Desde el fondo del estudio de pintura de mi mujer, allá arriba en una planta superior a la del salón, me llega una música de Navidad, “Adornemos el hogar”, que parece que bajara hilvanando guirnaldas para las ramas de esa hermosa naturaleza de luces que son los abetos.
Algo me golpea. Bueno, más que algo es mucho lo que me golpea el corazón. Y desde un lugar que llaman Gloria, donde cuentan que fueron los hombres de buena voluntad a los que Dios ama tanto, siento las miradas de quienes me enseñaron la ilusión de este día en el que se pone el Nacimiento. Y lo que tantas veces se llama casa, en esta mañana se llama hogar.
Alguien aporrea inesperadamente mi interior incansable de entusiasmos. Es otra vez la infancia llamando a la puerta, esa donde, madre, hay un niño más hermoso que el sol bello, que dice que tiene frío porque viene medio encueros. Y madre acogiéndolo: “Pues dile que entre, se calentará, porque en esta tierra ya no hay caridad”.
Otra vez en el cielo se alquilan balcones para un casamiento que allí se va a hacer, que se casa la Virgen María con el patriarca Señor San José.
Y otra vez ese repeluco tan sevillano del alma sonándote a campanilleros que me despiertan en la madrugá por los campos de mi Andalucía.
Hay un vaho temprano de cristales de ventanas, crepitan llamas de chimenea y huele a lentisco de antiguos braseros.
Pasa, pasa Navidad…
Fotografía: Beatriz Galiano





