Es la historia de un crimen, seguramente irreparable. No sabía el poeta Rodríguez Buzón cuánta razón habría de llevar con aquel verso imperecedero: «…como tú, ninguna». Y es más cierto que nunca, que ninguna habrá, porque se han cargado el original, puede que de modo absolutamente irremediable.
La torpeza, la incompetencia, el osado atrevimiento y la ignorancia parecen haberse aliado para perpetrar un negligencia total, un atentado descomunal contra el patrimonio, artístico y sentimental (mantengámonos unidos en lo devocional), con una actuación insensata acometida sobre la inmedible efigie de la Virgen Macarena.
Hay muchas preguntas todavía por hacer y, aún mejor, por responder, pero tampoco en la acción de comunicación y transparencia se han lucido los responsables de lo acaecido en una semana de locos, incluyendo un fin de semana desquiciado y desquiciante que ha mantenido en vilo a la ciudad y apenados a todos los devotos, admiradores y simpatizantes esparcidos por todo el mundo.
Trato de contarles lo que hasta ahora son certezas y señalaré también aquellas cuestiones colaterales que pudieran situarse en el terreno de lo imaginable o especulativo, aunque tal vez no sea sustancialmente trascendente en la verificación de lo ocurrido.
Sabemos que el Domingo día 15, la Virgen fue trasladada de manera discreta a unas instalaciones de la isla de la Cartuja para ser sometida a un TAC e imágenes radiográficas antes de acometer en ella una actividad programada de mera conservación. Nadie informó de este hecho, como tampoco nadie había informado públicamente de que meses atrás la imagen sufrió daños de diversa consideración tras recibir durante algunas horas el líquido pulverizado (no sabemos si es agua) de un aspersor que falló en el sistema preventivo que el camarín de la Virgen tiene instalado desde hace ya bastantes años. Desconocemos, asimismo, si dichas actuaciones contaban con la imprescindible aprobación previa por parte del Arzobispado, que, en todo caso, se debe suponer que no eran obras de restauración propiamente dicha, sino de mera conservación, a pesar de que el grado de humedad al que se había visto expuesta la talla debería haber hecho pensar meses después que podría tratarse de algo más profundo y más grave.
Sea como fuere, en los días subsiguientes, entre el 15 y el 20, del lunes al viernes, se sometió la imagen a un tratamiento que se le encargó al taller de Francisco Arquillo Torres, catedrático jubilado de esa especialidad de restauración en la Facultad de Bellas Artes de Sevilla, de acreditado CV y aquilatada solvencia, quien había llevado a cabo las últimas actuaciones sobre la talla. No obstante, dada su avanzada edad, quien asumió en esta ocasión la tarea concreta fue de hecho su hijo, David Arquillo Avilés, quien cuenta con un altísimo bagaje curricular universitario, pero del que muchos cuestionan su preparación, habilidad y pericia en el campo específico de la actuación.
Para llevar a cabo dicha intervención la talla no fue trasladada a ningún taller externo al recinto de la propia Basílica y aseguran que en momentos así sólo el prioste y el mayordomo están autorizados a permanecer presentes en la habitación correspondiente. Cabe señalar que el asesor artístico de la Hermandad, Carlos Peñuela, trató de incorporar a dichos trabajos a un joven imaginero de trayectoria no muy destacada en el gremio pero al que se le tiene por un minucioso y hábil copista, al cual habría recomendado para cambiar las pestañas de la talla, que también se habían dañado en el incidente del aspersor enloquecido. Su propuesta fue rechazada por algunos miembros de la junta de gobierno y todo pasó a quedar en manos de David Arquillo Avilés y su equipo técnico.
En el momento del crimen, ninguno de los presentes, salvo los especialistas, tenían por qué conocer la gravedad y profundidad de lo que iba a ocurrir a renglón seguido, menos aún cuando la duración prevista de dicha actuación aseguraba que ese mismo sábado la imagen sería devuelta al culto.
