestos sin pudor alguno por una buena parte de la prensa en un alarde de sensacionalismo. Y esta trágica muerte y la figura de su asesina confesa están siendo utilizados por algunos sectores sociales y políticos de forma espuria para enarbolar banderas y esgrimir mensajes interesados.
Ya han servido para liar el pescado del día siguiente aquellos periódicos que contaron los detalles más escabrosos del crimen del “pececito de Almería” y la detención de su asesina. Ahora serán “ruiseñores de Getafe”, dos inocentes con ocho y diez años, hallados muertos calcinados en el incendio de su casa los protagonistas de la nueva tragedia. Quemados como también lo fueron Ruth y José Bretón Ortiz en Córdoba. El padre y asesino de éstos últimos está condenado a una pena de prisión de veinticinco años, ya le queda menos para estar en libertad. El padre de los dos angelitos inocentes de Getafe se ha suicidado al parecer; a éste le queda toda la eternidad para expiar las culpas pueda tener.
Para establecer las bases de una convivencia pacífica es necesaria una profunda reflexión de nuestra sociedad en su conjunto y en consecuencia también de toda nuestra clase política para dejar de instrumentalizar ideológicamente al crimen en sentido amplio. Tanto los crímenes actuales como los pasados y los que desgraciadamente habrán de venir.
La novela que da título al presente, escrita por la novelista Harper Lee, está ambientada en el sur de Norteamérica a principios de los años treinta, durante la llamada Gran Depresión. Allí, en aquella época, el juicio a un delincuente estaba condicionado por el color de su piel. Desgraciadamente aquí, hoy en día, el juicio de valor que las distintas facciones de nuestra sociedad realizan sobre cualquier crimen, del criminal e incluso de la víctima, sigue condicionado por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social. Defecando literalmente sobre la Constitución Española.
Termino con otro de los diálogos que mantiene Atticus Finch con su hijo en la novela que da título al presente: “Hijo, hay muchas cosas feas en éste mundo. Me gustaría poder evitar que las vieras, pero no es posible”.





