Por Esperanza-Reyes Rodríguez Ramírez
Sabemos que la izquierda en general –y el marxismo leninismo en particular– han sido desde sus orígenes los grandes magos lingüísticos de la política contemporánea. Desde su aparición, y con un éxito siempre renovado, sus palabras y sus dogmas han impregnado el discurso político general en la teoría y en la práctica. Ello es así de tal manera que resulta muy difícil sustraerse a este vocabulario sin parecer a ojos de muchos (a veces tontos útiles, a veces simplemente abducidos) un retrógrado situado fuera de la realidad. La infiltración en los planes de las asignaturas de historia y en las facultades que forman a los futuros periodistas ha sido un éxito rotundo. Y esos curas progres, ahora menos visibles, ¿no educaron mientras tuvieron público a generaciones y generaciones de ciudadanos en la «crítica social» y en la necesidad de avanzar hacia la justicia? ¿no se pasaron toda una vida hablando de todo menos de los Mandamientos y de los Sacramentos de la Iglesia? Todo esto no es un fenómeno de hoy. Lleva décadas sucediendo en España y en todo Occidente; y el gran público, adormecido o ajeno a estas sutilezas de «los que saben», se traga toda esta propaganda. ¿A quién no le suena la frase de que los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres? ¿No han conseguido que seamos «fascistas» todos los que no comulgamos con su credo fundado en el «progreso»? ¿No es tachada de ultra-derecha lo que sólo es una derecha democrática sin complejo de serlo, inmune al programado y nunca terminado viaje al centro, centro que, ¡oh paradojas de la geometría política!, cada vez se halla situado más a la izquierda, al menos en el ámbito cultural y moral?
No es casualidad que hayamos citado el caso de muchos eclesiásticos, atraídos tal vez por una fe mundana menos exigente que la que marca la ortodoxia, por cierto, una y otra vez calificada como dogmática, rígida y trasnochada. En el fondo ha ocurrido un fenómeno muy fácil de explicar: también en las iglesias la fe marxista y leninista supo imponer su monopolio, y supo también adoptar los ropajes que fueran necesarios cuando su choque con la realidad era demasiado evidente. Aunque haya que decir que la realidad –social, económica incluso biológica– no es algo que haya importado demasiado a estos círculos de pensamiento. Conviene no olvidar que la obra fundacional del pensamiento marxista, El manifiesto del partido comunista, publicada en 1848, se llamó en sus primeras versiones anteriores a la imprenta Credo comunista y Acto de fe comunista. Se dirá que todo esto queda muy lejos, pero nos engañaríamos. De hecho, los dos grandes propósitos del marxismo, la supresión de la religión y de la propiedad privada, son objetivos en muchos casos logrados. Mírese, por ejemplo, lo que ocurre con el mercado de alquiler de viviendas, la ocupación, o con la libertad de enseñanza.
Marx fue el maestro. Hablaba en nombre del proletariado, pero el caso es que tardó décadas en conocer a un obrero, de modo que describe emocionado la primera vez que algunos de ellos asistieron a una reunión revolucionaria de los que llevaban años hablando en su nombre. A Lenin le ocurrieron experiencias semejantes. Nada de ello fue un obstáculo para que esta corriente siniestra triunfara y tras el hundimiento de la década de los noventa del pasado siglo, resurja ahora con el mismo complejo de superioridad, marca de fábrica inasequible a todos los tropiezos que la historia demuestra.
En cuanto al marxismo, no importó que nunca llegara la crisis final del sistema capitalista. Bueno, salvo que los golpes de Estado propiciados por estos profetas acabaran con una cierta prosperidad, como se observó en Rusia, en Cuba o en Venezuela, por citar sólo unos ejemplos bien conocidos. No importó que la dictadura del proletariado fuera siempre la dictadura de los partidos comunistas, los más ultra elitistas y cerrados que muestra la historia universal. No importó que la base científica del pensamiento de izquierda, es decir, el marxismo, apenas logre resistir cualquier análisis mínimamente serio. Incluso ahora en los libros que «estudian» nuestros escolares se distingue –Marx dixit– entre el socialismo «científico», es decir, el suyo, y todos los demás, minusvalorados con el título condescendiente de «utópicos».
Lenin superó al maestro, entre otras cosas porque tuvo la oportunidad no solo de interpretar el mundo, sino de transformarlo, como Marx había preconizado. La forma de operar siempre era la misma: empezar (y terminar) cambiando el uso habitual del lenguaje. Un ejemplo: en sus luchas internas con otros grupos revolucionarios, en una época tan temprana como 1899, Vladimir Ulianov (Lenin) escribió airado una protesta en cierta revista: allí hablaba en nombre de los «socialdemócratas de Rusia». Sólo eran diecisiete. Lo cuenta con gracia Stéphane Courtois en su impagable Lenin. El inventor del totalitarismo.
¿Que cuál ha sido el secreto de todos estos revolucionarios, primero de salón y luego, si les dejamos, de Gulag? Está claro que en todos los casos ha jugado un papel muy relevante el uso de la violencia verbal o real. También el hecho de que, a diferencia de todos los demás partidos políticos, estos partidos de ultra-izquierda, siempre minoritarios, han demostrado una grandísima capacidad de influencia, por tratarse de profesionales, de gente entregada por completo a un ideal y a un líder mesiánico.
Pero hay, además, una explicación muy llamativa. Desde los comienzos, el pensamiento de Marx y de Lenin, que de manera más o menos velada, sigue imprimiendo su sello a muchos sectores de izquierda, ha realizado un uso magistral de la sinécdoque. Ya se sabe: denominar la parte por el todo. Empezaron hablando del proletariado, incluso en lugares en los que no había. Siguieron hablando en nombre del pueblo, cuando de quienes hablaban era de una selecta minoría. Aunque a regañadientes se apropiaron del término, antes repudiado, de «democracia», no sin añadirles los inquietantes adjetivos de real y popular. Ahora, agotado en parte, este filón demagógico, hablan en nombre de la «mujer», de las minorías, incluso del clima o del planeta cuando la propaganda lo hace necesario. Y todos, o casi todos, tragan. Llevamos así muchísimo tiempo. ¿Lograremos alguna vez liberarnos de este pesado yugo ideológico?






2 Comments
Le ha faltado a usted hablar solo de los miles de millones de muertos del comunismo para completar está interesada sarta de falacias en contra del marxismo. No diré nada más. Dejaré que sea el premio Nobel, alemán por más señas, quien lo haga por mí:
«Colocar en el mismo plano moral el comunismo ruso y el nazifascismo, en la medida en que ambos serían totalitarios, en el mejor de los casos es una superficialidad; en el peor es fascismo. Quien insiste en esta equiparación puede considerarse un demócrata, pero en verdad y en el fondo de su corazón es en realidad ya un fascista, y desde luego sólo combatirá el fascismo de manera aparente e hipócrita, mientras deja todo su odio para el comunismo.»
Saludos.
¿como me puedo afiliar a tu organizacion?