La crítica taurina especializada produce asombro al lector moderno. En una época de degradación del lenguaje, y especialmente del que llamaríamos “culto” (novelas, artículos, ensayos, conferencias); cuando raro es dar con un artículo cualquiera de opinión que no contenga “palabrotas”; cuando los tiempos verbales parecen haber desaparecido, todo es un puro presente; pues justo el único ámbito donde puede hallarse un lenguaje rico y hasta barroco, lo que otros llamarían artificioso y pasado de moda, pero que en este entorno crece con un espléndido vigor, es precisamente el de la crónica taurina. La crítica taurina especializada es a la literatura lo que el bordado de mantos de Vírgenes sevillanas a la artesanía; un desacomplejado lucimiento del barroco andaluz, algo que parece reliquia del pasado pero que se demuestra vivo y palpitante; podían aplicársele, a las críticas de toros, las palabras de aquel entrañable profesor de Historia del Arte, Don Antonio de la Banda, describiendo un lienzo sevillano del siglo XVIII: “Observamos aquí un abigarramiento compositivo y facundia colorista…”.
Así pues, jamás debe osar un profano ni esbozar siquiera un amago de comentario taurino; quedará fuera de lugar. Para el aficionado casual y esporádico, el ir a los toros, al fin, es un entretenimiento (con perdón, para los entendidos, de usar tan banal palabra), un pasatiempo más. Pero, ¡qué distinto de otros, tan facilones, tan obvios!
En una época de entretenimiento fácil y continuo, que no requiera esfuerzo (“asequible” es el adjetivo mágico para casi todo lo relacionado con la divulgación histórica y artística. “Que sea ameno, que sea claro, que lo entienda todo el mundo”, esas consignas, viejas ya de cincuenta años al menos, pero cada vez más fuertes, han adquirido un carácter tan obsesivo que no daremos con un lenguaje más informal, amistoso, irreverente y bromista, que al visitar, por ejemplo, sepulcros góticos o vetustas bibliotecas monacales. El “que lo entiendan todos, que se entretengan, que les llegue, que les guste” obliga a anular toda solemnidad, todo misterio, a hacer obligatorio que toda visita sea con un guía juvenil, dicharachero, simpatiquísimo, hasta chistoso… Y, para ahorrar el trabajo de leer, ahora la inmensa mayoría de los mensajes son audiovisuales)… en fin, en esta época supone un contraste curioso el hecho de ir a los toros.
Se va por gusto, claro, y aun supone un pequeño lujo. Pero se trata de un placer que requiere esfuerzo. El asiento es incómodo, todo es incómodo, se está apretado, da el sol o refresca. Precisamente porque allí queda un residuo de libertad (se disuade de comer, beber o fumar, pero no se prohíbe), es fácil que mil cosas molesten – lo más notorio, las pipas (esas pipas que teníamos olvidadas desde el colegio y que renacen ahora siempre de fondo donde se hubiera dicho más inapropiado, en Semana Santa y en los toros). Además, un no entendido tiene que extremar la atención para enterarse de algo. El disfrute no es obvio, requiere un esfuerzo. Y por ende, hablando en plata, muchísimas veces,… las tardes de toros se hacen pesadas. Una buena faena es algo difícil, improbable. Y por ende, basta distraerse un instante para perderse, en una fracción de segundo, lo mejor.
Y no obstante, de la plaza, aun en una tarde “mala”, aun con el cansancio de la misma postura tanto rato… raro será salir insatisfechos. Acaso, justamente, sea necesaria algo de “pena” para poder decir que “ha merecido la pena”. De ahí se sale como de un rato de vivir en otro mundo, más gallardo, más hermoso. De repente, en esta época de afán de seguridad, seguridad, seguridad, de obsesión por la salud, por la alimentación sana (obsesión que llena las cabezas de miles de jóvenes floridos y vigorosos -¿pero cómo pueden preocuparse tanto de esa salud que les sobra?); cuando acabamos de salir, y no del todo, de las mascarillas, de esas caras tapadas por una posible e hipotética “protección” de espúreas enfermedades; cuando la mayor parte de los anuncios con los que nos bombardean no se refieren a posibles objetos de placer sino a la “salud salud salud”; pues en esta época, aun circunscrito al reducido ámbito de un coso, con asombro vemos que sigue viva la paradoja española. El desprecio de la vida es lo que hace que la vida merezca la pena.
Dirán algunos que el peligro no es tanto, que todo son trucos basados en la visión del toro, que en todo caso las enfermerías de las plazas son excelentes (ciertamente, el mejor lujar del mundo para accidentarse es una buena plaza de toros- en ningún otro lugar un herido será atendido con mayor rapidez). Pero es una argumentación mezquina: vale que será menos peligroso torear hoy que hacerlo hace dos siglos, pero que ahí se están jugando la vida, y cuanto menos un ojo de la cara, lo estamos viendo.
Aire fresco, esperanza, vitalidad; lo mejor del siglo XVII, y en definitiva de todos los siglos que de civilización llevamos; de todo eso nos llevamos una inyección tras unas horas de contemplar, a pocos metros, cómo está vivo ese gran amor de la vida que se mantiene, paradójicamente, gracias al desprecio de la vida (entendiendo por eso el desprecio a dedicarse a querer mantenerla a toda costa). Cómo la estética importa más que la comodidad – eso hasta para el que lo contempla.
Ya no hablamos de “una gran faena”. Sólo el ver, de vez en cuando, cómo a un torero se le cae la muleta al suelo, y ahí se queda tan tranquilo, a un centímetro del toro, mientras llegan los otros con los capotes… sólo eso ya libera, ya consuela (se puede sentir, en palabras de Miguel Hernández: “Soledades me quita/ cárcel me arranca”. La cárcel del miedo en el que vivimos, y que se hizo literal hace justo tres años)
Es cierto que hoy se idolatra a muchos, a cantantes, a deportistas… a tantos y tantos; que el entusiasmo popular es a veces ciego. Pero en el caso de los toreros a los que se lleva a hombros, ¿no se lo han ganado? Se han jugado la vida. La entrega al público, el amor a la gloria, la gallardía, y el torear sangrando, ¿qué vale el querer mantener la vida a toda costa –obsesión de nuestro siglo- comparado con el vivir un instante plenamente?
Un profano le deja el comentario a los excelentes críticos.
Sólo puede decir: ¡Qué gozo el haber podido presenciar, siquiera unos instantes, que se hace viva, presente, se hace carne la Canción del Pirata:
“Y si caigo, ¿qué es la vida?
Por perdida ya la di
Cuando el yugo del esclavo
Como un bravo sacudí”!





