En un mundo cada vez más virtual, mantengo la opinión de que la necesidad de la presencia, la corporalidad y los lugares físicos, es fundamental para poder sacarle jugo a la vida, para dotarla de ese sabor del que carece el insípido mundo digital en el que nos estamos instalando, y en el que lo intangible sustituye a lo material.
Pensemos por un momento en lo que las bibliotecas han supuesto en nuestras vidas. Empezando por las de aquellos humildes muebles del hogar de nuestra infancia y juventud, donde se levantaban erguidos como ilustres personajes que convivían con nosotros la Biblia, el Quijote, La Divina Comedia, aquellos tres tomos de los “Episodios Nacionales” de Editorial Aguilar o esa primera Enciclopedia Universal Sopena o Salvat, a las que recurríamos para realizar nuestros trabajos de bachillerato.
Con qué veneración acudíamos a aquel lugar de la casa que poco a poco se fue enriqueciendo con colecciones, como la de Ediciones Bruguera, la de los cien libros de RTVE Salvat, adquiridos en el kiosco del barrio, semana a semana, o aquella otra de Clásicos Españoles, que tanto nos hicieron disfrutar con las mejores obras de nuestra literatura.
Como afirmaba Donald F. Mackenzie (profesor de bibliografía en Oxford), “las formas materiales de los libros, los elementos no verbales de los signos tipográficos, la disposición del espacio mismo, tienen una función expresiva que nos transmite un significado”. La silueta de los lomos, el tipo de letra utilizado, el modelo de encuadernación empleado (cartoné, rústica, encolada, …), todo ello nos hablaba del aprecio que sentíamos por los libros o de la importancia que nos merecían.
Bibliotecas de barrio, financiadas por la extinta Caja de Ahorros San Fernando, como la de Miraflores o la de Florida, que nos permitían zambullirnos en ejemplares que no podíamos adquirir, bien por limitaciones económicas o de espacio, o la majestuosa, al menos a nuestros ojos de estudiante, de la tercera planta del Rectorado en la calle San Fernando, que a falta de otras alternativas, nos servía de refugio para poder concentrarnos y aislarnos del ruido de nuestros hogares, mientras contemplábamos absortos los cientos de tomos que ocupaban los anaqueles de la vetusta institución universitaria.
Pues bien, la reproducción digital borra radicalmente la percepción de estas diferencias: el único formato es el de la pantalla de la tablet o del smartphone sobre los que cada uno puede ejercer la opción de ampliar o reducir, y que aumenta la distancia entre el formato de los textos tal como fueron publicados y su percepción en el espacio virtual.
La pantalla no es una página, unidad básica de la lectura material, sino una especie de muro sin fin que se extiende de forma vertical y horizontal, a un lado y otro, y qué decir de la “descuadernación” que funde en un mismo formato todo tipo de textos, y separa la materialidad del soporte del discurso que contiene. Es como si la conjunción entre alma y cuerpo de los libros, esa indisociable relación entre continente y contenido, hubiera desaparecido, y todo se hubiera uniformado de una forma anodina.
A pesar de todo, el libro impreso en el formato tradicional está muy vivo, y de ello nos da muestras el volumen de ventas anuales de las editoriales, el éxito de las ferias del libro en todas las localidades donde se celebran y una mera ojeada a los lectores en los parques y medios de transporte públicos. No, no se trata de una batalla entre el libro digital y el físico, de lo que les hablo es de cómo la relación entre el lector y el texto físico es de una riqueza de la que se benefician los lectores posteriores, al ver, por ejemplo, anotaciones realizadas en determinados párrafos, subrayados de frases que impactaron en quien las leyó antes que nosotros, sin olvidar esas dedicatorias del autor o de quien nos lo regaló como una muestra de cariño.
En lo relativo a la investigación, algo tan importante en la vida como es la búsqueda de la verdad, pasa de ser elaborada como una confrontación de saberes, como un juicio crítico fruto de distintos textos en función del grado de autoridad y veracidad de los autores, a una certidumbre o credulidad colectiva que confía ciegamente en la red social, llámese wikipedia o no.
Por favor, no olviden los objetos y las prácticas que aseguran saberes y placeres borrados por la facilidad de una pantalla, y por eso les invito en este verano que comienza, a realizar visitas a las bibliotecas que les permitan descubrir lo ignorado, encontrar lo inesperado y resistir a la tiranía de los algoritmos. El saber no ocupa lugar, pero necesita de lugares donde acudir a alimentarse: las bibliotecas.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






2 Comments
Curiosa reflexión Alberto, en la que no había reparado. Hace años se vaticinaba el peligro para la lectura de libros impresos, pero es verdad que basta ver las cifras de ventas o las Ferías del Libro en cualquier localidad para constatar que el libro impreso no corre peligro. Tengo que reconocer que si no fuera por el libro digital, no hubiera podido tener acceso a muchas lecturas, más que nada por falta de espacio ( o los libros o yo… tuve que decidir ). Pero es verdad que incluso mi modesta colección de libros proporciona un sentimiento especial sólo al contemplarla y repasar o recordar la aventura que tiene en su interior cada libro impreso. No te digo ya cuando estás en una biblioteca monumental o en una simple librería. Son sensaciones especiales del espíritu. No, no es cuestión de elegir entre libro físico o digital. Es cuestión de sensibilidad
Buenas Alberto,
Interesante reflexión, reconozco que me hice alumni de la US (estudié Económicas) solo para poder seguir accediendo a su maravillosa biblioteca y periódicamente sigo acudiendo a ella.
Como cada semana un placer leerte.
Un saludo,
Pedro.