Es posible que Macarena Olona crea haber ido a un hospital donde ella misma, con la ayuda de un curandero, iba a poder intentar repararse los desajustes que le habían y se había causado a sí misma en los últimos meses, desde su salida de Vox.
No entro ni salgo, en la causa de los daños acumulados, todos de pronóstico reservado, y no digo yo que no tenga razón en estar dolida o mucho más con sus ex compañeros, dada la retorcida maldad que se estila en todos los partidos, pero no me queda claro quién estaba más interesado en utilizarla de ese modo.
Seguramente ella piensa que se ha tratado de una decisión personal, una espléndida oportunidad de resarcirse de algún modo de todas las putadas que los suyos han debido hacerle en este tiempo, especialmente los conspicuos Ortega Smith y el europarlamentario Jorge Buxadé.
Évole, sin embargo, ha tenido que emplearse a fondo para justificar ante los suyos que la intención de la entrevista no era darle voz a una representante de la derechona para que expresara su versión, sino arrastrar a Vox (y a ella) por el fango buscando sus contradicciones permitiéndole contar algunos de los excesos del maligno.
El inaudito y muy retorcido Pablo Iglesias, por su parte, ha opinado que, lejos de lograr ese objetivo, lo que se consigue con ello es normalizar el fascismo (siempre tan sutil la bestia parda que blanquea todas las miserias y excrecencias de su ideología con insultos y amenazas de charlatán barriobajero).
Algunos creen que el PSOE estaba muy interesado porque veían la ocasión de dividir el voto de la derecha y debilitar con ello a sus rivales, mientras no pocos prefieren pensar que el PP veía la presencia de Olona en la pantalla como una oportunidad de ocasionar daños de diversa consideración en su demonio del espectro y deserciones abundantes que regresarían a sus filas.
Puede que todos estén equivocados en el análisis interesado del acontecimiento, pero de quien entiendo menos, digo, es de la propia Olona, a la cual, le guste o no, sólo se puede considerar en este caso la cobaya del experimento.
Ha entrado en la jaula por su propio pie con un discurso imposible en el que su entrevistador no le iba a dejar resquicio para los matices (única cosa en la que podría estar interesado un espectador mediano), aunque tal vez consideró que con la verdad por delante se llega a todas partes.
Me parece, no obstante, que Olona aún no tiene claro cuáles son los efectos de eso que a menudo llaman o llamamos la verdad en nuestro tiempo. Es más, creo que ni siquiera ha reflexionado o no ha visto la película «No mires arriba», la de Leonardo di Caprio y el meteorito, donde el científico al que interpreta se desgañita de rabia y llora ante la tergiversación impávida que sufre no ya la verdad sino lo obvio y la evidencia cuando se la envuelve en el celofán televisivo y se empaqueta para las masas.
Ni suponiéndole las mejores intenciones a Évole y a su churrigueresco espacio, cabría tanta ingenuidad como la desplegada por Olona al aceptar su aparición en semejante charco. Y eso que no soy capaz de pensar en ella como una torpe sin inteligencia ni capacidad de entendimiento para sopesar lo que le esperaba y lo que sucedería.
Que se la han jugado en su partido, parece que no hay duda. Ningún votante de Vox, yo creo, habría deseado a priori su salida, pero ahora uno tiene la impresión de que Macarena Olona tiene cierta propensión a introducirse por su propia voluntad en las trampas que le tienden sus adversarios.
No los mismos, pero sí parecidos a los que la encerraron en la jaula de su laboratorio para anestesiarla son los que ahora han visto la oportunidad de que se introdujera de nuevo en una celda con resultados tan inciertos y esta vez sólo para decir que en Vox hay unos cuantos partidarios de cierta clase de intervencionismo joseantoniano en materia económica, es decir los de la pulsión socialista del fascismo, y otros que son más liberales que en el PP. ¡Menudo hallazgo!
Vale, Macarena, ¿y…? Déjeme decirle al menos, sra. Olona, aunque usted lo sabe, que por eso Mussolini y Pablo Iglesias son primos hermanos, por parte no de madre ni de padre, sino de sectarismo y de ideología.
He dicho.





