Algunos días me levanto y siento ganas de documentar con fechas y datos la secuencia factual que desmiente todas las mentiras e inacciones que señalan al Gobierno como responsable absoluto en la catástrofe del coronavirus, como si pretendiera establecer aquí con ello el relato minucioso de los fundamentos de hecho que habrán de servir a la catarata de denuncias y querellas que se avizoran cuando terminen la excepcionalidad y la alarma… Luego escucho a Macarena Olona (Vox) y a Cayetana (PP) y se me pasa.
Y me ocurre algo parecido cuando Jaime de Olano (PP) o Iván Espinosa de los Monteros (Vox) abordan el humo de las medidas económicas destinadas a incumplirse que anuncia en cada decreto este gobierno de truhanes desenmascarillados.
Algo sutil me informa, en la contundencia y el desdén de ambas, tanto si sobrevuelan el Congreso como si se pasean entre el ejército de tramposos que palabrean en las televisiones del soborno, de que Macarena y Cayetana (vaya nombres más sevillanos) tienen sus trastiendas respectivas pertrechadas de sendos equipos de juristas y documentalistas con todo ya recopilado para que nada se les escape por las gateras de la Moncloa cuando la ocasión llegue.
Sostuve que a medida que se hiciera cada vez más evidente el fiasco, la imprevisión, la ausencia de planes y el fracaso de la labor ministerial, se verían obligados a incrementar el peso, el volumen y la intensidad de sus embustes. Y creo no haberme equivocado, hasta el punto que ahora han alcanzado el paroxismo de invertir la carga de la prueba de los bulos, cuando cada comparecencia del mando único es una fabulosa industria de eso mismo y un espectáculo continuo de ilusionistas, prestidigitadores, funambulistas y escapistas como salidos del Circo del Sol.
Con una mano este Gobierno despenaliza las injurias al Rey y a las instituciones del Estado y con la otra se rebrinca y pretende perseguir esa entelequia a la que denominan «delito de odio», como si uno no pudiera odiar las alcachofas, el waterpolo o al violador del ascensor.
A este paso adivino a España ante un Nüremberg particular. Otra vez la Casa de Campo habilitada como para el juicio del 23-F, esta vez sin Martín Prieto.
Porque de seguir así las cosas no serán sólo los muertos del coronavirus lo que allí tal vez se juzgue, sino el resultado de una deriva atropellada y sedicente que en la asonada del 23-F condenó a una treintena de mandos militares y en el caso catalufo terminó con medio Gobierno de la Generalitat penando en el banquillo de los acusados.
Media España tranquila está como distraída, pero a medio palmo de declarar una alerta anticomunista mientra hace bizcochos y practica sus coreografías de balcón. Sin embargo, en cada mano perdida Sánchez actúa como un auténtico ludópata en una noche de timbas y tahúres, aceptando cubrir la apuesta, cada vez más alta, de su compañero de cartas.
Al final sólo les quedará apostar al todo o nada. No le arriendo las ganancias y espero que alguien le aconseje a tiempo que en algún momento será mejor que le ordene a Ábalos que agarre las maletas de Delcy y les espere a él, a doña Bego y a las niñas en la sala VIP de la T-4, antes de que sea demasiado tarde.
Es capaz hasta de llevarse el Falcon.
He dicho.





