Se nos informa del viaje de los reyes de España a Egipto, de que con gran pompa han inaugurado la iluminación española, muy española, del “templo de Hatshepsut”, una de esas construcciones de la Antigüedad tan impresionantes que hasta nos abruman…
¿Nos abruman? ¿O ya simplemente nos entretienen?
Es que la iluminación por aquí- y la iluminación por allá – y la belleza de la iluminación- y hay que ver la iluminación… Ciertamente si la iluminación “es obra de España”, si en medio de lo mal que nos defendemos en el ámbito internacional, pues nos han hecho un encargo tan importante, de eso habrá que alegrarse indiscutiblemente. Y nos alegramos. Tal vez es inadecuada la ocasión de “criticar” estas macro iluminaciones. Pero ahora ha surgido.
En los años recientes, las iluminaciones han adquirido un protagonismo descomunal. Si hablamos de monumentos históricos, la misión de la iluminación debía ser resaltarlos, no erigirse ella en protagonista. Pero ya nos hemos habituado a ver solemnes lápidas en el interior de iglesias antiguas, y cuando nos acercamos a descifrarlas, esperando que dirá, acaso en latín, algo así como “Aquí yace tal obispo, tal preclaro benefactor, AD MDCCLII”, pues lo que está grabado en su mármol, cual declamando verdades eternas, es que “esta iglesia agradece la iluminación artística de ENDESA” (¡!). ¡Endesa! De manera que un nombre asociado a tantas cartas desagradables, facturas abusivas, a mil y un entuertos y quién sabe si a rupturas familiares, ahora resulta que lo vemos grabado en mármol en las iglesias. Casi que ha subido a los altares. Esto choca, hiere cualquier sensibilidad media. El único modo de digerir semejante agravio (lo más mezquino y sórdido de la vida recibiendo honores en el lugar que debía elevarnos a lo divino) es deducir entonces que eso de la “iluminación artística” es verdaderamente cosa trascendental. Y así se ha ido asumiendo esta idea.
Hoy se iluminan artísticamente los grandes monumentos emblemáticos. Los que hoy estamos vivos siempre los hemos conocido con iluminación nocturna, por supuesto; pero lo que se estila desde hace unos años es otra cosa. Es un juego de luces “artístico”, juguetón, espectacular, cinematográfico… “Es precioso”, dirá todo el mundo. Sí, sí que lo es. Agrada a la vista. Ya sea la fachada de Nôtre Dame reconstruida, ya sean muchas otras catedrales, o palacios, o el templo egipcio que hoy nos recuerdan… pues agradable lo es. Nos recrea la vista como un helado nos puede recrear el paladar. Es difícil que a alguien no le “guste”.
Y sin embargo, hay algo que chirría. Hay algo de banalización en emplear una catedral como materia prima de un simpático juego de luces. ¿Cuándo dejó de emplearse la iluminación para destacar el monumento, y empezó a utilizarse el monumento para mayor gloria de la iluminación? No sabemos cuándo en concreto acaeció el cambio, pero ahora estamos en la segunda era.
Hay cavernas con estalactitas y estalagmitas que testimonian la edad de la Tierra, que nos muestran la obra de arte realizada, dicen, por las gotas de agua a lo largo de años mil (“mil veces mil, un millón”), cavernas que nos hablan del Génesis y de Plutón, y nos pueden crear los mayores interrogantes… Bueno, hoy a estos espacios subterráneos únicos y misteriosos, ¡les ponen lucecitas de colores! ¡tiñen las estalactitas de rojo, verde y azul para hacerlas más vistosas! ¡Oh, qué divertido! Como en la feria. ¿A quién inquietarán estas estalactitas ya? ¿A quién le evocarán ya el misterio de nuestros orígenes, el vértigo de la idea de los millones de años…? Ya son sólo lucecitas entretenidas de mirar.
El templo de Hatshepsut, y los demás monumentos egipcios –que la palabra monumento es inadecuada pues ni se sabe cómo llamarlos- no son obra de la naturaleza como las grutas, pero sí algo parecido. Una simbiosis de naturaleza y obra humana, algo grandioso pero que en su simplicidad, en su mismo colorido que se confunde con el de la arena, requiere un cierto esfuerzo de contemplación para nuestros ojos atiborrados de imágenes vistosas. Abrumará, impresionará a quien tenga un mínimo sentido de la Historia y de la eternidad. Pero también puede aburrir al viajero de hoy que sólo busca coleccionar “experiencias” rápidas y fotogénicas.
La huella humana en un paisaje desértico interpela realmente el alma. El cardenal Ratzinger, refiriéndose en este caso al éxodo del pueblo judío, hablaba de cómo este paisaje favorecía el monoteísmo pues “en el desierto sólo está Dios”-ahí no caben diosecillos de los bosques, de los ríos, de las fuentes… Y Ortega y Gasset, contemplando los templos egipcios, aventuraba que en ellos prevalece el sentido táctil sobre el visual; se refería a esas columnas grandiosas pero muy juntitas, como para que un ciego pudiera irlas palpando… una increíble mezcla de perfección técnica y primitivismo de concepción.
Y Agatha Christie, que tanta fascinación llegó a sentir y a transmitir por Egipto y por el Medio Oriente, anota sin embargo en sus memorias que “¡Menos mal que no me llevaron a ver esos monumentos siendo joven!”. Efectivamente, siendo jovencísima pasó unos meses en Egipto pero inmersa en la colonia británica, sin ver pirámide ni templo alguno, y lejos de lamentarlo a posteriori, pues lo agradece, ya que le hubiera estropeado su experiencia intensa y verdadera posterior el haberlo visto de pasada sin ganas con ojos frívolos (no que las pirámides no se puedan apreciar en la juventud, pero en su caso ella sintió que en aquel momento no hubiera podido). Estas cosas grandiosas no son para una distracción banal entre baile y baile.
Y hay que recordar la arenga de Napoleón a sus tropas (cierta o menos cierta, “se non è vero, è ben trovato”): “Desde lo alto de estas pirámides, cuarenta siglos os contemplan”. Ni política ni estratégicamente esto es una justificación racional para ir expoliando el mundo como lo hizo. Pero esta idea inflama realmente el ansia de hazañas… cualquier cosa que se haga será contemplada por cuarenta siglos, más luego la posteridad que viene. Sin argumento político ni patriótico racional alguno, es difícil concebir una arenga mejor.
Pero eso es cuando las piedras, los templos, hablaban por sí mismos. Cuando el templo es simplemente un telón de fondo para otra iluminación artística “de autor”… ¿volverá a sacudir el alma de alguien?
Queda “muy bonito, muy bonito”, sin duda. Ahí vemos al rey de España haciéndose fotos con su móvil, como dando ejemplo de lo que hay que hacer. Fotos y más fotos, porque “es presioso”. Sí que lo es. Demasiado. Recrea la vista de manera demasiado facilona. Ya sí es un entretenimiento idóneo para mirar entre baile y baile; no requiere esfuerzo alguno. Ya a ningún viajero apresurado casual puede aburrir.
(¿Habrán hecho también una lápida de piedra con aspecto de trimilenaria, clavando hasta en tierra de faraones el nombre de nuestras facturas de la luz…?)





