La compañía de los animales ha sido una constante en la Historia de la Humanidad. Es como si echáramos de menos esa convivencia ontogénica que tuvo lugar en el Paraíso Terrenal, y necesitáramos sentirnos próximos a esos seres que vivían a nuestro lado.
Muchos de ustedes habrán tenido en casa un perro, fiel y noble, que se alegraba al verles entrar en casa y les hablaba con los ojos cuando quería salir a la calle, esa palabra que todo can conoce y que tanto les alegra. O un gato, silencioso y discreto, que se sirve de la arena para hacer sus necesidades y que no les obliga a salir de casa, como hacen los perros. Otros habrán disfrutado de un canario, y sabrán las tareas que conlleva el cuidado de una jaula, pero les habrá compensado su alegre canto.
Así ha sido durante siglos, pero hemos cambiado últimamente (me resulta difícil decir desde cuándo) y su alimentación no es ya como en otro tiempo, a base de las sobras de los dueños, ¡por Dios!, dirán algunos que no conocieron aquella época. Los veterinarios no son esos profesionales que escaseaban y había que buscar por kilómetros a la redonda, porque empiezan a abundar las clínicas para animales, que además de vacunar y sanar alguna que otra enfermedad, intervienen quirúrgicamente con una operación cuando lo estiman necesario. En las tiendas de animales no sólo se compra pienso, sino que hay delicatessen y algún que otro capricho para esa mascota que tanto celebra su consumo.
Los perros tienen habilitados espacios para ellos en algunos parques públicos para que puedan correr, y en más de un caso los hemos visto en una foto con el pie de “Mi familia”, al lado de los padres o de los hermanos, como uno más. En España se estima que hay diez millones de perros y seis millones de gatos, además de pájaros, peces y roedores.
En efecto, las mascotas comienzan a ocupar el vacío emocional que genera la falta de hijos, y hay personas que ven en ellos un sucedáneo a la falta de descendencia (perrijos y gatijos), concediéndoles un estatus que cada vez se parece más al de los vástagos. Recuerdo que una persona muy cercana a mí, que había expresado su voluntad de casarse y tener hijos buscando la conciliación de su vida laboral con la familiar, recibió como recomendación de su jefe que se buscara un perrito que la acompañara, que le iba a salir más barato y le iba a permitir ascender más alto en su carrera profesional.
Esta tendencia ha ido paralela al crecimiento del gasto en mascotas: los grandes fondos de inversión le han echado el ojo a un negocio millonario que, además, no para de crecer, y han comenzado por la compra masiva de clínicas veterinarias (en España se cuentan por cientos). Su tratamiento no se limita a la salud: también te venden piensos, champús, accesorios, hasta que no haya más remedio que sacrificarlo (menudo eufemismo) y se encarguen de incinerarlo (ya hay crematorios de animales), enviar las cenizas en una elegante cajita y se ponga fin a la película.
Hasta aquí la poesía, pero ahora viene la prosa: ¿cuánto suponía antes el mantenimiento de una mascota y cuánto supone ahora? En las partidas de gastos fijos del presupuesto doméstico habrá que incluir el pienso, las vacunas o revisiones y las posibles intervenciones hospitalarias, con estancias incluidas, que salen por un ojo de la cara. El sector veterinario facturó en España 2.613 millones de euros en 2023, unos mil millones más que diez años antes. España está entre los cinco países europeos con más veterinarios, antes autónomos en su mayoría y ahora asalariados, que han visto cómo ha subido la facturación, pero sus sueldos se han estancado.
La secuencia está clara: si invierto en clínicas privadas es porque espero obtener un beneficio, derivado de la diferencia entre ingresos y gastos, en la que los primeros deberán ser superiores si pretendo conseguir rentabilidad a la inversión. El siguiente paso es vincular al cliente dueño de mascota con una tarjeta sanitaria, recomendándole revisiones periódicas, o derivando pruebas diagnósticas a servicios que pertenecen al mismo grupo empresarial.
En poco más de diez años, las clínicas veterinarias británicas han pasado a ser propiedad de tan solo seis conglomerados, donde figura como líder IVC – Evidensia, un gigante con 2.500 clínicas en 22 países (más de 70 en España), que cuenta con el respaldo de potentes inversores, entre ellos Purina, la división de alimentación para animales de Nestlé, y el mismo Warren Buffett. La voluntad de mantener con vida a la mascota, cueste lo que cueste, hace que los inversores se froten las manos.
Tampoco nos olvidamos de Hacienda, que grava con un 21 por ciento los fármacos y tratamientos veterinarios, como si las mascotas fueran un artículo de lujo. En definitiva: el presupuesto familiar empieza a resentirse ante la llegada de un nuevo gasto fijo que va a seguir creciendo. Conviene empezar a hacer números si aún no los han hecho.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





