Hay una extraña enfermedad nacional que se manifiesta cada vez que un Papa anuncia visita a España. No afecta al Vaticano. Ni siquiera afecta especialmente a los católicos. A quienes verdaderamente trastorna es a los políticos. Es entonces cuando se produce el milagro de los panes, los peces y la coherencia ideológica: todos quieren salir en la foto.
Durante años algunos han considerado la religión una antigualla, una reliquia polvorienta guardada junto al brasero de picón y las estampitas de primera comunión. Han retirado crucifijos, evitado procesiones y pronunciado la palabra «Iglesia» con el mismo entusiasmo que uno reserva para una inspección de Hacienda. Pero basta que el Santo Padre ponga un pie en suelo patrio para que se desate una carrera de devoción repentina digna de las oposiciones al cielo.
De pronto aparecen políticos que parecen monaguillos reciclados. Se persignan con la misma soltura con la que ayer defendían lo contrario. Hablan de valores cristianos, de fraternidad y de tradición con una emoción recién estrenada. Algunos incluso descubren que tienen una abuela muy devota, convenientemente rescatada para la ocasión del álbum familiar.
Los de un lado utilizan al Papa para justificar sus ideas. Los del otro hacen exactamente lo mismo. Y el Pontífice, que venía a hablar de fe, de pobreza o de esperanza, termina convertido en un invitado involuntario a una tertulia parlamentaria.
España tiene una habilidad prodigiosa para apropiarse de cualquier símbolo. Aquí el Papa deja de ser Papa para convertirse en arma arrojadiza. Se analiza el color de la silla donde se sentó, el gesto de una fotografía o la duración de un apretón de manos como si estuviéramos descifrando los secretos de Fátima.
Y mientras tanto, el visitante ilustre sigue su camino, probablemente sorprendido por tanto fervor administrativo.
Porque en este país sucede con frecuencia que quienes menos escuchan el mensaje son quienes más se disputan el altavoz. Y así acabamos siendo, una vez más, más papistas que el Papa, que es una forma muy española de no entender absolutamente nada.