No podemos tener la certeza absoluta de hasta qué punto se llegó en esos cinco días en la intervención milimétrica y precisa sobre las capas pictóricas, de pátinas y barnices acumulados a lo largo de siglos sobre el hermoso rostro de la Virgen, pero pronto habría de verse el resultado atroz y, a raíz de ello, pudo comprobarse de urgencia que el destrozo había sido mucho más profundo y ya irreparable, como enseguida veremos.
Tras exponerse al culto en la mañana del sábado, a todos los que la visitaban les resultó evidente que aquello no podía ser verdad y las primeras críticas al dar la voz de alarma se centraron en las hiperbólicas pestañas rizadas que ahora lucía la talla, las cuales le desfiguraban el gesto. Pero era algo mucho peor, porque no eran sólo las pestañas, sino otra larga serie de cambios flagrantes los que le habían mutado el rostro, tan reconocible para cualquier sevillano.
Cuando las redes sociales ya eran un clamor unánime, los responsables de la junta de gobierno se vieron obligados a cerrar la Basílica e interrumpir las visitas. Unas horas después, por la tarde, la Virgen volvía a exponerse en su Altar, después de que hubiesen llamado de urgencia a Esteban Sánchez, el joven imaginero propuesto para el cambio de pestañas, que, esta vez sí, procedió a un cambio urgente de las que había colocado el equipo de David Arquillo, tal vez pensando que con ello se apaciguarían los ánimos de devotos y visitantes y de quienes se limitaban a comparar las fotos que iban llegando a las redes sociales y desde los medios de comunicación.
El Teniente de hermano mayor, conciliador, se atrevió a dar la cara en esa peliaguda jornada de hermanos a punto del altercado, y también pasaron por allí los Arquillo, padre e hijo, al fin y al cabo poco reconocibles por los allí congregados. El Hermano Mayor permaneció fuera de Sevilla, atendiendo a su mujer, que se encuentra hospitalizada por una larga y delicada enfermedad.
La madrugada del sábado al domingo debió ser de coco y huevo, sobre todo de claras de huevo, que era uno de los materiales empleados en la antigüedad para la elaboración de pigmentos y barnices y durante toda la noche el citado Esteban Sánchez, de forma harto improvisada, apremiado por las circunstancias y por las presiones de quienes ya entonces veían peligrar la delicada situación en la que se encontraban, accedió a poner lo mejor de sí mismo para repintar, que no recuperar, y así tratar de reproducir los detalles reconocibles perdidos.
Dicen que en esta segunda o tercera intervención sí estuvo presente el asesor artístico de la Hermandad Carlos Peñuela, a la sazón empleado ahora mismo en el prestigioso Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico (IAPH). Tampoco nadie informó en esta ocasión de lo que estaban acometiendo en esos momentos en el interior de la Basílica ni de lo sucedido hasta entonces, salvo algún vago comunicado plagado de pequeñas ocultaciones o de grandes mentiras.
Cuando a la mañana siguiente, miles de personas quisieron contemplar con sus propios ojos lo que ya les había alarmado a través de las fotos, muchos salieron satisfechos porque, ahora sí, la imagen les resultaba al menos reconocible. Los menos sagaces, los menos exigentes o los más temerosos, poco dispuestos a aceptar que la Virgen de siempre no estaba, prefirieron concluir que «la Virgen ha vuelto» y ya no es una prima que ha venido de visita. Y era verdad, porque ahora ya su rostro había recuperado alguno de sus signos distintivos grabados a fuego en la memoria devocional y emocional. No obstante, se trató de un ejercicio clamoroso de sugestión colectiva, porque esa imagen sigue sin ser la misma en muchos detalles.
