En buen castellano, se llaman “pasatiempos”. Son los crucigramas, sopas de letras, dameros, y otros entretenidos juegos de papel y bolígrafo que han acompañado a millones de personas en muchos momentos, aligerándoles la espera en momentos de tensión, quitándoles el aburrimiento durante un viaje, proporcionándoles una evasión de la mente en mil momentos prosaicos de la vida…
Constituyen, las revistas de pasatiempos, una especie en vía de extinción, como en general toda la prensa escrita. ¿O acaso no tanto? Porque si así fuera, entonces tendrían que haber desaparecido ya. Puede que, en lo tocante a revistas y fascículos, hayamos llegado al límite más bajo, a partir del cual, sostenidos por una minoría persistente, ya no decae, e incluso puede experimentar un ligero resurgimiento (en los –pocos- kioscos de prensa que quedan, se ven, curiosamente, reediciones de grandes clásicos. Lo que en 2010 parecía obsoleto, ahora tiene el atractivo de la novedad. Una novela de Julio Verne de papel y tinta, ¿quién ha visto eso?).
Pero volvamos a los pasatiempos. Algún crucigrama o damero siempre queda en los periódicos tradicionales, sean semanales o diarios. Es entrañable que, con la agresiva competencia del teléfono móvil, con su infinito surtido de vídeos, de entretenimientos facilones en los que no hay que molestarse ni en leer, subsista, como placer intelectual en potencia, una oscura cuadrícula en blanco y negro, cuyo poder radica en la mente humana, en su capacidad de estímulo de la memoria y el ingenio.
Y, para los aficionados, en su enorme poder de captar la atención. Decía una compañera de colegio (en el pasado milenio): “Es curioso: estoy estudiando y me distraigo con mil cosas, no aguanto ni dos minutos sin distraerme. En cambio, me pongo con un crucigrama, que es algo inútil, y me quedo absorta, totalmente concentrada”. Muy agudamente, se admiraba de lo que parecía incongruencia: para lo “inútil”, concentración, interés, atención supina. Y para lo “útil”, lo obligatorio, pues desidia, aburrimiento, pereza.
No es tanto incongruencia, sino la singularidad de la naturaleza humana: su necesidad de juego, de abstracción; su exigencia de algo que escape a lo utilitario.
Por eso resultan deprimentes las nuevas versiones de pasatiempos que ahora se ven, a doble precio de los tradicionales, que, siendo lo mismo (juegos mentales), reniegan de ese tradicional nombre, pasatiempos, y se autotitulan, pomposamente “Entrena tu mente” “Ejercicios para mantener joven el cerebro” “Mente activa”…
Observen los kioscos. Si se llaman “Pasatiempos”, son dos euros. Si se llaman “Entrena tu mente”, son cinco. Pero eso no es lo más “grave” – cada uno que compre lo que quiera.
Lo grave es que al darle ese tinte utilitario, le quitan precisamente su encanto – el poder de distracción, esa vena únicamente humana que se deleita en hacer algo espléndidamente “inútil”.
Y así como ya no se puede aprender a bailar salsa por el puro antojo de permitirse una pequeña frivolidad (oh, no, ahora te informan de que bailar salsa “es bueno para aumentar la sociabilidad y la coordinación de movimientos y para liberar la oxitocina y para prevenir la osteoporosis”… Se quitan las ganas de hacer algo tan terapéutico, parece que en vez de ir a divertirte vas a un hospital), pues ahora ni un pasatiempo te dejan hacer sin arrastrarte a esa corriente socio-sanitaria… “mejorarás tus defensas, disminuirá el riesgo de un ictus”… ¿qué están diciendo? ¿Ya no se puede hacer ni una sopa de letras por puro gusto?
Hace casi cien años escribía Ortega y Gasset: “Tenemos excelentes hospitales y espectáculos detestables. Pues qué, ¿va a ser el mundo como un gigantesco hospital?”. No lo sabía él bien.
¿Acaso los mil problemas de la vida cotidiana no nos obligan a hacer trabajar la mente? ¿Acaso, ahora que las facturas nos llegan hasta estando de viaje, se puede descansar mentalmente ni un instante? ¿Qué es esa pedantería de “activar la mente”?
Se trata de eliminar lo abstracto, lo humano, lo espléndidamente inútil. Ya una niña no podrá concentrarse con toda su alma en un crucigrama (sublime ejemplo de civilización), pues esta tarea habrá adquirido aún más tinte utilitario que estudiar para el examen.
Se trata de quitarnos la humanidad.





