Entre las muchas cosas que solemos procrastinar para otro año suele estar la de ir a conocer una ciudad o un país determinado. Les confieso que uno de esos lugares es el archipiélago balear, y más concretamente la isla de Mallorca. Si recuerdan como yo aquella canción del grupo Los Mismos que decía “Será maravilloso viajar hasta Mallorca sin necesidad de coger el barco o el avión …” o aquella otra dedicada al “Turista 1.999.999 que se quedó sin tener las atenciones que por suerte le brindaron al turista dos millones” de Los Stop, les diré, como hacen algunos médicos, que usted tiene ya una edad.
Más de medio siglo ha pasado desde que la promoción del turismo por aquellas latitudes era un incentivo para pasar unas vacaciones inolvidables, pero en mi caso cuando no era la falta de posibles, era que los niños eran pequeños, o que julio y agosto no parecían los meses más apetecibles para visitarla, pero llega una edad en que ya no vale decir “Esto lo dejo para más adelante”, porque las balas pasan cerca y te enseñan que la vida hay que vivirla disfrutando del presente mientras se pueda.
Y heme aquí , quién lo iba a decir hace muy poco, formando parte de un turno del IMSERSO, en pleno invierno, pero con la ilusión de quien va por primera vez a un lugar que tenía idealizado desde hace décadas.
Decía una antigua canción de María Ostiz que “… conocer las cosas es saber amar”, y no le faltaba razón. Puedo decir sin temor a equivocarme que he contemplado una isla que reúne encantos por los cuatro costados, si me permiten esa metáfora aplicada a los puntos cardinales: el sur tiene esa magnífica bahía de Palma desde El Arenal hasta Magalluf con la capital de la isla en el centro; el norte se precia de tener dos poblaciones a cual más bella: Pollensa (¡qué maravilla de la naturaleza el cabo Formentor!), capital de la isla hasta la invasión musulmana en el siglo X, y Alcudia, ciudad amurallada; el este con Manacor y su Porto Cristo, donde vive Rafa Nadal, muy cerca de las cuevas del Drach, y, finalmente el oeste, con esa joya de piedra que es Valdemosa, con su cartuja donde flota el espíritu romántico de Chopin, que ha cautivado a Michael Douglas y a Catherine Zeta-Jones, hasta el punto que han fijado allí su residencia.
Me llamó la atención el hecho de que la reconquista de Mallorca (1229) por Jaime I se produjera poco antes que la de Sevilla (1248) por Fernando III, y que las dos fueran reinos, si bien en 1349, siendo monarca su nieto Jaime III volviera a la corona de Aragón. Ignoraba que en 1403 una dana (entonces se conocía como diluvio), provocara tal crecida del torrente Riera (en Mallorca no hay ríos, sino torrentes) que atravesaba la ciudad, que hubo entre 3.000 y 5.000 muertos. Es para estar orgulloso el hecho de que el único español que tiene una estatua en el Salón Nacional del Capitolio de Washington sea un balear: Fray Junípero Serra, franciscano evangelizador del sudoeste de los Estados Unidos, que abrió misiones con nombres de la parroquia de su pueblo, Petra, por todos los lugares por donde pasó a lo largo del siglo XVIII; como lo es también el papel jugado por Ramón LLull, filósofo, literato e inventor de una máquina que pretendía pensar y que usaba un lenguaje propio anticipándose en más de 600 años a Turing, precursor de la informática actual.
Al igual que Sevilla y otras ciudades españolas, la isla sufrió el desembarco de piratas, en este caso de turcos y sarracenos, para apropiarse de sus bienes y conseguir esclavos, y la tradición ha hecho que estos desmanes no se olviden celebrando anualmente las fiestas de moros y cristianos en algunas localidades, como Sóller, otro pueblo de visita obligada.
Un dato histórico en el que he visto cierto paralelismo con Sevilla es el papel de cierta aristocracia europea en el siglo XIX para el relanzamiento de la isla y el darla a conocer al mundo: si en el caso de la capital hispalense fue notable el papel del duque de Montpensier, casado con la infanta María Luisa de Borbón, en el balear fue el archiduque Luis Salvador de Austria, que tras instalarse en la isla, escribió veintiuna obras sobre las islas Baleares, invitó a importantes personalidades de la realeza como su prima la emperatriz Sissi y a intelectuales como Charles Wood y Jacinto Verdaguer y puso a Mallorca en el mapa de las visitas obligadas.
Finalmente, como hito histórico que promocionó la isla como destino de luna de miel, en 1956 pasaron aquí la suya Rainiero de Mónaco y Grace Kelly, lo cual multiplicó de forma exponencial este destino, sobre todo para los recién casados.
Sirvan estas líneas para animar a aquellos que aún no conozcan esta parte de España a visitarla, sobre todo en estos días en que aún no ha llegado el turismo de bebida de algunos ingleses y alemanes a Punta Ballena en Magalluf y la calle del Jamón en El Arenal (… beben y beben y vuelven a beber, …) porque como dijo San Agustín, “El mundo es un libro, y los que no viajan sólo leen una página”. Mallorca es un capítulo que no pueden perderse.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