Y no lo es porque es imposible que lo pueda ser, ya que la primera actuación de David Arquillo fue una auténtica barbaridad en la que se procedió a disolver o arrancar pigmentos originales o antiguos que ya no están ni estarán nunca más. Y aún queda por saber qué intervención ha llevado a cabo sobre esos dulces ojos, sobre el rictus de sus labios, sobre la posición precisa de su rostro divino… Aún por determinar, pero es que resulta demasiado absurdo que una intervención tan profunda y flagrante se haya llevado a cabo en apenas cinco días y un intento de recreación en apenas una madrugada de repintados de urgencia para salvarle el culo a algunos insensatos.
Todo indica que en aquella intervención primera, además de cambiar las articulaciones, lo que ha supuesto en sí mismo una tarea mucho más allá de la mera conservación, se emplearon en el rostro de la talla disolventes gelatinosos inapropiados que han arrancado para siempre la segunda piel de su rostro, algo que tendrá que confirmar un estudio ahora sí inevitable, profundo y pormenorizado en alguna institución de aquilatado rigor y solvencia. Sustancias inadecuadas que no arrancaban sólo la suciedad acumulada por el tiempo, sino que, al parecer, se han llevado por delante, y para siempre jamás, las diferentes reacciones químicas naturales y orgánicas que sólo los siglos son capaces de almacenar.
El temor de muchos y el ocultismo practicado han llevado incluso a pensar que en estos días se ha hecho uso torticero de algunas de las copias que dicen que están guardadas con celo bajo siete llaves, una de ellas, aseguran, obra de Castillo Lastrucci, tal vez usando la vieja técnica «punto por punto» que en escultura se empezó a utilizar masivamente a lo largo del siglo XVIII. Dicha técnica ha sido sustituida en la actualidad por una obtención aún más precisa con tecnología digital que permite la captura de millones de puntos a un tiempo en todas sus dimensiones, pero que no siempre permite la reproducción exacta de gestos imprecisos que logran transmitir las esculturas originales al espectador.
Dicho todo esto, los expertos concluyen que podría actuarse, abusando del intervencionismo, para recomponer el parecido en los máximos detalles posibles, pero ya no para recuperar la materia original que dio como resultado una obra de arte excepcional que ha logrado aposentarse en los corazones de millones de personas alrededor del mundo. Dicho de otro modo, lo que podremos aspirar a contemplar será una imagen casi de nueva factura, una recreación más o menos precisa de lo que fue, con la clara intención de alcanzar la sugestión necesaria de que todo ha cambiado para que parezca lo mismo.
No más engaños, no más torpezas, nunca más negligencias, no más incompetencias ni ocultaciones. Los responsables han de contar la verdad, aunque duela, y cada cual debe asumir su responsabilidad, que mucho me temo que no será por parte de ninguno de ellos desde una próxima junta de gobierno, aunque más del 80% de los actuales componentes están distribuidos en las dos candidaturas previstas para el próximo mes de noviembre.
Retirada inmediata del culto los meses que hagan falta; estudio detallado e intervención cuidadosa en la institución más valiosa y conjura absoluta de los alrededor de 15.000 hermanos con que cuenta la Hermandad para reclamar transparencia total en la gestión de un patrimonio material e inmaterial que no puede quedar sometido a la impericia y a la improvisación.
Nunca más.
Macarena, nunca más.
He dicho.






1 Comment
Muy estimado Pepe, qué conciso en tu crónica. Y como has apuntado, también habrá que revisar qué mala práctica de opacidad y gestión ha aquilatado la junta de gobierno, qué detalles se habrán ido dejando de cuidar esos cargos, para proceder de manera tan torpe con Ella, con los mimos que a su sagrada imagen siempre han dedicado las reglas de las hermandades; duele, no habéis tratado como corresponde a nuestra Madre y Señora, vosotros que tenéis el privilegio de ser sus custodios. Cuántas virtudes del buen gobierno que un cristiano tiene que practicar, habréis dejado de practicar, para llegar a cometer esta negligencia. Hay mucho que revisar en estos meses, a esto no se llega de sopetón.